Digitized by the Internet Archive in 2010 with funding from The Library of Congress http://www.archive.org/details/diariohistricoOOjout DIARIO HíSTORICO DEL ULTIMO VIAJE QUE HIZO M. DE LA SALE PARA DESCUBRIR EL DESEMBOCADERO y CURSO DEL MISSICIPI. CONTIENE LA HISTORIA. TRÁGICA DE SU MUERTE Y MUCIIAE COSAS CUIvIOSAS DKI. Nüfc-VO MUNDO. ESCano EN IDIOCIA FRANCÉS POR M. í'jOUTEL, UNO DE LOS COMPAÑEROS DE M. LA SALE EN EL VIAJE, TRADUCIDO AL ESPAÑOL POR EL CORONEL JOSÉ MARÍA TORNEL, MINISTRO DE MÉJICO EN LOS ESTADOS U^NIDOS. IMPRESO EN NUEVA YORK POR JOSÉ DT-SNOÜES, ANO DE 1831. / % \o ?\V SEÑOR JENERAL MANUEL DE MIER Y TERAK. Washington Junio 5 dt l831> Muy estimado amigo y Seilor mió. Los descubiimientos que se hicieron en América en loi siglos quince y diez y seis, uo son objeto de mera curiosi- dad ó entretenim.iento ; envuelven cuestiones intrincadas do política, y no pudieran discutirse y arreglarse los derechos d« las naciones, sin tenerlos presentes. Parecían olvidados ya, cuando la emancipación del nuevo mundo despertó el deseo de investigar unos sucesos que fijaron l.i época acaso mas no- table del género humano : en ella, al menos, se presentó la naturaleza mas rica que lo habia sido jamas, como lo podrá fácilmente conocer el que compare á Plinio con el Cond« de Buffon. El espíritu de análisis y Je crítica tan dominante en nu- estros dias, se empeíTa en someter al dominio de la historia losdesaLiTados anales del tiempo, escritos en gran parte por los actores en tan ruidosas é importantes escenas. Aquellai cosas y aquellos hombres pertenecen ya (i la posteridad, y el escritor que los califica, no puede temer que las pasiones 6 los intereses obstruyan el camino de la verdad. El primero que ha penetrado el genio de sji edad, ha sido Washington Irving, uno de los ciudadanos de estos Estadoi, que mas se ha distinguido por la extensión de sus luces y por sus infatigahlei tareas literarias. La vida que publicó de Cristóval Colon es una aureola de gloria sobre el sepul- cro del descubridor del nuevo mundo. El Sr. Irving para dar al acontecimiento toda la luz posible, ha escrito recien- temente la vida de los compañeros de Colon, testigos solem- nes de una segunda creación. Seria de desear que trabajando en toda la extensión de la escala, le debiésemos la historia [ 4 ] feneral de los descubrimientos de Améric i, tan abundantes en prodigios como en resultados. Los espailoies, los portugueses y los ingleses no descuida- ron el acopio de memorias acerca de sus viages, descubrimi- entos y conquistas en América. No puede decirse otro tanto de los franceses ; es ciertamente extraño que esa nación curiosa é investigadora por carácter, que en todas épocas no ha perdonado trabajos y fatigas para aumentar el caudal de los conocimientos humanos, se haya manifestado insensible á su propia gloria, y haya dejado envueltas en el polvo de los archivos las relaciones interesantes de sus empresas en el siglo diez y seis. No puede atribuirse á otro principio la ignorancia, la escasez de noticias sobre la colonización francesa de una parte de la América Setentrional. A fines del año pasado me significó V. su deseo de conocer los pormenores de los viages de M. la Sale, que habian dado lugar á pretensiones absurdas, y los que algunos confina- ban al pais de las f-bulas. Si una investigación tan impor- tante no hiciera honor á sus motivos patrióticos, lo recomen- daria siempre á los ojos de los que saben estimar los trabajos, cuyo objeto es ilustrar una época histórica. Por resultado de mis diligencias conseguí el diario de aquellos viajes, escrito ciento cuarenta y tres años ha por M« Joutel, compañero de M. de la Sale y el hombre de su con- fianza. La traducción de esta obra es la que doy á luz y le dedica mi amistad. No disimularé á V. que el diario de M. Joutel es fastidioso en sus pormenores, desaliñado en su estilo, monótono en Jas ideas y hasta en las palabras. Pero en cambio de estos de- fectos, tan disculpables en un soldado que no era Julio César, se complacerá V. con el natural y sencillo ienguage de la verdad. Me prometo que la publicación del diario derramará luz sobre ciertos hechos, obscurecidos por el transcurso del tiempo y por el acreditado empello de proteger por medio de novelas aspiraciones desarregladas. M. Joutel, cayo caríicter ingenuo y desapasionado se'encu- entra pintado en su escrito, nos hace curiosas descripciones [ 5 ] de los habitantes de los países dilatados que recon ¡ó. Asom- bra que el autor de la carta dirijida al librero fiances, teni- endo el diario á la vista, haya podido atreverse (\ promover dudas sobre la racionalidad y disposiciones naturales de los indígenas. M. Joutel representa á las naciones que poblaban las ori- llas del Missicipi, del Missouri y del S. Lorenzo, humanas, hospitalarias y generosas. Aunque su aislamiento absoluto respecto del mundo civilizado los ponia muy atrás de los adelantos de la vida social, será preciso confesar que no ha- bian avanzado mas los pueblos de Grecia, antes de que los Egipcios desembarcasen en las costas de la Argóiida. Ina- cho y Phoronéo les revelaron que era fecunda su tierra, les enseiiaron á formar rebaños, i\ fabricar casas y á abandonar las cuevas y la sociedad de las fieras. Los indíí¡;enas de esta parte de la América conocían, por una extraña coincidencia con la organización que lioy tienen los Estados Unidos, los elementos del sistema republicano. Sus gefes eran electivos, dural)an en sus funciones determi- nado tiempo, consultaban con la junta de los ancianos en to- dos los negocios importantes del Estado ; no se hacia la guerra ni acordaba la paz sin su dictamen; las costumbres eran las leyes del pueblo ; el trabajo y la vida era común ; premiaban el valor y honraban el sepulcro de los muertos ; sus fiestas nos recuerdan las de los primeros Romanos ; tam- bién ellos ofrecían íi un ser desconocid.) las primicias de sus cosechas. Estas noticias no he ido a buscarlas fuera del diario da M. Joutel. ¿ Como es que se califica de imá- genes ó remedos de hombre (\ los indígenas del magestuoso Missicipi 1 Ofendiendo á la naturaleza y tanibien (\ su hacedor supre- mo, se han ventilado cuestiones horrorosas, que en este siglo de filosofía se miran con desprecio é indignación Enojados, al parecer, algunos hombres tan miserables como Paw, d« que su viejo mundo tuviese que ceder ó las bellezas del nue- TO, degradaron & nuestros indígenas, aumentaron nuestros monstruos, ponderaron la insalubiid-id de nuestro clima j aun pretendieron que nuestro Cclihr de jjlata y oro era d« [ 6 ] la especie del Pavo Real, en un estado de singular anona- damiento, i Cuan pequeñas cabezas! La traducción del diario me ha sido penosa por su anticua- do estilo y por el desorden imponderable, con que se redactó. No me he permitido las licencias que Diderot aconseja k los traductores, y si alguna vez doy á los conceptos un giro di- verso, es en obsequio solamente de la claridad. Las traduc- ciones de esta clase de obras conviene que se desvien cuanto menos sea posible de su original. No debe olvidarse que no soy responsable de las cualidades del escrito, y que este no es una producción de Florian ó de M. Tomas. Si mis trabajos llenaren de algún modo la expectación de V., quedará recompensado y satisfecho su atento amigo y obe- diente servidor. JOSÉ MARÍA TORNEL. [ T ] ABYEMTENCIAS IMPRESOR FRANCÉS. Habiendo caído en mis manos el manuscrito del diario de M. Jouiel, y manifestádolo á personas inteligentes en la materia, lo han juzgado digno de la luz pública, espe- cialmente ahora que es tan general el gusto por los libros de viages. Este debe merecer particular atención, porque contiene la descripción del famoso rio Missicipi y déla Loui- siana, en que se proyectan tan grandes establecimientos, lo que hace que sea precisamente de la época. Esta relación es ademas curiosa, extraordinaria é interesante también al honor y gloria de la nación. En ella se publican las tentativas y las ex- pediciones atrevidas de nuestros aventureros franceses, quienes lejos de contentarse como otros con descubrir el exterior y las costas de las tierras desconocidas, se resolvieron á penetrar á expensas de mil riesgos y aun con el de la vida. Dignos 6on de alabanza, porque les somos deudores del conocimiento de aquella gran parte del mundo, oculta por el espacio de tantos siglos á nuestros antepasados, hasta que la descubrió Cristóval Colon y le dio su nombre Américo Vespucio, quien pasó a ella algún tiempo después. Una de las personas, á quienes yo supliqué que leyesen este manuscrito, lo ha retocado cuida- dosamente según mis órdenes; y como se ha ocupado largo tiempo en viajar, ha podido juzgarlo y ponerlo en estado de presentarse al público. Siendo la carta que me escribió no solamente instructiva para la inteligencia de este diario, sino [ 8 ] qup también puede formar un suplememo curioso, he creido que seri.i agradable su inserción. Vedla aquí. ♦' Os devuelvo, Señor, vuestro manuscrito : su lectura me ha renovado el placer de que tanto he gozado en otro tiempo en mis vinges ; él me ha hecho volver á leer 1; s de otros muchos que han tratado del Canadíi, y me he paseado mentalmente por aquellos países extensos, bárbaros é ignorados con mas facilidad y menos riesgo que el héroe de esta relación. Me- rece sin duda este título de honor, y no he podido, después de haber leido sus aventuras, dejar de decir con el poeta : lili robur et ajs triplex circa pectus erat. ¿ Qué energía, qué vigor de cuerpo y espíritu no le fueron necesarios para proyectar, emprender y sostener un designio tan nuevo, tan audaz y tan escabroso? ¡ Un descubrimiento de mas de ociiocientas leguas de países bárbaros, desconoci- dos, sin caminos trillados, sin poblaciones, ni algunas de las comodidades que facilitan los viages en otras partes ! El viage por tierra se hace á pie; el caminante se ve frecuen- temente reducido á no tener por zapatos mas que un pedazo de cuero de toro para cubrir sus pies, á cargar su fusil, suequi- page y algimas mercancías para permutarlas con los salvages. Por acaso y muy raras veces se pilla un caballo para ayudarse. Si es necesario viajar por el agua, no hay n)as que misera- bles canoas construidas de corteza de los árboles y pieles do buey, y á las que es preciso llevar ó arrastrar frecuentemente por tierra, cuando los saltos ó caidas de agua de los rios impi- den hacer uso de ellas. Acostarse en la tierra expuesto k la inclemencia del aire, con peligro de ser devorado por los cocodrilos y las serpientes de cascabel ; renunciar al pan, al vino, á la sal y á todas las comodidades de la vida por año» enteros; no comer mas que un ruin manjar hecho con la harina de maiz, pescado medio asado ó mal cocido en agua, potages de buey y corzo hechos cecina, esto es, secados a! ▼iento y al humo. ¡ Y qué dificultad para encontrar signos para darse á entender á tantas naciones dif<^rentes, tedas ellas con «n idioma pectiliar! A esto debe someterse un aventurfro, i^ue proyecte hacer descubrimientos en el Cann(!á ; y diHcü [ 9 ] seria creerlo, sino estuvieran acordes en este punto cuantos sobre él han escrito. Aquel país sin embargo es hermoso y bueno, al menos en la pane del sur, de que se iiabla aquí ; allí la temperatura es admirable, el suelo maravilloso para el cultivo y por su fecun- didad en granos y frutos de todas clases ; en términos que parece que la tierra produce todo por sí misma en abundancia. Las colinas y los bosques abundan en maderas proprias para todo, en árboles fructíferos tanto de los de las tierras frías como de los países calientes. Se encuentra allí la viíla, á la que no faifa mas que un poco de cultivo; hay cailüs de azficar, grandes piados, rios navegables y abundantes de pesca. Cierto es que están infestados por los cocodrilos, prodigiosos lagartos de agua ; pero se puede con un poco de precaución librarse de elíos, así cosno de las serpiei)tes de cascabel, que son tan venenosas, pero que jamas muerden sino se lea ofende. Los toros saivages se encuentran allí á millares, son mas gra.rdes que los nuestros, de buena catne y en lugar de pelo cubiertos de una especie de lana rizada y muy fina. Ciervos, corzos y todas las especies de caza abundan allí y sobre todo las de Indias. . . . Aunque es cierto que se encuentran ponzoñas y venenos, se hallan también remedios activos y maravillosos. Es inútil que busquéis allí ciudades magníficas y ricas, ni edi- ficios soberbios, ni las maravillas de la arquitectma, ni restos ó monumentos antiguos de la vanidad de los grandes. Pero en cambio admiraréis allí la naturaleza en su bella simplicidad, como salió de las manos de su criador, sin haber sido corrom- pida ó alterada por la ambición ó por el arte. I Y un pais tan extenso y tan hermoso, está solo destinado para las bestia-, las aves y pesces? ¡Portento inconce- bible ! Existe allí una infinidad de pueblos divididos en na- cionesque habitan algunas cabanas de cortezas de árbol, ó cubi- ertas de cañas ó pieles de toro, cuando no están ocupados en la caza, la pesca ó la guerra ; casi desnudos, sin otro lecho que un cuero de buey, sin mas muebles que una caldera, una hacha y algunos platos de corteza. Tomar el alimento, cuando lo tienen, y como las bestias; no tener ningún cuidado, ni apreciar nin- t 10 ] gun género de riqueza ; cantar, bailar, fumar, comer, dormir, cazar, pescar, ser independiente, hacer la guerra, vengarse, cuando llega el caso, de la manera mas cruel que puede : tal es la vida de un salvage. Hacia el sur los hay menos estúpidos y brutales que los del Norte, pero unos y otros son salvages; no piensan mas que en lo presente, no apeteceíi sino lo que se halla sugeto á sus sentidos : son incapaces de comprender nada espiritual ; diestros y hábiles en lo que toca íi sus intereses, sin algún sentimiento de honor ni de humanidad, horrorosa- mente crueles; muy unidos entre sí, (i los de su nación y á sus aliados, pero vengativos é implacables para con sus enemi- gos. En fm su figura, aunque horrible, anuncia que son hombres ; pero sus costumbres y su carácter los asemejan á las bestias y á bestias las mas perversas. Un autor moderno que ha vivido en el Canadá, y que en otras materias ha esciiio muy bien, ha creido poder distinguirse y pasar por mas diestro que otros en el conocimiento del ge- nio de los pueblos, concediendo, como lo hace, mucho mas talento y penetración á los salvages que lo que se les atribuye generalmente : también los hace á veces razonar contra nues- tros misterios extensa y sutilmente ; su relación misma inspira la sospecha de ser él mismo el salvage hablador y libertino, que supone, y al que presta la artificiosa malignidad de sus ideas y de sus discursos. Por lo que toca al carácter de los salvages, creo que es mas acertado dar fé á los misioneros, porque ellos no son menos hábiles que los demás para descubrirla verdad, y cuando me- nos tienen tanta probidad para decirla. Ocupados siempre y aplicados por sus funciones, cien años ha, en el estudio de estas pobres imágenes de hombres, ¿podrím dejar de conocer- los ? i su conciencia no les hubiera reprendido, si nos hubieran engañado en esta materia? Los misioneros convienen, en que si hay entre los bárbaros algunos menos ruines ó brutales que los demás, no se encuentran sin embargo algunos buenos, ni muy capaces de percibir lo que se eleva sobre los sentidos; y en que, sean los que fueren, no puede contarse con ellos. Es preciso vivir en desconfianza siempre ; en fin, para convertir en cristiano á un salvage, es necesario primero hacerle hom- [ 11 ] bre. ¿Puede creerse que un salvage lo sea, cuando se le ve 8Ín ley, s n ray, y lo que es mas lamentable, sin Dios ? Porque si s* examinan con atención sus sentimientos y sus acciones, no parece que tengan ninguna especie de religión ni una idea exacta de la divinidad. Si algunos de ellos dan, en ciertos casos, pruebas de reconocer un ser supremo y soberano, ó de venerar al sol, se explican, con relación al primero, con tanta , confusión, contradicciones y extravagancia, que se conoce que no saben ni creen nada de todo aquello; y por lo que toca al segundo, no es su adoración mas que una costumbre sin una seria meditación por su parte. ¡ Miserable nación, aun mas desiituida de las luces del cielo y de la naturaleza misma que tantas otras de las Indias de Oriente ! Estas, aunque estúpidas é ignorantes sobre el conocimiento de la divinidad, no dejan de tributarle algún culto, y de tener ciertos het mitaílos ó faquires, que por medio de horrorosas penitencias procuran hacérsela propicia, y manifiestan en esto (jue son capaces de algún sentimiento. Pero nada de esto se encuentra entre nuestros salvages americanos, y puede en Hn dpcnse, que generalmente esos pueblos no tienen Dios. Nuestros franceses nacidos en el Canadá, todos bien forma- dos, de espíritu y de mérito, no gustan de que se describa de esta manera á sus salvages. Sostienen que son hombres como todos y que no les falta mas que educación y cultura. Pero ademas de que puede creerse, que ellos hablan así para salvar «I honor de su patria, nosotros nada avanzamos sin fundarnos en la relación de muchos hombres hábiles y honrados, que han escrito sobre aquellos paises, apoyados en muy buenos informes. Somos de opin on de que ahora es preciso distinguir dos clases de salvages del Canadá : los que ha 60 ú 80 años viven con los Europeos y ios que se descubren diariamente ; de estos Cltimos se habla aquí particularmente y á ellos se atri- buyen las odiosas y miserables cualidades de los salvages de la América Setentrional. Porque se sabe que los primeros, como por exemplo los Hurones, los Algonquines, los Yro- queses, los YHinois, y acaso otros mas, están ya bastante [ 12 ] humanizados, que su razón se desenrolla y que pueden Uegar it ser capaces de instrucción. ¡ Asombrosa é incoinprensiiíle aunque adorable disposición de la divina Providencia! Se ve allá una gran parte de la tierra, de una extensión inmensa, con un suelo prodigioso para el cultivo y feraz para toda clase de granos y frutos ; con una temperatura de a!re tan admirable, que parece que sus numerosos habitantes carecen de enfermedades, y que las mu- geres, tan débiles entre nosotros, son allí tan fuettesy vigorosas que paren sus hijos sin dolor, y los alimentan por sí mismas en medio del trabajo y de las fatigas sin ninguna de las miserias de nuestro pais. Siu embargo este bello y dilatado país, que se describe en este diario, tan favorecido de los bienes de la tierra, por muchos siglos ha estado destituido de los del cielo. Las innumerables gentes, de que está habitado, son hom- bres, que casi no tienen mas que la figura de tales ; son criaturas de Dios, que no conociéndole, estíin muy kjos de servirle. Que los que tienen el arrojo y el valor de viajar en aquellos paises salvages, y los que lean las relaciones de los viages, se guarden mucho de hacer sobre este punto reflexiones temerarias, y de razonar con e^ceso ; se perderían en el abismo de sus pensamieutos. Lo mas fácil y seguro en este caso es adorar la profundidad inconcebible de la sabiduría del criador, y suspender nuestras investigaciones y curiosi- dades exclamando con el Apóstol: ó Altitudo: y no cesar jamas de dar gracias íi su bondad por habernos partici- pado con tanta abundancia de sus luces y de sus gracias, y de rogarle que comunique alguna cosa á aquellos pobres america- nos abando.'iados, y que, siendo como es omnipotente, convi- erta á eaas piedras en hijos de Abraham. Todos los católicos deben pedirlo con instancia, porque por brutos y estOpidos que sean aquellos salvages, son nuestros hermanos, pues que descienden como nosotros de Adán y l>a. Grandes son nuestras obligaciones para con los atrevidos viageros que emprenden nuevos desc abrimientos ; que con peligro de la vida, á sus expensas, y expuestos á todas las fatigas, nos desentierran no solo mil objetos de nuestra curio- [ 13 ] sidad y de admiración, que ignorariaraos sin ellos, sino que también nos hallan y descubren una parentela, que nos fue largo tiempo desconocida. Por lo mismo que es brutal é indócil, será mas meritorio trabajar en hacerla humana y susceptible de las luces de la razón y de la fé. No ; no es posible expresar dignamente el reconocimiento, á que son acreedores los que se ocupan en nuevos descubrimientos ; mi- entras mas difíciles son, mas se debe á los que los emprenden. Que la avaricia, la ambición, la inquietud, el desorden de los negocios acontezcan en ellos con frecuencia, no importa. Dios que sabe sacar bien de los males, hace servir todas las pasiones á su gloria y á la salud de sus escogidos ; y si los grandes viages no santifican comunmente á los viageros, la culpa es solo de ellos. Pero al menos facilitan la santifica- ción de tantos bárbaros, allanando el camino á los misioneros que van á catequizarlos. Así todo el mundo les está obligado : los salvages por el conocimiento de Dios que les procuran, y nosotros porque encontramos por su medio una infinidad de pueblos desconocidos, que se unirán con nosotros á servir y glorificar al criador del universo. El que estos viageros no sean siempre exactos y acordes en sus relaciones, descripciones y cartas geográficas, es un defecto que no pueden evitar. Pero aun así son útiles al pú- blico, porque sus sucesores en la empresa se excitan á exami- nar las cosas con mayor esmero, á corregir, (x esclarecer y perfeccionar sus informes. Para recompensar el servicio que nos hacen estos ilustres aventureros y pagailes de algún modo sus trabajos, hacemos pasar, por medio de nuestros escritos, sus nombres á la poste- ridad, aplaudimos sus empresas, leyendo y alabando sus relaciones. La presente merece sin duda ser leida y elo- jiada, por lo que contiene de curioso, extraordinario y trágico. Es también, como ya hemos dicho, interesante en la co- yuntura presente, en que se proyectan establecimientos en el pais de que habla, que pueden tener resultados los mas honrosos y útiles á la nación. El viage á que se refiere, es uno de los mas grandes y penosos, que se han emprendido. Como el relato se hace por un testigo ocular y de una manera B [ 14 -] "ingenua, simple y circunstanciada, merece crédito ; pero no siendo mas que un diario, no es susceptible de adornos y com- postura. El lector excusará también la repetición que se nota de las mismas expresiones, por la imposibilidad de evi- tarlo, y se contentará con que la sequedad de la narración esté compensada con la curiosidad de las materias. He creido que las pequeñas notas que he agregado,* no serán desagradables, porque aclaran algunas cosas, que no son comunmente entendidas de los que no han practicado grandes viages. Mas después de haber dicho lo bueno y lo malo que con- tiene la América setentrional, la hermosura y la bondad de su clima, la brutalidad de sus habitantes, y manifestado los males infinitos á que deben someterse los que viajan, me persuado que será conveniente decir alguna cosa del difunto Mr. de la Sale, que hace de persona principal, y es como el héroe de esta relación ; y que habiendo sido asesinado por los suyos, fue la víctima desgraciada del descubrimiento de que aquí se trata. Es también á propósito dar á conocer todo lo que precedió á los sucesos contenidos en este diario, y las consecuencias felices que ha tenido esta malhadada empresa en nuestros dias. He aquí lo que yo he indagado por mis conocimientos particulares y por lo que se ha escrito. Roberto Cavelier, llamado comunmente Mr. de la Sale, natural de Roüen, de buena familia, habiendo recibido una educación piadosa y literaria, pasó muy joven al Canadá, donde se aficionó al comercio y mas aun á los proyectos de nuevos descubrimientos en lo interior de aquellos dilatados paises. Para fijarse en ellos y constituirlos su patria, compró una casa en la isla de Montreal, donde se ha formado la segunda ciudad del Canadá, sesenta leguas abajo de Quebek, que es la capital con obispado, gobernador, intendente y consejo superior. El pais no tiene mas que estas dos ciudades y algunos pueblos. Se hallan situadas sobre el gran rio S. Lorenzo, que viniendo del sudoeste se forma, ó se aumenta con las agu3s de cinco prodijiosos lagos de agua dulce, que se comunican unos con otros, y por los cuales se dirige á descar- * Se omiten m Ja traducción. [ 15 3 gar en el océano por una muy ancha boca, que abre camino a los buques que quieren penetrar al Canadíi. Hasta el tiempo de Mr. de la Sale se habían hecho mu- chos descubrimientos hficia el Norte , porque siendo allí buena y abundante la peletería, los negociantes de Quebek y Montreal, por medio de los aventureros que son llamados cou~ reurs des bois, á causa de sus correrías en los bosques, hablan penetrado mucho en los territorios de aquella parte. Pero no se había avanzado mucho hacia el sur ni hacia el sudoeste mas allá del fuerte de Frontenac, que se halla sobre el lago Ontario, el que de los cinco estfi mas cercano en esta direc- ción. Se conjeturaba sin embargo, descansando en los infor- mes de los salvages, que había allí grandes y bellos descubri- mientos que hacer. Se había oído hablar frecuentemente délas ricas minas de Santa Bárbara en el reino de ¡México, y había nacido la tentación de ir á visitarlas. Se tenía alguna noticia del famoso río Missicipi, que se creía entonces posible que desembocase en el mar del sur y que abriese un camino para él. Estas conjeturas causaron impresión en Mr. de la Sale, quien apasionado por la gloria de su nación, deseaba señalar el nombre francés, haciendo descubrimientos extraordinarios, mas allá de los practicados hasta entonces. Formó el designio y resolvió executarlo ; y en verdad que era muy á propósito para él, y lo realizó á expensas de su vida; porque en esta linea nadie ha hecho tanto como él en los veinte años, que estuvo empleado. El también era un hombre leglado en sus costumbres, de una vasta extensión de espíritu, muy literato é instruido en las matemáticas, emprendedor, atrevido, intrépido, diestro, insi- nuante, que con nada se desanimaba, que hallaba recursos para todo, sin temor alguno de las fatigas mas duras, mara- villosamente constante en la adversidad, y lo que es mas ventajoso, muy versado en muchos idiomas salvages. Mr. de la Sale con tantos talentos, de que había dado testimonio en muchos casos, se adquirió la estimación de los gobernadores del Canadá ; y Mr. de Courcelles, Talón y de Frontenac se acreditaron sucesivamente en varias ocasiones para honor y utilidad de la colonia. [ Ití ] Se le (lió el gobierno del fuerte de Frontenac, el punto avanzado hacia los salvajes, y vuelto á Francia en 1675, el rey le concedió la propiedad con el encargo de ponerlo en mejor estado, que el que tenia. Así lo hizo, luego que re- gresó al Canadá ; de allí volvió á Paris, lleno de nuevos conocimientos en lo perteneciente al rioMisstcipi, el país que atraviesa, sus minas, especialmente las de plomo y cobre, los rios navegables, y sobre el negocio que podía hacerse con las pieles y lana muy fina de los toros salvajes, que se matan con facilidad y tanto abundan en infinidad de aquellos bosques. Poseia también mejores memorias acerca de aquel pais, que las fábulas divulgadas entonces con el título de viage del Señor Joliet ; fue bien recibido en la corte, y despachado con órdenes competentes para trabajar en sus descubrimientos. El gran crédito de que gozaba Mr. de la Sale, y sus vas- tos proyectos le adquirieron celosos y envidiosos. Sus com- patriotas mismos pusieron obstáculos á sus designios ; pero él se sobrepuso á todos ellos, y volvió al Canadá hacia el año de 1678 con el caballero Tonty, gentilhombre italiano, hom- bre de provecho y de mérito, que se unió á su empresa. To- mó igualmente en el pais cuarenta á cincuenta personas útiles para la expedición, de cuyo número fueron tres frailes recoletos, que llevó consigo para ensayar lo que pudiera ha- cerse entre los salvajes en favor del cristianismo, por que conocía y estimaba con razón la virtud, la habilidad y el celo de estos buenos relijiosos, que comenzaron por sí solos la misión en el nuevo mundo, y que secundados por otros la han conservado hasta el día con tanta edificación. Mr. de la Sale después de dos años de idas y de venidas, embaraza- das en gran manera por los envidiosos del pais, hasta el punto de que sin la triaca hubiera muerto del veneno que le dieron unos malvados, no pudo poner en orden sus negocios y comenzar su expedición hasta el año de 1682. En fin partió luego, y para que su descubrimiento del Missici])i fuese completo, hizo marchar al padre Hennepin, recoleto, con al- gunos otros hacia el norte, á fin de que buscasen el órijen de este rio, y lo hallaron á los cincuenta grados de latitud norte. Por lo que toca á él, extendió su viage al oeste, encontró el [ 17 ] lio de Illinois, al que dio el nombre de rio de Seignelay^ y siguiendo su curso llegó al Missicipi, en el que descarga aquel. Allí creyó que no le restaba que hacer otra cosa, que dejarse llevar hacia su desembocadero en el mar, fuera el que fuese, el del sur ó el de México. Halló por todas partes, á lo largo de sus orillas, muchas naciones salvages, con las cuales por medio de regalos hizo alianza, y dio al pais el nombre de Louisiana para honrar el nombre y la memoria de nuestro augusto monarca, en cuyo reinado se hicieron estos descubrimientos. En fin la corriente delMissicipi condujo (i Mr. de la Sale á su desembocadero por dos canales en el golfo de México en el mes de Abril de 1682 á 1683, porque estas dos fechas se encuentran en lo que se ha escrito sobre la materia. Se detuvo algunos dias en hacer sus observa- ciones y en colocar algunas señales que pudiera hallar á su vuelta. Contento de haber descubierto parte de lo que bus- caba, retrocedió por la misma ruta, volvió á Q,uebek en el Canadá, para restituirse á Francia, y hacer desde allí otra tentativa por el golfo de México, para buscar aquel desembo- cadero del Missicipique habia hallado por el Canadá, y asegu- rarse de él. Porque él juzgaba mas ventajoso conocerlo por el mar que ir á él por tierra, en razón de que el viage por el Canadá es mucho mas largo y difícil, y de que no puede hacerse mas que una vez al año, en vez de que por el mar de México no es mas largo, es mas cómodo y en todas las estaciones se puede ir y venir. El consideró también que el desembocadero descubierto por el mar prestaba una comunicación mas fácil y segura con el Canadá, remontán- ilose este hermoso rio, cuya navegación no se halla obstruida por saltos y caldas en mas de seicientas leguas hacia su origen. Estas consideraciones estimularon á de la Sale á volver á Francia, donde fue aplaudida su expedición y aprobado el nuevo proyecto, haciendo el rey que se le diesen dos buques para que regresase y continuase sus empresas. Todo el de- talle se encuentra en este diario. Este negocio tan bien co- menzado, prometía los resultados mas ventajosos ; pero se desgració por la perfidia y la maldad de los mismos compañe- ros de este ilustre aventurero. B2 [ 18 ] He aquí lo que he creído que podria servir de preliminar á vuestro diario, y que si no juzgáis que lo desfigura, puede po- nerse á su cabeza, y á su fin lo que sigue, que dará á conocer cual fue el término de la bella empresa de descubrir el rio PREFACIO DE MR. MICHEL, Quien puso en orden este diario. Aunque el viage del difunto Mr. de la Sale haya tenido un íin muy desgraciado para su persona, no será un obstáculo para que la posteridad le conserve siempre el nombre de viagero ilustre. La historia de su empresa será grata á los siglos venideros, porque les manifiesta cual ha sido la energía del genio, la grandeza del valor y la noble constancia de un hombre seme- jante, para inventar y poner en ejecución los medios de des- cubrir los restos del nuevo mundo. Y como las particularidades del descubrimiento de aquellas grandes y extensas provincias serán en todo tiempo el objeto de las gentes curiosas y de los sabios, no parecerá extraño que después de lo escrito por el padre recoleto Hennepin, el caba- llero Tonty y algunos otros, se publique aquí un diario histórico del último viage, que emprendió Mr. de la Sale para ir á la Louisiana por el golfo de México, para consumar lo que habia proyectado en su viage antecedente, si la traición de los suyos no le hubiera cortado la carrera. Este diario de Mr. Joutel, del que hace mención Mr. Ton- ty en el libro que ha impreso acerca de los últimos descubri- mientos de la América, páj. í319, tiene de particular, el que iontiene exactamente cuanto aconteció dia por dia á Mr. de la Sale en su funesto viaje desde su partida de la Rochelle hasta su muerte y regreso de Mi. Cavalier sacerdote, hermano (le Mr. de la Sale, de Mr. Cavelier su sobrino, del reverendo [ 20 ] padre" recoleto Anastasio y del mismo señor Joutel, quienes para restituirse á Francia hicieron por tierra la larga travesía que hay desde el golfo de México hasta el Canadá, cuya ex- tensión es de mas de ochocientas leguas. Muchas aventuras de todas clases, de las que son trágicas la mayor parte, complacerán al curioso lector ; y se admirará sobre todo de la protección de la divina Providencia para con- ducir y conservar tan pequeña tropa en aquellas dilatadas regiones y en medio de tantos pueblos bárbaros. No se pretende aquí criticar la obra del padre Hennepin ni la de Mr. Tonty ; pero sus partidarios no disimularán que el autor no hable muchas veces tan bien como aquellos; que diga simplemente lo que vio y que sin inventar ni exagerar cosa alguna, exponga desnudamente todas las verdades de que fue testigo. Cierto es no obstante, que pueden unos y otros ser excusa- dos sobre ciertas circunstancias ; el padre Hennepin y Mr. Tonty pudieron ver algunas cosas que no llegaron á noticia de Mr. Joutel ; pero hay un hecho de importancia en la historia de Mr. la Sale, que no puede pasarse en silencio. Este es el que Mr. Tonty asegura en su libro, que Mr. de la Sale habia en fin encontrado el desembocadero del Missicipi, y Mr. Joutel sostiene lo contrario, y dice que eso es tan falso, que en el último viage que hizo hacia los Cenis, acompañado de Mr. Joutel, quien nunca se separó de él, el empeño mas grande de Mr. de la Sale fue el informarse entre todas las naciones por donde pasaban, donde estaba el Missicipi^ sin que jamas pudiera averiguarlo ; que la prueba de ello es, que si Mr. de la Sale hubiera conocido el punto del desembocadero de este rio, hubiera tomado infaliblemente otro camino y otras me- didas ; y todas las apariencias son de que pasó todo, como se verá en esta relación. Es necesario por tanto decir en descargo de Mr. Tonty, que no lo asegura sino es refiriéndose al informe de Mr. Cave- lier sacerdote y hermano de Mr. de la Sale, y que el mismo Mr. Cavelier pudo tener sus razones para afirmar, que se habia hecho el descubrimiento del Missicipi^ por los mismos motivos que tuvo para ocultar la muerte de su hermano. [ 21 ] Y como se lia de ver 'a Mr. de la Sale dar vueltas sobre las cosías de la América setentrionalpara descubrir el desembo- cadero de este rio, es conveniente instruir de la causa á los que no han visto su primer viage, y manifestarles de donde provino que fuese inútil aquella investigación y que se viese precisado á tomar tierra en otra parte. Después que Mr. de la Sale descubrió aquel vasto conti- nente que es una parte de la América setentrional, después que pasó el Canadá por Montreal, remontando el rio de San Lorenzo, el país de los iroqueses é ilUnois y otros, á que dio el nombre de Louisiana, su designio fue buscar un cami- no mas corto y mas fácil que el que habia seguido por tierra. Esta fue la razón de que habiendo hallado en su primer descubrimiento el gran rio llamado por los bárbaros Miasicipi ó Mechassipi, según el padre liennepin, y al que dio el nombre de Colvert, y juzgando por su curso que desagua- ba en el golfo de México, se propusiese buscar su desem- bocadero. En efecto, con mucho peligro y con trabajos que la imagi- nación no puede concebir, bajó por este rio y encontró, que se dividía en dos brazos ; de estos siguió el mas setentrional, hasta donde entra en el mar ; tomó la altura de este desem- bocadero, y lo situó entre los 28 "^ . y 29 ^ . de latitud Norte, según Mr. Joutel asegura que le oyó decir; dejó allí señales, retrocedió al Canadá y de allí a Francia, satisfecho de su descubrimiento, que hubiera sido enteramente glorioso, si en su segundo viage lo hubiera conseguido. Pero sea que él no hubiera tomado bien sus medidas, cuan- do hizo sus observaciones por tierra, ó sea que este rio en su desembocadero corra en una playa tendida, y que no pre- sente mas que señales imperceptibles de su curso á los que vienen por mar, lo cierto es que habiendo arribado al golfo de México, en vano buscó durante tres semanas el mismo des- embocadero, y se vio obligado á tomar tierra mas al Sudoeste del verdadero punto, en que estaba. Mr. Tonty dice en su libro, paj. 192, que se hallaba presen- te, cuando Mr. de la Sale tomó la altura del desembocadero del Missícipi en su primer viage, y nota que lo halló entre los 22 o . y 23 ° . de latitud Norte : pero este es un error que debe atribuirse al impresor ó al copista, por que en la carta . que el mismo Señor Tonty ha acompañado á su libro, coloca este desembocadero en la latitud 26 ° . 30'. Norte y hay funda- mento para creer que aun se engaña en esto. Mr. Joutel y algunos otros creen que el desembocadero del brazo que bajó Mr. de la Sale, está en la bahía del Espíritu Santo, y que se halla efectivamente éntrelos 28 ° . y 29 ° . de latitud Norte, como lo encontró Mr. de la Sale. Con res- pecto al otro brazo, el mencionado Señor Joutel cree que está mas al Sudoeste y hacia los bancos, que encontraron el 6 de Enero de 1689, de los 27 ° . á los 28 ^ . de latitud Norte, recorriendo las costas del golfo de México, y que eran la señal del desagüe de algún rio, que descuidaron de indagar. Si es así, Mr. de la Sale se aproximó mucho, y aun pasó delante de uno y otro desembocadero; pero desgraciada- mente sin reconocerlos, lo que fue la causa principal de su pérdida y de la ruina de su empresa. Por último es necesaiio convenir en que, si la vuelta de esta pequeña expedición de un pais tan distante y entre tan- tos peligros es un efecto visible de la protección divina, no lo es menos de su justicia, el que se hayan conservado estos tes- tigos, y el haberlos conducido á la patria de Mr. de la Sale para restablecer su reputación, que sus enemigos habian obs- curecido. Mr. de la Sale hubiera pasado por un visionario y aun por un impostor ; se hubiera condenado su empresa y despreciado su memoria; pero el cielo no quiso permitir, que el honor de un hombre de mérito tan distinguido se perdiese así; él ha reunido y conservado testigos irreprochables, quienes de viva voz y por otras pruebas incontestables de los bellos descubri- mientos que hizo Mr. de la Sale, han cerrado la boca á sus enemigos, y confirman la verdad de lo que se aseguró al prin- cipio de este discurso, y es que no faltó mas que fortuna á Mr. de la Sale para merecer y gozar del título de hombre- grande y de ilustre viajero. DIARIO HISTÓRICO Del último viage, que el difunto Mr. de la Sale hizo en la América setentrional yara el descubrimiento del Rio Missicipi. (*) A tiempo en que Mr. de la Sale hacia sus preparativos para su último viage de la América setentrional, me hallaba yo en Roüen, lugar de su nacimiento y del mió, y volvia yo ntónces del ejército después de 16 ó 17 años de servicio. La reputación de Mr. déla Sale, el tamaño de su empresa, la curiosidad natural á. los hombres, el conocimiento que tenia de sus padres y de las personas de la misma ciudad, que debían seguirle, me decidieron á comprometerme en la ex- pedición, y fui admitido en la clase de voluntario. El punto de reunión fue la Rochelle, donde debíamos em- barcarnos. Los señores Cavelier, el. uno hermano y los demás sobrinos de Mr. de la Sale, los Sres. Chedeville, sa- cerdote, Planteroze, Thibault, Ory, algunos mas y yo llega- mos en el mes de Julio de 1684. Después de haber Mr. de la Sale concluido los preparativos de todas las cosas necesarias para su viage, de haber vencido las dificultades, que varias personas mal intencionadas qui- sieron suscitarle, y de haber Mr. Arnoult, Intendente en la Rochelle, dádole sus órdenes, conforme ít las que habia recibi- do del Rey, nos hicimos á la vela el 24 de Julio de 1684 C^) Mr. Joutel es el que habla en todo el diario. Las no- tas son del traductor* [ 24 ] con £4 buques, de los que 4 estaban destinados á nuestro viage y los demás para las islas y el Canadá. Los cuatro buques que debían servir á la empresa de Mr. de la Sale, llevaban como 280 personas, inclusa la tripula- ción, siendo del número 100 soldados con sus oficiales, el apellidado Talón con su familia Canadiense, como 30 volun- tarios, algunas mujeres y el resto de enganchados ó artesanos de todos los ramos necesarios para plantear un establecimiento. El primero de estos buques era un navio de guerra, llama- do el Joly, de 36 á 40 cañones, mandado por Mr. Beaujeu y en él nos embarcamos Mr. de la Sale, su hermano el sacer- dote, dos padres recoletos, los Sres. Dainmaville, el sacerdote Chedeville y yo. El segundo era una pequeña fragata de 6 cañones, que el Rey habia dado á Mr. de la Sale, mandada por dos capitanes de mar ; una urca de SOO toneladas, pertene- ciente al Señor Massiot, comerciante de laRochelle, mandada por el Señor Aygron, la que cargaba todos los efectos de que creyó necesitar Mr. de la Sale para su establecimiento, y un Queche, (*) en el cual cargó Mr. de la Sale SO toneladas de municiones ó mercancías, é iba fletado para Santo Domingo. Toda la flota, mandada por Mr. Beaujeu, tenia orden de navegar reunida hasta el cabo de Finisterra, de donde cada uno debia tomar su derrota ; pero esta marcha se interrumpió por un accidente imprevisto. Nos hallábamos á los cuarenta y cinco grados 23 minutos Norte y cerca de 50 leguas distan- tes de la Rochelle, cuando, sin que hiciese mal tiempo, el palo de trinquete de nuestro buque, el Joly, se rompió de repente, lo que nos obligó ^ arriar las otras velas, y á cortar gene- ralmente las jarcias, que sostenían el palo roto. Cada uno pensó como quiso de este accidente. Algunos creyeron que era cosa concertada, y se discutió en el consejo, si se iria á Portugal, ó se regresarla á la Rochelle 6 á Roche- fortj y se adoptó el segundo partido. Los otros buques, desti- nados para las islas y el Canadá, se separaron y continuaron su navegación; nosotros viramos hacia el rio de Rochefort, á (*) Q;ucche es tm huque feqmño. [ 25 ] donde nos siguieron los otros tres buques, y se despachó una lancha para avisar al Intendente lo ocurrido, la que volvió al- gunas horas después conduciendo un palo que fue prontamente colocado, y después de algunas conferencias que tuvo el In- tendente con Mr. de la Sale, partimos de aquel punto en Agosto de 1684. Volvimos á tomar nuestra derrota al Oeste cuarto al Sudo- este, y el 8 del mismo mes doblamos el cabo de Finisterra, que está á los 43 ^ . Norte, sin haber experimentado ningún contratiempo. El 12 llegamos á la altura de Lisboa, cerca de 89°. Norte. El 16 estábamos á los 36°. latitud del estrecho, y el £0 descubrimos á Madera, que se halla á los 32® ., donde Mr. de Beaujeu propuso á Mr. de la Sale, que anclásemos cerca de esta Isla para hacer aguada y tomar al- gunos víveres frescos. Pero Mr. de la Sale no fue de este dictamen, considerando que no hablan pasado mas que 21 dias desde nuestra partida de Francia ; que habla la agua suficiente ; que las provisiones frescas debian estar hechas, y que esto seria perder siete, ocho ó mas dias inútilmente ; que el secreto era necesario para nuestra empresa y podrían los Españoles descubrir alguna cosa por medio de aquellos isleños, y que en fin no era esta la voluntad del Rey. Esta respuesta no la acojíeron Mr. Beaujeu y sus oficiales mejor que la tripulación del navio, la que mur- muró mucho, yendo la cosa tan adelante, que un pasajero llamado Paget, Hugonote de la Rochelle, se atrevió á hablar con furia y poco respeto á Mr. de la Sale, quien se vio preci- sado á quejarse de él á Mr. de Beaujeu, y á preguntarle, si era de su aprobación el que un hombre de aquella clase le ha- blase de tal manera ; Mr. de Beaujeu no le hizo dar ninguna satisfacción. Estas desavenencias precedidas de otras, que no eran mas favorables al servicio del Rey, fueron las secretas semillas que produjeron en lo sucesivo los efectos trágicos, que acabaron con la vida y la empresa de Mr. de la Sale, y causaron nuestra ruina. Como quiera que sea, tomó la resolución de no detenernos en aquella isla ; sobre lo cual dijo Mr. de Beaujeu, que en C [ 26 ] ese caso no se haría demora en otro punto mas que en la isla de Santo Domingo. Continuamos nuestro viage, doblamos la isla de Madera, y comenzamos á ver aquellos pequeños peces voladores, que para defenderse de los Dorados que los persiguen, saltan fuera del mar, hacen un vuelo del largo de un tiro de pistola, vuelven á caer en el agua y muchas veces en los buques que pasan ; este pez es del tamaño de un arenque y de muy delicado gusto. El 24 experimentamos los vientos alisios que soplan siem- pre del Este al Oeste, y por esta razón son llamados por al- gunos autores vientos subsolanos: vientos que siguen el movimiento del Sol. El 28 nos hallábamos á los 27 ° . 45' Norte y á los 844 ° . de longitud. El dia 30 se levantó un tiempo fuerte, cuya violencia duró dos dias ; pero como sopla- La en popa, solo perdimos de vista al Queche, que habia sido mal gobernado, y se nos unió algunos dias después. El 6 de Setiembre llegamos al Trópico de Cáncer á los £3 ^ . 30' Norte y á los 3l9 ^ . longitud, y allí fue donde la resistencia que opuso Mr. de la Sale á la ceremonia que los marinos llaman Bautismo, le atrajo nuevas murmuraciones y odios secretos. Han escrito y referido tantos las circunstan- cias de esta necedad, que seria ocioso reproducirlas aquí ; bastará decir que tres cosas la autorizan : primera, la costum- bre: segunda, el juramento que se hace prestar á los bauti- zados en los términos siguientes : que no dejarán pasar á ninguno bajo los trópicos ni bajo la linea, sin sugetarlos á la onisma ctremonia: tercera, y es la mas fuerte, el interés de algunos refrescos ó de alguna plata en su defecto, con que los pasajeros obsequian á la tripulación para ser tratados con suavidad. Habiendo entendido Mr. de la Sale, que se preparaba todo lo necesario para este impertinente bautismo, y que la cuba llena de agua estaba sobre cubierta, envió á decir, que no consentirla que las gentes dependientes de él fuesen someti- das á aquella locura, y habiendo llegado á noticia de Mr. de Beaujeu, prohibió la ejecución con gran disgusto de lojs oficiales subalternos y de la tripulación, que esperaban una suma considerable y muchos refrescos, porque eran en gran [ 27 ] número, los que estaban por bautizar y echaron la culpa á Mr.de la Sale.* El 11 de Setiembre arribamos á la altura de la isla de Santo Domingo, á los £0 ® . Norte, 3£0 ° . de longitud ; nos dirijía- mos hacia el Oeste; pero habiendo caido el viento, entramos en una calma que nos obligó á parar ; en el mismo dia Mr. Dainmaville, sacerdote misionero, fue á la barca la Belle para administrar los sacramentos á un artillero, que murió á pocos días. Mr. de la Sálele fue á risitar y tuve el honor de acompañarle. El dia lü se nos incorporó la lancha que hablamos perdido de vista ; y habiéndose dado á Mr. de la Sale algunas quejas por algunos particulares de la expedición, rae mandó que fuese á componer sus diferencias, que no tenian otro principio que ciertos celos entre unos y otros. El 16 pasamos la isla de la Sombrere, y el iS suñímos un tiempo tan fuerte, que temimos quo fuese un huracán ; el mal tiempo duró dos dias, durante los cuales nos mantuvimos á la capa y perdimos de vista los demás buques. Se celebró consejo en nuestro navio el Joly para discutir si se esperarla á los otros buques, ó se continuarla el viige, y se resolvió, qus atendiendo á que comenzaba á. faltar el agua, y á que habia mas de cincuenta enfermos en el navio, de cuyo número eraii Mr. de la Sale y los cirujaaos, se baria fuerza de vela para arribar al primer puerto francés de la isla de Sato Domingo, que era el puerto de Paiv, de lo que se instruyó una sumaria verbal. El -20 descubrimos la primera tierra de la isla de Santo Do- mingo, en el cabo de Samana, situado á los 19 ^ . Norte y * El conde de las Casas, en su diario de Santa Helena, rt- jxere circunstanciadamente cuanto pasó en el navio que condu- cía al Emperador NapoleoJí al llegar á la linea y que aquel hombre extraordinario é indomable se redimió del tremendo bau- tismo por medio de una gratifcacion á la gente de mar. Pero sin embargo de que su penosa situación ;?o era muy á propcsito para chanzas, tuvo que autorizar con su presencia aquella farza, y hacer su^ cumplimientos nada minos que al dios Xeptuno. F^ [ 28 ] k los 308 ° . de longitud. El 25 se debia arribar al puerto Me Paix, tanto por que así estaba acordado, como porque no solamente era aquel punto el mas ventajoso en realidad para tomar refrescos, sino que ademas era el lugar en que residia Mr. de Cussy, gobernador por el Rey de la isla de la Tortu- ga, que estaba instruido de que Mr. de la Sale tenia ordenes ])articulares que comunicarle, para que le proveyese y facili- tase las municiones, de que pudiera tener necesidad. No obstante estos graves motivos, Mr. de Beaujeu resolvió pasar adelante en la noche, doblando la isla de la Tortuga, distante algunas leguas del puerto de Paix y de la costa de Santo Domingo ; hizo que pasásemos en seguida la punta de san Nicolás, y el 16 del dicho mes entramos en el golfo de Tagouana, costeando la isla de la Gouanahle, que se halla en el medio de este gran golfo, y por último el 27 de Setiem- bre arribamos al pequerlo puerto Gouave, después de una travesía de 58 dias desde nuestra partida de Chefdehois cerca de la RocheUe. El cambio de lugar para la escala de nuestra pequeíla flota, y cuya causa se ignora, fue muy desve-ntajoso, y se verá des- pués, como ya he notado, que las desavenencias de los oficia- les impulsaron las causas, que debian concurrir á nuestra des- gracia. Luego que anclamos, vino una piragua del puerto, tripula- da con 20 hombres á reconocernos ; habiendo virado dando el ¿ quien vive 1 é impuéstose de que éramos franceses, nos instruyeron de que Mr. de Cussy se hallaba en el puerto de Paix con los Sres. Marques de S. Laurent, teniente general de las islas de América y Mr. Begon intendente, lo que causó un vivo disgusto á Mr. de la Sale, porque eran de suma im- portancia los negocios, que tenia que tratar con ellos ; no obstante fue preciso tener paciencia, porque ya no habia remedio. En la mañana del 28 cantamos el Te Deum en acción de gracias por la felicidad de nuestro pasage. Encontrándose mejorado Mr. de la Sale de su indisposición, bajó á tierra con varios señores de su comitiva con el objeto de adquirir algunos refrescos para alivio de los enfermos, y para solicitar [ 29 ] algún medio de dar aviso de su llegada á los Sres. de S. Lauí-ent, de Cussy y Begon, y de manifestarles su sentimi- ento de que no se hubiera hecho escala en el puerto de Paix. Escribió en lo particular (i M. de Cussy, suplicándole que le viniese á ver, si le era posible, para auxiliarle y tomar algu- nas medidas que expeditasen su empresa : todo para el ser- vicio y la gloria del Rey. Mientras tanto, como los enfermos padecían mucho a. causa del calor en el navio, en el que estaban un poco opri- midos, se hizo poner en tierra á los soldados en una islita cercana al pequeño Gouave, en la que por lo común se en- tierran los miembros de la religión protestante reformada. Allí se les distribuyeron víveres frescos y pan que se hizo amasar. Con respecto á los enfermos yo recibí orden de 3Ir. de la Sale para buscarles una casa, á la que fuesen conduci- dos con los cirujanos, y se les proporcionó cuanto hubieron menester. Algunos dias después cayó gravemente enfermo Mr. de la Sale ; la mayor parte de sus criados se sintieron muy indis- puestos ; una fiebre continua acompañada de delirio le puso en el mayor peligro ; la situación de sus negocios, la escasez en que se hallaba de numerario, las dificultades de una gran- de empresa, cuya ejecución no sabia á quien poder confiar, enfermaron su espíritu aun mas que su cuerpo. Sin embargo su paciencia y su firmeza se sobrepusieron á todo ; puso los ojos en Mr. Gros y en mí para que le reemplazásemos, man- dó vender algunas provisiones del navio, del que extrajo la moneda, y su salud se restableció merced á nuestras atencio- nes y á la bondad de su temperamento. Entre tanto que él se hallaba en este estado, dos de nuestros buques que se hablan separado el l8 de Setiembre por la violencia de los vientos, arribaron el dia £ de Octubre al pequeño Gouave. El gozo de su vuelta se disminuyó por la noticia que dieron de la pérdida del Queche, que fue tomado por dos piraguas españolas; y esta pérdida fue mas sensible, porque venia cargado de víveres, municiones, utensilios y las herramientas necesarias para establecerse en las nuevas colonias. Esta desgracia jamas hubiera acontecido si Mr. c2 [ 30 ] ¿e Beaujeu se hubiera detenido en el puerto de Paix, y los Síes, de S. Laurent, de Cussy y Begon que llegaron al mis- mo tiempo para ver á Mr. de la Sale, no pudieron dejar de manifestárselo y darle sus quejas.* Estando ya repuesto Mr. de la Sale, tuvo con aquellos Se- ñores muchas conferencias acerca de su viaje, se celebró una junta de pilotos para acordar el punto en que se haria escala antes de abordar á la costa de América, y se convino en que se iria derecho al extremo occidental de la isla de Cuba ó al cabo de S. Antonio, distante 300 leguas ó cerca de ellas de Santo Domingo, para esperar allí el tiempo y viento favorable para entrar en el golfo, que no tiene de tra- vesía mas que 200 leguas. Se comenzó á trabajar en seguida para reponer las pro- visiones perdidas, y Mr. de la Sale apresuró mas nuestro embarque, porque la mayor parte de su gente estaba deser- tando, ó era sonsacada por los habitantes del lugar. Como el Aimahle, uno de nuestros buques, era el menos velero de nuestra pequeña escuadra, se dispuso que llevase el fanal y que los demás buques le siguiesen. Mr. de la Sale, Mr. Cavelier su hermano, los padres recoletos Cenobio y Anas- tasio, Mr. Chedeville y yo nos trasbordamos y todos nos hicimos á la vela el 25 de Noviembre. Sufrimos algunas calmas y vientos muy recios, que entre canto nos llevaron á vista de tierra de la isla de Cuba el trein- ta del mismo mes, cuyo dia demorábamos al Norueste, donde cambiamos de ruta por el Oeste cuarto al Norueste. Estando el tiempo un poco cubierto en el 31 por la mañana, perdimos de vista la isla ; se tomó dirección al Oesnorueste, y despejado ya el tiempo tomamos nuestra altura á medio dia, encontrándonos á los 19°. 45' minutos norte, lo que nos hizo conocer, que las corrientes nos habian separado á lo largo de la isla de Cuba. * Es extraño que Mr. Joutel no manifieste en esta ocasión temor alguno de que los Españoles descubriesen el secreto de la expedición, habiéndose apoderado de uno de sus buques. En este caso era mas probable que en la arribada á la isla de Madera. I 31 ] El 1°. de Diciembre descubrimos la isla del Cayman. El 2 corrimos al Norueste cuarto al Oeste, á fin de costear la isla de Cuba por la altura de los 20*^. S2*. de latitud norte. El 3 descubrimos la isla de Pinos, pequeña isla cercana á Cuba. El 4 pasamos una punta de esta isla, y como el viento nos cargaba de cerca, nos vimos obligados á ir en ziczac y á correr muchas bordadas* hasta la tarde del 5, en que anclamos en una punta, en que hay 15 brazas de agua y demoramos hasta el dia 8. Durante esta corta mansión Mr. de la Sale bajó con mu- chos Señores de su comitiva á la isla de Pinos, mató de un tiro de fusil un cocodrilo, y volviendo á bordo notó que su compañía no estaba completa por la falta de dos voluntarios, que se habían desviado y acaso perdido en los bosques ; se dispararon varios tiros de fusil para llamarlos, y no los oyeron : yo recibí orden de esperarlos en tierra con SO soldados, se nos reunieron al siguiente dia después de haber estado muy afligidos. Entre tanto nuestros soldados que sentían buen apetito, hicieron cocer y comieron el cocodrilo que había matado Mr. de la Sale, cuya carne era blanca y de gusto de almizcle, por lo que no la pude comer; uno ae nuestros cazadores mató un puerco, llamado Marón por los habitantes de las islas. Los hay de esta misma especie en Santo Domingo; son sal- vages y de aquellos que los Españoles echaron en todas estas islas, cuando las descubrieron ; yo lo envié á Mr. de la Sale, quien obsequió con la mitad á Mr. de Beaujeu. Esta isla se halla cubierta de bosques muy espesos, cuyos árboles son de diferentes especies, produciendo algunos de ellos un ñuto semejante á la bellota, aunque mas duro ; hay en ella un gran número de papagayos de mayor tamaño que los del pequeño GoáavCf muchas tórtolas y otros pájaros, y ciertos animales que tienen la figura de un ratón ; per* que son del tamaño de un gato, de pelo rojo, de los que los nues- tros mataron muchos, é iiíciéron buena comida, así como de una porción de pescados, de que está llena la costa. * Bordadas. Voz técnica que signijica las idas y venidas de un buque. ] 32 ] Nos reembarcamos luego que parecieron los dos hombres extraviados, y el dia 8 por la mañana, fiesta de la concep- ción de la Santa Virgen, después de oir misa, nos hicimos a la vela ; y como cambiaba el viento, seguímos varias direc- ciones. El 9 descubrimos el cabo de Corrientes de la isla de Cuba, donde experimentamos una calma seguida de un vien- to fuerte, que nos hizo apartar 5 leguas al Este. El 10 pasamos toda la noche en ziczac. Habiendo cambiado el viento el dia 11, doblamos el cabo Corrientes para ganar el de S. Antonio ; y en fin después de varias bordadas y de haber sondeado, anclamos el 12 en un buen fondeadero en 15 brazas de agua en la punta de aquel cabo, que está situa- do á los 22^. norte y á los 288 '=> . 35'. de longitud. No demoramos mas que hasta la mañana siguiente del 12, que pareció propio el viento para entrar en el golfo de Méxi- co ; nos aparejamos é hicimos á la vela con proa al Nordeste cuarto al Norte y Nornordeste, para doblar el cabo y em- prender nuestra ruta ; pero no llevábamos mas que cinco leguas de camino, cuando mudó el viento, é ignorando la dirección de las corrientes, gobernamos hacia el Este cuarto al Nordeste, y continuamos hasta el dia 14, en que Mr. de Beaujeu que navegaba en el Joly, se nos reunió y habiendo conferenciado con Mr. de la Sale acerca de la contrariedad del viento, le propuso volver al cabo de San Antonio, en Jo que convino Mr. de la Sale para no darle motivo de queja, aunque la medida no era muy necesaria, y anclamos en el mismo punto, de donde acabábamos de partir. En la mañana siguiente, el 15, envió Mr. de la Sale dos hombres á tierra para averiguar, si podian hacerse algunas barricas de agua. Volvieron diciendo que la habian encon- trado no muy mala en los bosques ; pero que alli era im- posible rodar las barricas ; para vencer esta dificultad se mandaron barriles, en los que se condujo el agua, con que se llenaron seis ó siete barricas. Los mismos hombres refirieron que habian encontrado una botella de vidrio, en la cual habia quedado un poco de vino ó de otro licor medio torcido. Estas fueron todas las provisiones que hallamos en aquel sitio. Esto manifiesta [ 33 ] cuan mal informado está Mr. Tonty, cuando en la pííg. 242 de su libro asegura, que encontramos en aquella isla muchos toneles de vino de España, de buen aguardiente y de maiz, que los españoles habian dejado ó abandonado ; todo no es mas que una ficción inventada contra la verdad. El 16 continuando el tiempo en calma, se volvió á tierra para hacer provisión de 5 á 6 barricas de agua; yo hubiera sido de la partida, si una indisposición que me comenzó en la isla de Pinos, y se convirtió en fiebre terciana, no me lo hu- biera impedido; por este motivo nada puedo decir de aquella isla, mas que lo que pude ver desde el buque, que fue una porción de árboles llamados Lataneros, que solo sirven para hacer escobas y algunas frioleras mas : vimos aquel dia al- gunas humaredas muy á lo interior de la isla, que nos per- suadimos serian señales del número de nuestros buques ó algunos cazadores del pais extraviados. La noche siguiente, acercándose el dia 17, habiendo re- frescado el viento que venia del Nordeste y arreciado de re- pente, hizo correr al buque la Bel/e sobre su ancla, vino á dar sobre el bauprés de la Aimahle, le rompió la verga de cebadera y la á& juanete, y si no se hubiera largado inmedia- tamente el cable de la Aimable, hubiera estado expuesto á perderse ; se zafó con la pérdida del palo de mesana, la de cien brazas de cable y de una ancla rota. El 18 refrescó el viento, aparejamos, y nos hicimos á la vela como á las 10 de la mañana con proa al Norte y Norte cuarto al Norueste, y no remontamos hasta el medio dia la punta del cabo de san Antonio, que nos demoraba al Este, y continuamos nuestra ruta hacia el Norueste, hasta que el 19 al medio dia nos hallamos á los 22 ^ . 58'. latitud Norte, 287®. 54''. de longitud. Como dominaban vientos de varios rumbos, los seguímos también diferentes ; pero lo que nos fue mas ventajoso fue el hermoso tiempo que nos favoreció de tal modo, que no se pasó un solo dia sin que tomásemos nuestras alturas. El 20 se observó que la aguja variaba cinco grados hacia el Norueste, y nos hallamos á los 26 ® . 40'. latitud Norte y á los 285 ° . 16'. de loneitud. [ 34 ] El 23 se levantó una gruesa nube por el Norte, que amena- 'zaba mal tiempo, y nos preparamos para recibirlo ; pero duró poco nuestro cuidado, por que la nube por varias direcciones se disipó; continuamos por los 28°. 14'. Norte; y tanto por las alturas reconocidas como por el cídculo se juzgó que no estábamos muy distantes de tierra. Se mandó á la Belle á reconocer y adelantarse con la sonda en la mano, y media hora antes de que se pusiese el sol, vimos á la Belle largar su pabellón y ponerse en facha para esperarnos, y habiéndosenos incorporado, dijo el piloto que habla hallado un fondo cenagoso de S2 brazas de agua. A las ocho fondeamos nosotros también y encontramos 40 brazas, a las diez solo 25, y habiendo sondeado la Btlle k media noche, no halló mas que 17, lo que indicando la proxi- midad de tierra, nos detuvimos con objeto de esperar al Johj y de saber la intención de Mr. de Beaujeu, quien se nos reu- nió á poco. El 27 Mr. de Beaujeu mandó al caballero de Airre, su segundo y dos pilotos, para convenir con Mr. de la Sale en el rumbo que se debia seguir, y se acordó que se nave- garía al Oesnorueste, hasta que nos hallásemos á seis brazas de agua; que después se seguiría al Oeste, y que apenas se descubriese tierra, se mandarían dos lanchas á reconocer el pais. Arregladas así las cosas, partimos con la sonda en la mano para no ser sorprendidos, y como á las diez nos en- contramos á 10 ú 11 brazas de agua, arena fina, de color gris y cenagosa, y al medio dia estábamos á los 28 ° . 37'. Norte. El S8 estando sobre 8 á 9 brazas de agua apercibimos á la barca la Belle, que iba delante de nosotros y enarboló su pa- bellón, que era señal de que había visto alguna cosa ; hicimos subir á la gavia á un marinero, el que descubrió la tierra al Nordeste, á distancia de cerca de seis leguas, y habiéndolo entendido Mr. de Beaujeu, juzgó á propósito que anclásemos. Como no había entre nosotros quien tuviese conocimiento de aquel golfo, en el que so nos había dicho, que las corrien- tes eran muy penosas y llevaban precipitadamente á los bu- [ 35 ] ques hacia el Este, creímos que nos habíamos apartado y que la tierra que velamos era la bahía de Apalache, lo que nos obligó el dia 29 á hacer rumbo al Oesnorueste, costean- do siempre la tierra, y se dispuso que el Joly nos siguiese por las seis brazas de agua. A poco tiempo de habernos detenido, observamos que la barca la Belle hacia señal de haber descubierto tierra, que divisamos nosotros cuatro leguas ó cerca de ellas. Se avisó á Mr. de Beaujeu, quien se nos acercó y se acordó que se enviarla íi alguno para reconocer y tomar noticia de la que nos parecía tierra. Se hizo armar con este objeto una lancha, en la que se embarcaron Mr. de la Sale, Mr. el caballero de Airre y otros varios ; se echó al mar otra lancha, en la que me embarqué con 10 ó 12 de nuestros compañeros, para unirnos á Mr. de la Sale ; y la barca la Belle recibió orden de seguir siempre costeando la tierra, á fin de que si venia el viento, nos tras- bordásemos para no perder tiempo. Parte de los que iban en la lancha de Mr. de la Sale y que nos precedían, bajaron á tierra, vieron un gran pais llano con grandes pastos ; pero no tuvieron tiempo de reconocer nada, porque habiendo refrescado el viento, se reembarcaron para volver á bordo ; lo que fue causa de que no llegásemos á tierra, y de que regresásemos con ellos. El 2 se levantó una niebla que nos hizo perder de vista al Joly. Habiendo aclarado el tiempo en la mañana siguiente, se tiraron algunos cañonazos á que contexto el Joly, y por la tarde le vimos siguiendo nuestro viento. Continuamos nu- estra ruta haciendo diferentes maniobras hasta el 4 por la tarde, que hallándonos á dos leguas y á vista de tierra, ancla- mos para esperar al Joly, que nos tenia en cuidado. El 5 nos hicimos á la vela, siguiendo el rumbo de Oesudo- este, costeando siempre, hasta cerca de las seis de la tarde que viramos hacia el sur, y en aquella noche anclamos en seis brazas de agua. El 6 quisimos aparejar ; pero habiendo advertido el piloto que el viento refrescaba por la popa y que habla algunos [ 36 ] bancos de arena, se juzgó acertado demorar al ancla hasta que cambiase el viento. Permanecimos allí los dias 6 y 7. Cambiado el viento en el dia 8, navegamos á un largo para evitar aquellos bancos, que son muy peligrosos, y fuimos á anclar á una legua de distancia; y por el informe de que la Belle habia descubierto un islote, que parecía situado entre los dos extremos de la bahía, Mr. de la Sale hizo que se subiese á la gavia, y se descubrieron en efecto uno y ono, y se creyó que aquella bahía fuese la llamada del EspWitu Santo, según la relación de las cartas que teníamos. El 9 mandó Mr. de la Sale á reconocer los bancos; los que fueron á hacerlo, refirieron que era un banco extendido á lo largo de la costa ; que hablan estado hasta en una braza de agua y que descubrieron la pequeña isla, de que acabamos de hablar, la que no se distingue del banco en las cartas. Habiendo examinado Mr. de la Sale los cálculos, se confirmó en la idea, de que nos hallábamos en la bahía de Apalaches é hizo continuar la ruta. El 10 tomó la altura que encontró á los 29 ° . 23'. Norte. El 11 entramos en calma y Mr. de la Sale resolvió ir á tierra para ver si descubría algo de lo que buscaba; pero cuando se preparaba, el piloto se puso á murmurar de que acompañáse- mos 5 ó 6 á Mr. de la Sale, quien con demasiada facilidad desistió del intento, por no disgustar á aquellos brutos. En esto cometió una falta irreparable ; porque la opinión de los conocedores, que han visto como yo los resultados del viage, es de que el desembocadero de uno de los brazos del Missi- cipi, el mismo de que Mr. de la Sale tomó la altura en el viage que hizo por el Canadá, no estaba distante de allí, y que debiamos estar muy cerca de la bahía del Espmtu Santo, El designio pues de Mr. de la Sale era el de buscar osa bahía, y descubierta que fuese, habia resuelto echar á tierra treinta hombres, que siguiesen la costa á derecha é izquierda, lo que hubiera hecho encontrar infaliblemente aquel rio fatal y evitado muchas desgracias ; pero el cielo le rehusó este fa- vor, y le distrajo de la atención que le debia merecer un a- sunto de tal importancia, pues se contentó con enviar al piloto [ 37 ] eon uno de los maestres de la barca la Belle los que regresa- ron sin haber visto nada, por causa de una niebla que se le- vantó ; lo único que pudo adelantarse fue lo que dijo el ma- estre de la barca, y fue que él creia que aquel era un rio que corria á lo largo de los bancos, lo que era muy verosímil ; pero no hizo alto ni el menor aprecio de aquel informe. Habiendo cambiado el viento el dia 12, se levó el ancla, se- guímos la ruta hacia el Sudoeste para alejarnos. Habiendo tomado la altura al medio dia, nos encontramos á los 28 ° . 50' Norte, y como el viento acababa de cambiar y la corriente que venia del Sur nos llevase á tierra, fuimos precisados á anclar en cinco ó seis brazas de agua y pasamos allí la noche. El 13 se encontró que el agua comenzaba á faltar y que era necesario bajar k tierra para preverse de algunas barri- cas ; Mr. de la Sale me propuso la ejecución, de que me en- cargué con seis de nuestros compañeros que se brindaron ; nos embarcamos con nuestras armas ; la lancha de la Belle coa 5 ó 6 hombres siguió á la nuestra y juntos nos dirijímos á tierra. Nos hallábamos muy cerca, cuando divisamos, una porción de hombres desnudos que venían á lo largo del rio y juzga- mos que serian salvages; nos aproximamos á dos tiros de fusil de tierra, y como las orillas son playas que se ven desde lejos, y las oleadas son altas y gruesas, echamos el ancla temerosos de que naufragase la lancha. Cuando los salvages nos vieron anclados, hicieron señal con pieles para que fuésemos á donde ellos estaban ; nos mostra- ron sus arcos y los pusieron en tierra, avanzando del rio ; pe- ro como nos era imposible desembarcar y continuaban ellos sus señas, puse yo mi pañuelo en la punta de mi fusil á mane- ra de pabellón, y les hice señal para que viniesen, á donde es- tábamos, pasó algún tiempo para que se revolviesen, y en fin muchos de ellos se metieron en el agua hasta los hombros; mas cuando vieron que las olas los tragaban, salieron, fueron á buscar una gruesa y larga pieza de madera, que echaron al ngua, y colocándose á los dos lados, apoyado un brazo encima adando con el otro, se acercaron á nuestra lancha. Como esperábamos que Mr. de la Sale pudiese sacar algu- í noticias de aquellos salvages, no dudamos meterlos en D [ 38 ] nuestra lancha hasta el número de cinco, pero uno después de t)tro por cada lado ; hicimos á los otros señal de que fuesen á la otra lancha, lo que verificaron y los condujimos á nuestro bordo. Mr. de la Sale estuvo muy contento de verlos creyendo sacar de ellos algún conocimiento del rio que buscaba ; pero fue inútilmente, porque les habló varios idiomas de salvages que sabia y les hizo varias señas, que ni entendieron ni com- prendieron ; si conocieron algo, al menos hicieron señas de que ignoraban lo que se les preguntaba ; después de haber fumado y comido, se les enseñaron nuestras armas y el navio, y cuando vieron en uno de sus botes algunos carneros, cerdos, gallinas y pavos y la piel de una vaca, que habíamos mata- do, expresaron por señas que tenian de todos aquellos ani- males. Se les obsequió con algunos cuchillos y cantidad de vasos, y liecho esto se les despidió ;* y como cerca de tierra las oleadas lio permitían abordar, se vieron precisados á arrojarse al agua, después que les atamos al cuello y al mechón de cabellos, que tienen sobre la cabeza, los cuchillos y otros pequeños presen- tes con que los habia agasajado Mr. de la Sale. Fueron á juntarse á los otros que los esperaban y que nos hacian señas para que fuésemos á donde estaban ; pero como no podiamos aproximarnos á tierra, reviramos y volvimos á bordo. Es necesario advertir que cuando los devolvimos, lucieron algunas señales, por las que creímos que nos querían decir, que había un gran rio, por donde habíamos pasado y que era el que formaba los bancos que habíamos visto. En el mismo dia, cambiado el viento, levamos el ancla y pusimos la proa al sur para ganar viento, hasta que en la ma- ñana del 14 entramos en calma; al medio díala altura fue de 23 ^ . 51'. Norte ; refrescó el viento y por la tarde volvimos á tomar nuestra ruta, mas por poco tieinpo, porque llevándonos * Es muy laudable que Mr. de la Sale no hubiera mandado que alguno de los sacerdotes de su comitiva leyese la biblia en latin á aquellos infelices, para asesinarlos después, por que no la entendían. [ 39 ] el viento á tierra, nos vimos precisados á anclar. Esto obligó H Mr. de la Sale á renovar el designio de enviar a algunos ít tierra, y los mismos nos reembarcamos en las mismas chalu- pas para este efecto. Encontramos las mismas dificultades que el dia anterior, es decir, las oleadas tan gruesas, que no nos dejaron acercar á tierra, precisándonos á anclar á cuatro pies de agua : la vista de porción de corzos y de toros de diferente figura que los nuestros, (*) y que corrian á lo largo de la costa, avivó el deseo, que teniamos de bajar á tierra; sondeamos para el efecto, á fin de ver si desnudándonos podíamos abordar, y en- contramos que nos hallábamos sobre un banco que no dejaba mas que cuatro pies de agua ; pero que mas allá, entre ia tierra y el banco, habia un canal profundo; cuando estába- mos deliberando para saber lo que haríamos, se levantó una tormenta que obligó á Mr. de la Sale á llamarnos por me- dio de un cañonazo, lo que fue causa de que volviésemos con sentimiento á. bordo. Nuestro informe causó mucha complacencia á Mr. de la Sale, y animó mucho á nuestra gente á ir á tierra para cazar y tener carne fresca. Con la esperanza de regresar allí muy pronto, pasamos la noche hasta que cambiado en la mañana el viento, nos hizo levar el ancla y navegar hasta la tarde que anclamos en seis brazas de agua ; la tierra, de que no nos ale- jamos, nos pareció muy bella, y habiendo permanecido hasta el 16, en dicha mañana nos hicimos á lávala con dirección al Oesudoeste, salvamos una punta alejándonos por causa délas rompientes (*) que la batian é hicimos ruta hacia el Sur. Al medio dia nos encontramos en los 28 '^ . 20'. Norte, y por lo tanto la diminución de latitud nos dio á conocer que la costa se extendía al Sur : en la tarde anclamos á seis brazas de agua. {^) Elbúfalo^ de que hace una brillante descripción el ilustre Chateaubriand, (*) Rompientes : escollos o costa en que se corta el curso de las olas y se levanta el mar. [ 40 ] No habiendo cambiado el viento, el dia 17 continuamos nuestra ruta al Sudoeste, y habiendo descubierto á cosa de las diez una especie de rio, Mr. de la Sale dispuso que nos embarcásemos en número de diez hombres en una lancha para ir a reconocer aquella playa, y para indagar si habia al- gún sitio, en que pudiésemos desembarcar ; me dio orden de que si encontrábamos un lugar cómodo, se lo avisásemos por medio del humo ó del fuego. Partimos y hallamos que las rompientes eran contrarias á nuestro desembarque ; uno de nosotros se echó desnudo al agua para sondear aquella especie de barra, que habia entre la tierra y nosotros, y habiéndonos manifestado un lugar poi el que podíamos pasar, metimos con dificultad nuestra lancha en el canal y saltamos á tierra seis ó siete, después de haber prevenido á la chalupa que entrase en lo que nos habia pare- cido nn rio, para ver sise encontraba agua dulce. Luego que bajamos á tierra, hice humo para avisar á Mr. de la Sale , entre tanto avanzamos de un lado y otro sin des- viarnos para recibir á Mr. de la Sale, que debia venir, como lo hizo á poco tiempo ; pero habiendo encontrado gruesas las oleadas, se volvió ; nuestra lancha no halló agua dulce, retrocedió y se puso al ancla para esperarnos. Nos pascamos de una y otra parte, advertimos un pais seco, que, según las apariencias, se inundaba de tiempo en tiempo, grandes lagos de agua salada, un poco-de yerba, el rastro de los corzos señalado en la arena, de los que vimos muchos sin podernos acercar á ellos ; matamos algunos patos y avutar- das, y cuando á la tarde nos volvíamos, echamos de menos á un marinero ingles de nación, que nos faltaba ; disparamos algunos tiros de fusil para avisarle, le buscamos en las inme- diaciones, nos detuvimos hasta cerca de la caída del sol, y no habiendo adquirido por último niguna noticia, volvimos á la lancha para regresar á bordo. Di cuenta á, Mr. de la Sale de lo que hablamos visto, lo que le liabria complacido, si hubiera sido de agua dulce el rio, que descubrimos ; también le inquietaba la pérdida del hombre ; mas á. la media noche vimos una lumbrada en tierra en el mismo lugar, en que habíamos estado, lo que nos hizo [ 41 J juzgar que era nuestro hombre, al que la lancha fue (i buscar luego que amaneció el dia 18. Hicimos en seguida varias maniobras, continuando nuestra ruta al Sudoeste, las que fueron seguidas de una calma que nos hizo volver á anclar ; la necesidad de agua nos obligó íí concebir de nuevo el designio de retornar al rio, en que estu- vimos el dia anterior. Mr, de la Sale tomó al mismo tiempo la resolución de desembarcar la gente en tierra en bastante número con las municiones necesarias, y ser él mismo de la expedición, para descubrir y tomar conocimiento del pais ; me mandó que le acompañase ; se viró de bordo para el efec- to, y fuimos á anclar al mismo punto. Habiéndose dado todas las disposiciones necesarias al in- tento el dia 19, una partida se embarcó en una lancha ; pero habiéndose levantado una niebla muy espesa, que impedia la vista de tierra, se ocurrió á la brújula, y como al acercarse a tierra, se disipó la niebla, vimos un navio que derecho venia á nosotros y que reconocimos ser el Joly, en el que navegaba Mr. Beaujeu, lo que nos causó júbilo ; pero no fue de larga duración, y las consecuencias harán ver que hubiera sido de desear, que Mr. de Beaujeu no se nos hubiera juntado, y que sin vernos mas, hubiera regresado á Francia. Esta llegada frustró la ejecución de nuestra empresa ; Mr. de la Sale que se habia puesto en camino y los que se ha- blan adelantado, volvieron á bordo, y algunas horas después Mr. de Beaujeu le envió á Mr. de Airre, su segundo, acom- pañado de varias personas, tanto eclesiásticas como de otras de cuyo número era el señor Gabaret, segundo piloto del Joly. Mr. de Airre dio grandes quejas á Mr. de la Sale de parte de Mr. Beaujeu, porque, decia él, le habiamos dejado de intento. Esta era una falsedad, pues que, como ya he dicho, el Joly estaba anclado delante de nosotros, cuando nos sepa- ramos de él ; habiamos disparado un'tiro de fusil, á que ha- bia contestado ; y ademas, si hubiéramos querido separarnos, no hubiéramos permanecido siempre á vista de tierra, como lo hicimos, y si Mr. Beaujeu hubiera seguido la misma ruta^ según se habia convenido, no se hubiera separado. [ 42 ] Hubo en seguida muchas disputas entre los capitanes y 'pilotos tanto en el buque de Mr. de la Sale como en el de Mr. de Beaujeu al regreso de aquellos señores, para saber con ex- actitud el lugar en que estábamos, y la ruta que nos con- venia seguir ; los unos sostenían que estábamos mas lejos de lo que pensábamos, y que las corrientes nos habían hecho decaer de rumbo ; los otros, que nos hallábamos próximos al rio Magdalena. La primera opinión fue la mas general, y por ella juzgó Mr. de la Sale, después de haber reflexionado, que habia propasado su rio, lo que era verdad. Como este rio entra en el mar por dos desembocaderos, no podia menos de que el uno de ellos pasase por aquellos bancos, qye descubrimos el seis del mes ; y tanto mas cuanto que las alturas que ha- blamos tomado de los bancos, diferian muy poco de las que habia anotado Mr. de la Sale, cuando vino por el Canadá á reconocer el desembocadero de este rio, según me lo dijo varias veces el mismo Mr. de la Sale.* Esta reflexión estimuló á Mr. de la Sale á proponer el de- signio que tenia de volver á aquellos bancos ; dio sus ra- zones y explicó sus dudas ; pero su mala suerte quiso, que no se le escuchase ; la travesía, por causa de las calmas, habia durado mas tiempo del que se pensó; habia mucha gente en el Joly y pocos víveres, según se decia, para regresar, si se demoraba la partida. Esta razón obligó á Mr. de Beaujeu á pedirlos á Mr. de la Sale ; pero como los quería para un largo tiempo, Mr. de la Sale le contestó que no podía darle mas que para 15 días, y que no necesitaba de tanto tiempo para volver al punto á que tenia intención de partir, y que ademas no le era posible suministrarle ios víveres, sin remo- ver antes todos los efectos, que estaban en su buque en el fondo de la cala, cuya operación le expondría á perecer ; así nada se resolvió y I\ír. de Beaujeu se volvió á bordo. Mientras tanto la necesidad de agua nos urgía, y Mr. de * Mr. de Joutel en una nota colocada en esta farte dice, que aquel rio puede ser el que los españoles llaman Rio Es- condido. Esto persuade que Mr. Joutel sabia que los espa- ñoles habían precedido á Mr. de la Sale en su reconocimiento. [ 43 ] la Sale resolvió mandarla buscar en las cercanías del río inmediato ; para el efecto destinó á las dos lanchas que el dia anterior estuvieron dispuestas á partir ; se embarcó en ana de ellas y me mandó que le siguiese ; Mr. de Beaujeu mandó también á su lancha á acopiar leña. Al ir encontra- mos al expresado señor de Beaujeu en su bote, que volvia de tierra con el señor Minet, ingeniero, que nos dijeron ha- bian estado en una especie de lago salado, en el que los bu- ques hablan anclado ; seguímos nosotros nuestra ruta y sal- tamos á tierra. Una de nuestras lanchas que se habia adelantado, habia remontado legua y media del rio sin encontrar agua dulce en su curso; pero algunos que se hablan dispersado á derecha é izquierda, hablan descubierto muchos charcos de muy buena agua, de que se llenaron muchas barricas y se manda- ron á bordo. Dormimos en tierra, y habiendo hecho aquel dia nuestros cazadores buena caza de patos, avutardas y cercetas, y de dos corzos'en el siguiente, Mr, de la Sale mandó parte á Mr. Beaujeu. Con el resto hicimos una buena comida, y aquella buena caza indujo á varios señores del buque de Mr. Beau- jeu, de' cuyo número fueron Mr. du Hamel Alférez, y el Es- cribano del Rey, á venir á tomar parte en la diversión ; pero ellos se fatigaron mucho y no fueron felices en su caza. Se llenaron entre tanto muchas barricas de agua tanto para nuestro buque como para el de Mr. de Beaujeu, y pasa- dos algunos dias el teniente Mr. d'Airre vino á tierra á fin de conferenciar con Mr. de la Sale, y saber las providencias que daba sobre víveres: pero como insistían tanto el uno como el otro en sus primeras proposiciones, y viese Mr. de la Sale que Mr. de Beaujeu no quería contentarse con tomar víveres para 15 dias, lo que él juzgaba suficiente para ir al lugar, en que creía encontrar uno de los brazos del Missicipi, y que él, conforme á las apariencias, opinaba debía hallarse hacía los bancos de que hemos hablado, nada se concluyó con relación á este punto. Mr. de Aírre se volvió y Mr. de la Sale tomó la resolución de desembarcar toda su gente, lo que no pudo hacer en algunos dias á causa del mal tiempo, y en- tre tanto nosotros logramos muy buena caza. [ 44 ] impaciente Mr. de la Sale por adquirir alguna noticia de lo que buscaba, resolvió en este pequeño intervalo ir k descu- brir por sí mismo y buscar algún rio, mas útil y mas cómodo, que el en que estábamos. Para el efecto llevó consigo cinco ó seis de nosotros ; partimos una mañana con una niebla tan espesa que nos hizo perder la huella de los que iban por delante, de tal manera que por algún tiempo perdimos á Mr. de la Sale. Continuamos nuestra marcha hasta las tres de la tarde, en- contrando un terreno arenoso en su mayor parte, un poco de yerba, agua dulce solamente en algunos charcos, el rastro de muchos corzos, ciénegas llenas de patos, cercetas y gallinas de agua, y después de mucha fatiga no hicimos nada de provecho. Habiendo ido el siguiente dia el salvage, que llevaba con- sigo Mr. de la Sale, k buscar corzos, encontró un lago que el frió habia elado un poco y multitud de pescados moribundos en las orillas. Vino á avisarnos y fuimos á hacer provisión de ellos ; los habia alli de un tamaño asombroso y entre ellos truchas extraordinariamente gruesas ó peces muy parecidos á ellas. Hicimos cocer de unos y otros en agua salada y los encontramos muy buenos ; teniendo ya porción de carne y pesca, nos acostumbramos á comerlo todo sin pan. Mientras que lo pasábamos tan á gusto, Mr. de la Sale esperaba con impaciencia la resolución que lomase Mr. de Beaujeu : ó para ir al punto en que pretendía encontrar el Missicipi ó para tomar cualquiera otra medida ; pero viendo en fin que nada adelantaban los negocios, resolvió por si mismo poner en ejecución su designio, cuyo plan era bajar á tierra de 120 á 130 hombres para ir á lo largo de la costa y que siguiesen adelante hasta encontrar otro rio ; que entre tanto la barca la Belle siguiese por mar el mismo camino, sin separar- se de la costa para socorrer en caso de necesidad á los que estaban en tierra. Nos dio á Mr. Moranget, su sobrino, y á mí el mando de esta pequeña expedición ; nos proveyó de víveres de todas clases para ocho ú nueve dias, de armas, utensilios y herra- mientas, de que pudiéramos necesitar y de lo que cada uno [ 45 ] formó su paquete; nos dio una memoria con sus instruc- ciones y las señales, de que debiámos usar, y el 4 de Febrero de 1689 nos pusimos en camino. Seguímos nuestra ruta á lo largo del mar. No fue larga la primera jornada; acampamos en una pequefla altura, oímos un cañonazo que nos puso en inquietud, hicimos las señales prevenidas, y el cinco por la mañana continuamos nuestro camino, Mr. Moranget f\ la retaguardia y yo á la cabeza de nuestra tropa. No me detendré en referir algunas pequerlas occurrencias personales ó de poca importancia, de las que la falta de agua dulce era las mas considerable, para decir solamente, que des- pués de tres días de marcha encontramos un gran rio, donde hicimos alto y las señales convenidas, acampando en un sitio cómodo, entre tanto recibíamos noticias de la lancha, que de- bía seguirnos ó de nuestros buques. Pero comenzando á faltárnoslos víveres y no pareciendo nuestros buques, temiendo ademas algún mal resultado de las diferencias de los señores de Beaujeu y de la Sale, reuni- mos á los principales de nuestra partida para resolver lo con- veniente ; se acordó que economizásemos nuestros víveres, mientras tratábamos de dirigirnos á donde pudiésemos en- contrar reses. Pero era preciso pasar el rio y no sabíamos como, porque nuestra tropa era mucha y fue necesario por es- ta razón tomar el partido de hacer trabajar á algunos carpin- teros, que se hallaban entre nosotros, para hacer una canoa, en lo que se ocuparon el 11 y 12 de Febrero. El día 13 salimos de este cuidado por la aparición en el mar de dos buques, y que reconocimos ser el Joly y la Belle ; les hicimos nuestras señales con humo, y no llegaron porque era muy tarde; pero el día 14 por la mañana la chalupa con el Sr. Barbier y el piloto de la Belh avanzaron y sondearon juntos la entrada del rio. Encontraron en la barra de 10 á 12 píes de agua, y pasada esta, de 5 á 6 brazas y medio cuarto de legua de ancho ; dis- pusieron que se sondease cerca de la isla que está entre las dos puntas de la ensenada, en que hallaron el mismo fondo ; la lancha del Joly vino también á sondear al otro lado del canal y en especial á lo largo de los bajos ; ignoro con cuaj [ 46 ] objeto vino en el mismo día Mr. de la Sale, que nos tenia en tanto cuidado, y luego que llegó, mandó cargar la lancha de los víveres que necesitábamos, y que nos los condujese ; pero estando el viento en contra, no pudo arribar hasta el dia quince. En el mismo dia bajó (i tierra Mr. de la Sale (i visitar el punto y á examinar la entrada del rio que juzgó muy her- mosa. Examinado todo, resolvió hacer entrar k la barca la Belle y al Aimahle para ponerlas al abrigo ; para el efecto mandó que se sondease é investigase si podian estos dos buques entrar en el mismo dia. Mr. de Beaujeu hizo tam- bién sondear y durmió en tierra al otro lado del rio, donde observó viíTas arrastradoras,* algunos bosques y bastas de gaaado vacuno, que supuso habia muerto de sed. El dia 16 los pilotos del Joly, de la Aimahle y de la Belk fueron también á sondear, hallaron la entrada fácil y forma- ron su relación sumaria; el 17 colocaron valizas para señalar el camino y facilitar la entrada de los buques : todo prome- dia felices resultados. El 18 el caballero de Airre vino á tierra á conferenciar con Mr. de la Sale, quien deseando hacer entrar en el mismo dia á la Urca la Aimahle^ mandó descargar las cosas mas pesadas, como el cañón, el fierro y otras. Por fortuna mia mi baúl se halló ÍL la mano y fue descargado también ; pero esta opera- ción no pudo efectuarse hasta el dia 19, y apenas se concluyó, el capitán aseguró que entrarla hasta los ocho pies de agua. El 20 Mr. de la Sale mandó orden á este capitán de que se aproximase á la barra, y de que entrase con marea llena, de lo que se le harian señales ; mandó también al piloto de la Belle que fuese á ayudar á la Urca en su entrada. * El descubrimiento de las viñas for Mr. de Beaujeu sirve para probar que no fueron introducidas por los europeos en América, si quiere suponerse que antes de la expedición de Mr. de la Sale no habian arribado otros de aquella parte del mun- do. Pero si se iiisiste en que no pudihon plantarse mas que por mano europea, esta fue sin duda la de los españoles, únicos que habian precedido á los franceses en los descubrimientoa sobre aquellos terrenos. Uno ü otro resultado es importante. [ 47 j El capitán no le permitió entrar, asegurándole que sin él conduciría bien su buque. Todas estas precauciones íuéron inútiles ; Mr. de la Sale no pudo evitar su des- gracia ; habiendo notado sobre la orilla del rio un árbol grueso, que había juzgado propio para construir una canoa, envió siete ú ocho trabajadores para cortarlo, dos de los cua- les volvieron algún tiempo después muy espantados á de- cirle, que una muchedumbre de salvages los iba cojiendo, y que creía habían cojído á los demás ; Mr. de la Sale nos mandó tomar las armas inmediatamente y marchar en dere- chura con tambor batiente sobre los salvages, los que habi- éndonos visto en esta actitud, volvieron caras y se retiraron. Deseando Mr. de la Sale unirse con estos salvajes para adquirir alguna instrucción, dispuso que diez de nosotros de- jásemos nuestras armas, nos aproximásemos á ellos, y les hi- ciésemos también señas, de que se acercasen. Cuando nos vieron en esta postura y sin armas, la mayor parte de ellos dejó también sus arcos y sus flechas ; vinieron á juntársenos agasajándonos á su modo, llevando sus manos sobre su pecho y después sobre el nuestro, é igualmente sobre sus brazos primero y luego sóbrelos nuestros; con estas demostraciones nos significaban que eran nuestros amigos, lo que daban á entender poniendo la mano sobre el corazón ; por nuestra parte hicimos lo mismo. Seis ó siete de estos salvajes nos siguieron, y los demás re- tuvieron como en rehenes á tres de los nuestros; los que vi- nieron con nosotros fueron regalados ; pero Mr. de la Sale ni por señas ni por otro modo pudo recabar ninguna no- ticia ; todo lo que pudieron darle á entender fue, que había buena caza de toros en el país. Advertimos que su Ouy era un cierto grito del fondo de la garganta, seme- jante al qne hace la gallina para conducir á sus polluelos ; Mr. de la Sale les regaló algunos cuchillos, hachas y otras frioleras, con las que se manifestaron contentos y se retirá- ron. Mr. de la Sale estaba muy complacido de la salida de aquellas gentes, porque se proponía estar presente, cuan- do entrase la Urca ; pero su fatal destino no lo permitió : quiso llevar por sí mismo á los salvages, y nosotros le seguí- I 48 ] , mos en la creencia de hallar á nuestros compañeros en el lugar en que los habíamos dejado ; mas encontramos por el contrario que los salvages los habían llevado á su campo, dis- tante de nosotros legua y medía; y como Mr. de la Sablón- niere, teniente de infantería, era uno de los que se habían lle- vado los salvajes, quiso Mr. de la Sale ir también á redimir- los ; este desgraciado contratiempo le costó bien caro. Hallándonos en camino para el campo de los salvajes, echamos la vista hacia el mar y observamos que la Urca se hallaba á lávela, lo que admiraron los salvajes que nos acom- pañaban, y considerando sobre el suceso Mr. de la Sale, nos dijo que aquellas gentes la conducían mal, y que se dirigían hacia los bancos, lo que le causó gran inquietud, sin impedir por esto que avanzásemos. Llegamos al campo de los salva- ges, que estaba situado sobre una altura, y se componía de cerca de cincuenta chozas de esteras de junco y de otras con pieles secas, construidas por medio de estacas clavadas en forma de cimborio, á manera de los grandes hornos, estando la mayor parte de los salvajes sentados al derredor como en centinela. Continuábamos avanzando en el pueblo, cuando' oímos¡un cañonazo cuyo estrépito asombró tanto á los salvajes, que to- dos se arrojaron á tierra; peroMr.de la Sale y nosotros cono- cimos que nuestro buque se había barado en lo que nos con- firmamos viendo que cargaba las velas ; entre tanto, nos hallábamos demasiado avanzados para retroceder, era preciso rescatar á nuestros compañeros, é ir para el efecto hasta U cabarTa del gefe. Luego que llegamos, fue introducido á ella Mr. de la Sale ; se presentaron muchas mugeres salvages, que eran muy feas y completamente desnudas, á excepción de una piel que las cenia y llegaba hasta sus rodillas. Pretendieron conducirnos á sus cabanas ; pero Mr. de la Sale había mandado que no nos separásemos, y que estuviésemos en observación de si los salvajes se reunían ; estuvimos en consecuencia juntos á nuestros centinelas y yo próximo á el. Nos trajeron algunos trozos de carne de toro, fresca ó ace- cinada, pedazos de puerco, que cortaban con una especie de [ 49 ] cuchillo de piedra, poniéndole el pie encima y afianzándolo con una mano, para cortarlo con la otra. No vimos entre ellos ningún instrumento de fierro ; habían dado de comer á nuestros compañeros que vinieron con ellos, y como Mr. de la Sale se hallaba en una terrible inquietud, nos despedímos muy pronto para regresar. Al partir observamos como cua- renta canoas, construidas algunas á la manera de las que Mr. de la Sale habia visto sobre el Missicipi, lo que le hizo creer que este rio no distaba mucho. Llegamos á poco tiempo á nuestro campo, y encontramos que la desgracia temida por Mr. de la Sale era demasiado cierta. La urca habia barado en los bancos ; la mala manio- bra del capitán ó del piloto, que no siguieron las valizas plan- tadas, los gritos de un marinero, que se habia colocado sobre la gavia, y que no cesaba de gritará la orza, es decir, que se gobernase hacia el paso marcado, mientras que el malicioso capitán gritaba por su parte arriba á la banckty es decir, por rumbo contrario ; la negligencia del dicho capitán en no ha- cer echar una ancla, luego que sintió que el buque tocaba, lo que hubiera impedido que barase ; la afectación de dejar caer la vela mayor, la de poner su cebadera para llegar mejor y evitar el naufrajio ; la resistencia del capitán á recibir al pi- loto de la barca la Belle que Mr. de la Sale le habia enviado para que le ayudase ; la sonda que se habia practicado sin necesidad sobre los bancos, y muchas otras particularidades referidas tanto por la tripulación del buque, como por los que presenciaron esta maniobra, eran testimonios y pruebas in- contestables, de que este golpe se habia dado por un designio premeditado, uno de los mas negros y detestables, que han podido jamas entrar en el corazón humano. La desgracia era tanto mas grande, cuanto que el buque contenia casi todas las municiones, utensilios, herramientas y otros artículos necesarios para el establecimiento de la empresa de Mr. de la Sale. Le fue necesaria toaa su cons- tancia para sobrellevarla ; pero su firmeza no le abandonó y se ocupó sin turbación en aplicar al mal los remedios posi- bles. Se sacó á toda la gente del buque, suplicó él á Mr. de Beanjeu, que le prestase su lancha, para que le ayudase á ex- E [ 50 ] (raer todo lo que se pudiese ; se comenzó por la pólvora y la harina, se salvaron como treinta barricas de vino y aguardi- ente; y como la fortuna se habia encarnizado contra noso- tros, hubo dos cosas que contribuyeron á la pérdida total del resto. La primera fue, que con toda malicia se hizo perecer á nuestra lancha, que durante la noche se hallaba amarrada á la popa del buque encallado, por cuya ocurrencia quedamos reducidos á la lancha de Mr. Beaujeu. La segunda, que soplando fuertemente el viento hizo crecer las olas, que golpeando al buque con violencia, lo rompieron y entreabrie- ron, saliendo por esta abertura los efectos y materias ligeras que quedaron al arbitrio del agua. Este accidente ocurrió durante la noche; tan cierto era que todo conspiraba contra nosotros, porque muchas cosas se hubieran salvado, si esto hubiera acontecido de dia. Mientras que nos empleábamos en tan tristes ocupaciones, se presentaron los salt^ajes en nuestro campeen número de ciento ó ciento veinte con sus arcos y sus flechas. Veinte de ellos se mezclaron con nosotros para examinar lo que ha- blamos salvado del naufragio, estableciéndose allí cuatro centinelas para impedir que se acercasen á la pólvora. El resto de los salvajes estaba en pelotones. Mr. de la Sale que conocía sus costumbres, nos mandó que observáse- mos sus movimientos, y que nada se tomase de ellos, lo que no evitó que algunos recibiesen trozos de carne. Deseando poco tiempo después irse los salvajes, nos invitaron á que los acompañásemos á la caza ; pero ademas de que habia mérito para desconfiar de ellos, teníamos otras cosas que hacer. Nos aprovechamos sin embargo de esta ocasión para saber, si querrían vendernos algunas canoas, en lo que convinieron. El Sr. Barbier fue con ellos, cambió dos por hachas, y las trajo. Algunos dias después advertimos fuego en la campaña, que se extendía, y quemaba con rapidez las yerbas secas en di- rección al punto en que nos hallábamos; esto obligó á Mr. de la Sale á hacer arrancar inmediatamente la yerba que habia cerca de nosotros y particularmente la mas inmediata á la [ 51 ] pólvora. Queriendo indagar de donde provenia aquel fuego, tomó consigo á veinte de nosotros, avanzamos por aquella parte, y aun mas allá del fuego, sin ver á nadie. Observa- mos que caminaba hacia el Oesudoeste y juzgamos que iiabia comenzado por nuestro primer campamento por el pue- blo inmediato á aquel sitio. Habiendo descubierto una cabaíTa cercana á la orilla del lago, nos aproximamos encontrando á una muger vieja que se hallaba dentro y que se puso en fuga luego que nos vio -, pero habiéndola detenido y héchole conocer que no intentá- bamos causarle mal alguno, volvió á su cabana, en la que hallamos cántaros de agua de la que bebimos todos. A poco rato vimos venir una canoa con dos mugeres y un muchacho, los que habiendo desembarcado y advertido que no hablamos perjudicado á la vieja, se acercAron á abrazarnos de un modo particular, soplándonos las orejas y avisándonos por señas que sus gentes se hallaban cazando. Algunos momentos después aparecieron cerca de nosotros siete ü ocho salvajes, que se hablan ocultado probablemente entre la yerba cuando nos divisaron. Al llegar nos saluda- ron lo mismo que lo liabian hecho las mugeres, lo que nos hizo reir. Permanecimos algún tiempo entre ellos. Algu- nos de los nuestros permutaron cuchillos por pieles de corzo. Después de esto regresamos á nuestro campo, y estando eli él, Mr. de la Sale me mandó entrar en la Belle, en la que habia embarcado parte de la pólvora, con orden de no con- sentir ni llevar fuego á su bordo, porque después de lo acon- tecido, habia razón para temerlo todo. Para el efecto se me llamaba á mí y á los que estaban conmigo á comer fuera to- dos los dias. En el tiempo en que la Aimable baró y se abrió durante la noche, se vio ala mañana siguiente flotar en el mar por uno y otro lado todo lo que habia salido de poco peso, y Mr. de la Sale mandó gente en todas direcciones, que recobró tre- inta barriles de vino y aguardiente, algunos de carne, ha- rina y legumbres. Después de que reunimos tanto lo que se desembarcó del buque naufragado, como lo que se habia podido encontrar [ 52 ] y recobrar del mar, se trató de arreglar lo que había en rea- *li(lad de víveres con proporción á la gente que habíamos y como no teníamos mas galleta, se entregó la harina que se cocía con agua que no era5 ] injusticias, no le quedó otro recurso á Mr. do la Sale que es- cribir á Francia y quejarse á M. de Seignelay, ministro de Estado, á quien dio noticia de cuanto habia pasado, según !jpe á mi regreso, entregando el paquete de correspondencia íi M, de Beaujeu, que tomó el camino de Europa. Como he perdido los apuntes que formé entonces, y lo que escribo es sacado solamente del fondo de mi memoria, me propongo no citar fechas en lo de adelante por temor de equivocarlas ; por este motivo no puedo fijar el dia de la partida deM. de ]5eaujeu, que creo sin embargo fue el 1 i de Marzo del 1685. Después de ella nos ocupamos en construir un fuerte tanto con los restos del buque naufragado como con piezas de madera que arrojaba el mar, y durante este tiempo, ocurrieron muchas deserciones, que aumentaron los cuidados de M. de la Sale. Un cierto español y un francés se desaparecieron y escaparon, sin volverse á saber de ellos. Cuatro ó cinco jnas los imitaron y sabido esto por M. de la Sale, los mandó perseguir y fueron traidos; fue condenado uno de ellos á muerte y el resto á servir al rey por diez íuIos en ?quel pais. Cuando nuestro fuerte estaba ya adelantado, resolvió 3Í. e la Sale instruirse y remontar el rio en que estábamos, á un de indagar si era uno de los brazos del Missicipi. Para el efecto mandó que le siguiesen cincuenta hombres, de cuyo n(jm>ero fueron M. Cavelier, su hermano y M. Chedeville, sacerdotes ambos, dos padres recoletos y varios voluntarios que partieron en cinco canoas que teníamos con las pro- visiones necesarias. Cosa de 130 personas quedamos en el fuerte, cuyo mando me confirió ISl. de la Sale con orden de no tener relación alguna con los salvajes, sino que por el contrario les hiciésemos fuego, si se presentaban. En la ausencia de M. de la Sale mandé fabricar un horno que nos fue de grande utilidad, y yo me ocupé en perfeccio- nar nuestro fuerte y en ponerlo en estado de resist'r á los «ah'ajes, que venian frecuentemente por la noche á corretear cerca de nosotros imitando el ahullido de los lobos y per- ros ; mas tres ó cuatro tiros de fusil bastaban para haceilcs [ 56 ] huir. Una noche en que se hablan disparado seis ó siete tiros, los oyó Mr. de la Sale que no estaba lejos, entró en cuidado, retrocedió con siete ú ocho hombres y lo halló todo en buen estado. Nos dijo que habia descubierto un hermoso pais propio para sembrar y plantar toda clase de semillas, abundante en ganado vacuno y en caza y que se proponía levantar un fuerte mas en el interior del pais : me dejó orden para el efecto de labrar toda la madera que pudiera encontrar y de la que el mar arrojaba á las orillas gran cantidad. Habia dado la misma orden á los hombres que quedaron en aquel sitio, y ocho que se separaron del grueso déla tropa, en un dia en que se empleaban en aquel trabajo, vieron una reunión de sal- vajes; se pusieron en fuga y dejaron en el puesto, muy fuera del caso, las herramientas. Al volver M. de la Sale encon- tró un papel atado á una caña, en que se le avisaba el acci- dente, que sintió por la pérdida de las herramientas, no con- siderando tanto su valor, como el que esto era proveer á los salvajes de cosas, deque pudieran servirse para nuestro daño. En el principio del mes de Abril nos alarmamos por la aparición en el mar de un buque, tan cerca de nosotros que podíamos distinguir sus velas ; creímos que pertenecía á los españoles, (*) que podían haber sabido nuestro arribo y estar recorriendo las costas para descubrirnos. Esta ocur- rencia nos obligó á estar vigilantes, á reunimos en el fuerte y prevenir nuestras armas. A poco vimos dos hombres en el buque, el que en vez de dirigirse hacia nosotros, se pasó á la otra punta sin apercirbirnos. Habiendo observado un dia que el mar bramaba y se albo- rataba y que los peces eran llevados acá y acullá, hice traer una red, y logramos una pesca asombrosa de varios pcs- (*) La aparición del buque español y el alarma que causón vierecen considerars».. La expedición de Mr. de la Sale se hallaba altamente compro-^etida en un punto, que los españoles juzgaban suyo, que sin duda descubrieron antes y podían dispu- tar á mano armada. ¡ A cuantos peligros estuvo expuesto aquel puñado de bravos franceces ! [ 57 ] cados délos que una gran cantidad era de dorados, barbudos y sargos y de otras clases del tamaño de un arenque, con los que por muchos días tuvimos buena comida. Esta pesca que yo hacia muchas veces, ayudaba en gran manera á nuestra subsistencia. En el dia de pascua de este tiempo fue cuando ocurrió al Sr. le Gros un accidente desgraciado : después del servicio divino tomó un fusil para ir á matar gallinas ciegas en las in- mediaciones del fuerte; tiró sobre una que cayó en un pe- queño pantano ; se descalzó para irla á buscar y al volver pisó inadvertidamente una serpiente de cascabel, llamada así por unas pequeñas escamas que tiene en la punta de la cola, con las que hace ruido ; esta serpiente le mordió en el em- peine del pie, y aunque fue cuidadosamente atendido, esto no evitó que al fni muriese, después de haber sufrido mucho, como se dirá en su lugar. Tuvimos otro accidente, aun mas desastroso todavía : na- dando uno de nuestros pescadores cerca de la red para juntar los peces, fue arrebatado por las corrientes y se ahogó, sin que le pudiéramos socorrer. Nuestras gentes acostumbraban ir á varios pequeños lagos, situados en las cercanías de nuestro fuerte, y hallaron sobre la rivera ciertos pescados planos como el rodaballo, que es- tando dormidos, traspasaban con gruesos palos armados en })unta; el pescado era muy bueno. La Providencia quiso que descubriésemos un criadero de sal, que el sol formaba en l^equeños charcos de agua salada, situados en diferentes pun- tos, y habiendo advertido que se formaba una especie de nata, cuidaba yo todos los dias de mandar quitar la flor a aquella agua, y resultaba una sal muy blanca y buena, de que hice un gran acopio, y nos fue de mucha utilidad. Habiendo advertido algunos de nuestros cazadores que los corzos corrian espantados, creyeron que eran perseguidos por los salvajes, y vinieron á refugiarse al fuerte, y á darme el aviso. En efecto, algún tiempo después descubrimos 5 los salvajes amontonados, que avanzaron íi colocarse en una al- tura á tiro de cañón, de los que destacaron una partida, que 66 aproximó á lo largo de los médanos. Mandé inmediata- [ 58 ] mente poner á nuestra tropa sobre las armas, y para evitar los efectos del faego que los salvajes arrojan algunas veces con sus flechas, dispuse que nuestras cabanas se cubriesen con los covertores mojados. Entre tanto tres de los que hablan sido destacados, se aproximaron mas y mas, manifestando por medio de señas su deseo de que fuésemos á encontrarlos ; pero Mr. de la Sale me habla prohibido tener ningún género de commercio con ellos. Sin embargo como no traian ni arcos ni flechas, les hicimos señas de que se acercaran y lo verificaron sin vacilar. Salimos á juntarnos á ellos fuera del fuerte ; M. Moranget les hizo sentar y nos dieron á entender por señas, que sus compañeros se hallaban en la caza, no muy distantes de no- sotros. Como no se podia sacar ninguna utilidad, M. Moran- get fue de opinión de que les diésemos muerte en venganza del asesinato, que cometieron en nuestros compañeros ; pero yo no lo consentí, etendiendo á que hablan venido confiados en nuestra buena fé ; les avisé entonces por señas, que par- tiesen, lo hicieron con precipitación, por algunos tiros de fusil al aire echaron á correr y un cañonazo que dirijí ha- cia la eminencia, en que estaban los demás, los puso á todos en fuga. Estos encuentros nos obligaron á doblar las centinelas, puesque nos hallábamos en guerra abierta con aquella na- ción astuta, que no cesaba de acecharnos para sorprender- nos al menor descuido. Por esta consideración se impusie- ron castigos para los que se encontrasen dormidos, estando de centinela; el potro estaba destinado sin esperanza de miseri- cordia, para los que incurriesen en aquella falta. A tales pre- cauciones debimos la[vida. Así pasamos el resto del mes hasta principios de Junio ; entre tanto M. de la Salehabia comenzado otro establecimi- ento en el lugar de que nos habla hablado, y que el prefería en razón de que se hallaba mas adentro del pais ; para llevarlo adelante nos envió al Sr. de Villeperdry y orden al S. Mo- ranget para que se le reuniese, si estaba ya curado, y para que partiese toda la gente, á vxcepcion de trienta hombres ios mas capaces de defenderse, que debian permanecer conmi- [ 59 ] go en el fuerte ; el resto que constaba de setenta personas así hombres como mujeres y niños, marchó con el Señor Moran- get; y como por esta disposición quedábamos pocos en el fuer- te, disminuí su extensión para no vernos obligados á conservar tantos centinelas. Nuestro pequeño destacamento comenzó a sentir satisfac- ción por la abundancia y calidad de los víveres, que no se disfrutan cuando es grande el número de gente, y que noso- tros adquiríamos de sobra, tanto por la caza como por la pesca, que eran nuestra mayor ocupación, y vivíamos así muy contentos, esperando que se levantase nuestro campo. Hubo sin embargo algunos disgustados, que tomaron la re- solución de desertarse ; pero como la ejecución de su desig- nio se les dificultó, porque carecian de armas, pólvora y balas, que el Sr. le Gros y yo habíamos encerrado y custo- diábamos, para que no se extragesen indebidamente, se de- cidieron á adoptar el cruel partido de deshacerse de noso- tros. El sangriento asesinato debia comenzar por mí, mientras estaba durmiendo, y seguir por el Sr. le Gros, que se acos- taba en el almacén y no podia defenderse por el mal estado de su pierna que continuaba inflamada y le causaba mucha pena, y la ejecución pensaban hacerla por medio del puñal; uno de los conjurados confió el proyecto al Sr. Davault, ca- zador, quien me lo notició inmediatamente ; yo no di mues- tra de estar instruido ; pero á la tarde después de la caza prendí á uno, que confesó luego todo, y su cómplice fue ar- restado, costándonos gran trabajo y cuidado el guardarlos hasta que se levantó el campo. Hacia el mes de Julio la barca la Belle vino á anclar cerca de nosotros ; se me intimó orden de parte de Mr. de la Sale, de que me fuese á incorporar con él, de que embarcase todos los efectos que se hallaban en el fuerte y formase una balsa con la madera que habia mandado labrar, si lo permitía el tiempo, ocultándola en tierra en el caso de que no fuese posible ; trabajamos todos con el mayor empeño : nuestros prisioneros fueron embarcados. [ co ] Lo fueron también el S. Gres y su cirujano con todos nu- estros efectos. La balsa se habia comenzado con infinita dificultad ; mas sobrevino un mal tiempo, tan violento y lar- go, que me vi precisado á.mandar desbaratar lo que se habia hecho y á enterrar la madera en la arena lo mejor que se pudo, para ocultarla de la vista de los salvajes. Emprendimos en seguida nuestra marcha con dirección al sitio, en que estaban acampados los salvajes la primera vez que fue á verlos M. de la Sale. A nadie encontramos y des- cansamos alli la primera noche : continuamos ñ lo largo del mar sin novedad alguna hasta el campo del S. Hurie, que era un depósito en el que M. de la Sale habia mandado guardar todos los efectos; no tenia otras trincheras que los baúles y barricas, bien que nada habia que temer en aquel punto de los europeos. En aquel puesto pasamos la noche y habiendo llegado al siguiente dia dos canoas, me embarqué con parte de mi tropa y me junté al otro dia con M. de la Sale en el lugar en que habia resuelto hacer su nuevo establecimiento. Le di cuenta de cuanto habia pasado, y me asombré de ver las cosas tan mal comenzadas y tan poco adelantadas; la siembra de granes y semillas habia sido casi destruida por la sequedad y por los animales. Varios muertos, de cuyo número fue el S. Viile- perdry, porción de enfermos, entre los que se contaba al sa- cerdote Mr. Cavelier; el que no hubiese mas cubiertas que algunas pieles, en que estaba la pólvora y algunos barriles de aguardiente, y otras muchas incomodidades presentaban to- do en la mas triste situación. Era necesario pensar en construir un gran alojamiento; este era el intento de M. de la Sale y la dificultad consistía en adquirir madera para formarlo. Habia un pequeño bos- que del que podia sacarse cantidad de ella ; pero distaba una legua al interior del pais, carecíamos de caballos y carros para el trasporte. Mr. de la Sale mandó sin embargo ar- tesanos y gente para que los ayudasen y escoltasen ; mas la ignorancia de los carpinteros era tan crasa, que M. de la Sale se vio en la precisión de hacer de maestro director y de marcar las piezas para el objeto que se proponía ; algunas [ 61 ] piezas de madera se arrastraron hasta nuestro campo por encima de la yerba de que está cubierta la llanura ; después se echó mano de una cureña de cañón con tal trabajo, que aun los mas robustos se rendian. Este trabajo excesivo, el poco alimento que tenian los obre- ros y que solia disminuírseles por haber faltado á su deber, la pena que causaba á Mr. de la Sale el que los resultados no correspendiesen á lo que se habia imajinado, lo que lo arras- traba hasta el esceso de maltratar á los suyos frecuentemente sin motivo: esta reunión de circunstancias desagradables en- tristeció tanto á algunos, que declinaron sensiblemente, muri- endo mas de treinta de ellos ; á tan considerable pérdida se siguió la del maestro carpintero en una tarde que regresaba conmigo ; se habia separado un poco en el camino para ca- zar ; volví á nuestra habitación sin encontrarle y jamas ha vuelto á saberse de él ; este accidente contribuyó á aumentar nuestros disgustos, porque aunque no era muy diestro en su oficio, le necesitábamos sin embargo. A pesar de todos estos obstáculos se condujo, ó mas bien se arrastró madera suficiente para la casa que proyectaba M. de la Sale; él fue también el arquitecto; trazó las medidas, las espigas y los ajustes, supliendo por este medio la falta de tra- bajadores ; y habiendo recordado que en la primera habitación habia yo enterrado muchas piezas de madera que podrian ser útiles, me mandó tomar dos canoas y veinte hombres para irlas á traer con la barca la Belle, que nos siguió. Habiendo llegado al lugar, nos hallamos con que los salva- jes hablan descubierto nuestra madera y quitado tablas para coger los clavos con que estaban unidas y que apreciaban mucho para armar sus flechas. Nos ocupamos en formar una balsa, cargamos á la barca con el resto de las tablas y otros efectos y eniprendímos nuestro regreso; durante nues- tro trabajo se presentaron algunos salvages, que huyeron tan luego como nos vieron marchar sobre ellos con las armas en la mano. Arribamos felizmente á donde estaba Mr. de la Sale, quien se manifestó muy contento de vernos, aunque perdimos una canoa que no se amarró bien á la balsa, porque la madera F [ 62 ] que habíamos conducido era un grande auxilio para su em- 'l)resa y de mas provecho que la trahida con tanta dificultad del bosquecito; con esta madera se pudo levantar otro edifi- cio, que se unió al primero. Todo se cubrió con tablas y por encima de ellas con pieles de toro. Se dividieron las liabiíaciones, que se cubrieron todas perfectamente; á los almacenes se destinó un lugar separado y á todo el estableci- miento se dio el nombre de san Louis, lo mismo que á la bahía cercana. El señor Gros que habia quedado en la barca la Belle desde el primer viage que hizo á la primera casa, fue sacado y llevado a la nueva, y como su pierna se inchaba mas y mas, el cirujano temió que sobreviniese la cangrena y le aconsejó que se la dejase cortar, en lo que convino aunque con repug- uancia : se hizo la operación y la fiebre le entró tan pronto que murió á los dos dias, en el de la degollación de S. Juan Bautista, con sentimiento general y en especial de M. de la Sale, á quien era muy útil por su inteligencia en los negocios que tenia entre manos y por su fidelidad á su persona. M. Carpentier, hijo del maestro de obras, y el Sr. Thibault, ambos de Roüen, y algunos otros fallecieron también en aquel tiempo. Como M. de la Sale deseaba emprender un viaje para bus- car su funesto rio Missicipi, y no esparaba otra cosa que el restablecimiento de su hermano M, Cavelier que le debía acompañar, comenzó á hacer sus preparativos, y entre tanto salía á recorrer las inmediaciones a distancia de cuatro ó cinco leguas, con lo que no adelantó mas que el descubrimi- ento de un país muy hermoso, cerrado por un lado por una pequeña montaña, que distaba, según parecía, quince ó veinte leguas, cubierto de muy bellos árboles y regado por muchos arroyos, de los que era el menor el inmediato á nuestra habi- tación y al que dimos nombre de rio de toros, por los muchos que habia en las cercanías. M. de la Sale que formaba varios designios para lograr noticia del Missicipi, concibió que podría introducirse por la bahía próxima, y resolvió que se reconociesen las costas que la rodean por medio de la Belle ; para este fin me mandó que L 63 ] me juntase á la expresada barca con cinco Iiombies y una canoa, en la que él embarcó su ropa y porción de efectos en algunos baúles. Este corto viaje nos fue muy penoso por el mal tiempo, los vientos y tempestades que estuvieron al punto de hacernos perecer y lo que í'ue mucho peor no hallamos á la barca la Belle, donde la habiamos dejado; avanzamos una legua mas allá inútilmente, y como los víveres comenzaban á faltarnos, porque en vez de tres dias habiamos empleado seis, resolvi- mos volver al punto, del que habiamos salido. Viéndonos venir á lo iéjos M. déla Sale salió 5 encontrarnos ; nuestra relación le liizo entrar en cuidado por ¡abarca de que tanto necesitaba, y resolvió ir á buscarla por sí mismo, em- barcándose en una canoa, é hizo que yo partiese en otra con igual fin por otro lado. Al cabo de dos dias de vueltas adverti- mos que se habia puesto al abrigo en una pequeña ensenada, habiendo estado próxima íi perecer por el mal tiempo qiie sufrimos ; perdió su lancha por descuido en amarrarla Lien. M. de la Sale que se hallaba ¡jor otro rumbo descubrió tam- bién la barca; bajó entonces á tierra y mandó su canoa á la barca, en la que el Sr. Moranget qne la mandaba, se metió para venir á verle ; la pérdida de la lancha disgusió á M. de la Sale, quien mandó una canoa á buscarla sin utilidad alguna; entre tanto los baúles se embarcaron en la Belle. Restablecido ya M. Cavelier, dispuso su marcha M. de la Sale. Tuvo á bien honrarme con la comandancia en su lugar, entregándome cuanto habia en la casa por inventario. Quedaron ocho cañones, doscientos fusiles, otros tantos sa- bles, cien barriles de pólvora, tres mil libras de balas, tresci- entas libras, ó cerca de ellas, de plomo, algún fierro en barras, veinte paquetes de fierro propio para hacer clavos, hierro viejo y algimas herramientas como hachas y otras. De provisiones de boca me dejó por todo veinte barriles de harina, una barrica y media de vino, las tres cuartas partes de una de aguardiente, y por lo que toca á animales, algunos cerdos, un gallo y una gallina. Todo esto dista mucho de lo que ha referido el autor de un libro titulado El ¡rrimer estable- cimiento en la nueva Francia. El escribió descansando en L 0'i ] memoiias tan poco dignas de crédito en lo relativo á las pro- visiones de boca y guerra, que quedíiron en nuestra habita- ción, como en lo tocante al buen estado del fuerte y á los almacenes subterráneos, puramente imaginarios, pues qne no teníamos mas que la casa de que he hablado, empalizada con estacas. Ademas M. de la Sale me ordenó que no admitise á ningu- no de los que llevaba sin orden suya por escrito ; de no con- traer con los salvages relación alguna y de hacer fuego sobre ellos, con otras cosas que tuvo por conveniente mandar obser- var. Antes habia mandado construir una coraza con duelas para defenderse de las flechas, y la llevó consigo ; juntó todas las canoas para la expedición, ofreciéndome devolver una: cinco cañonazos anunciaron su partida. Tomó su camino rio abajo para ir por tierra á lo largo de la bahía vecina, á ki que se habia dado el nombre de S. Luis, mientras que las canoas le seguían á una vista. Yo quedé en la casa con treinta y cuatro personas entre hombres, mugeres y niños, entrando en el número tres padres recoletos, el Sr. Hurlé que debia tomar el mando en mi ausencia, uno de los Sres. Duhaut, el Sr. Tibault y un cirujano. Como nuestras provisiones eran escasas y era necesario guardarlas páralos enfermos, fue preciso dedicarse á la pesca y á la caza. De pronto tanto una como otra fueron cortas, particularmente la segunda, porque no estábamos aun ejer- citados y BI. de la Sale habia llevado consigo el cazador. Pero en fin la necesidad nos hizo inteligentes ; matamos toros, de que hice acecinar la carne que nos fue muy útil para la subsistencia. Algunos dias después arribó la canoa que me habia ofreci- do M. de la Sale con tres soldados, quienes nos informaron de la pérdida del cazador que él habia llevado, y que fue en- contrado muerto de frió en un hoyo en que se habia metido para descansar á vuelta de la caza, y fue muy sentido de todos. Nos dijeron también que habiendo avanzado M. de la Sale hacia algunas casas, que los salvajes habían abandonado des- pués de una corta resistencia, resultaron en la fuga algunos [ 65 ] heridos de ellos ; que se habia alcanzado y tomado á una joven y á una muger herida en un muslo de un tiro de fusil, la que murió. La canoa nos fue de gran provecho para conducir nuestra caza, la que, cuando llegaba á la habitación, servia para ocupar á todo el mundo : unos la preparaban, otros la corta- ban y acecinaban. En las demás horas empleaba yo parte de mi gente en cavar un foso al rededor de nuestra casa. Así pasamos el tiempo hasta el mes de Enero del 16S6, que hallándonos todos en casa, me avisó el centinela que hacia la parte del rio se percibía una voz : se ocurrió inme- diatamente, y se encontró á un hombre en una canoa gritan- do Dojninique, que era el nombre del joven Duhaut, que esta- ba con nosotros. La aparición de este hombre, me hizo temer que hubiera acontecido á M. de la Sale algún fra- caso ; me acerqué á el y me hallé con que era Duhaut el mayor. Le pregunté si traía cartas de M. de la Sale y contestó que no. Yo me encontré embarazado por la prohibición que se me habia hecho de admitir á nadie sin orden por es- crito : estuve por lo mismo resuelto á arrestarle ; pero el modo con que me refirió el motivo de su regreso, le justifico enteramente ; yo le recibí y él contó lo que le habia pasado, en los términos que siguen. Habiéndose detenido M. de la Sale algún tiempo en la orilla del mar, cerca del punto en que la barca se habia de- tenido, quiso reconocer el fondo de las costas inmediatas para averiguar, hasta donde podia aproximarse la barca la Bellc ; para el efecto mandó al piloto con cinco hombres á sondear. El piloto cumplió con sus órdenes ; sondeó y reconoció las cercanías de varias costas ; por la tarde hallándose cansa- dos, según parece, él y su gente, juzgaron conveniente bajar atierra y dormir en ella; hicieron fuego, tal vez para cocer alguna carne; pero no habiendo tenido la precaución de poner un centinela, fueron sorprendidos y muertos todos por los salvajes, que rompieron también la canoa, vengándose de este modo de la irrupción de M. de la Sale en su campo. f2 [ 66 ] Pasado en este viaje mas tiempo del que habia^prescrito 'M. de la Sale, entró en cuidado, y marchó él mismo á lo largo de la costa para ver, si lograba alguna noticia de sus hombres y siguiendo el rio, descubrió los tristes restos de aquellos desgraciados, cuyos cadáveres esparcidos á uno y otro lado, estaban descarnados y como devorados por los lo- bos, ó por los perros* de los salvajes ; este espectáculo le conmovió vivamente. Sin embargo de que esta pérdida y especialmente la del piloto, que era un hombre instruido, le causó aflicción, no se abatió por ella como era de te- merse ; hizo acecinar carne, con la que y con otras provisio- nes habilitó á la barca, mandando que avanzase á la bahía; dispuso que se embarcase un número considerable de hombres para guardarla, y lo fueron el sacerdote M. Chedeville y Planterose de Rouen, mandándoles que no abandonasen aquel punto, hasta que recibiesen noticias de él, y que no ba- jasen á tierra sin una buena escolta y con las precauciones necesarias. Tomó para sí veinte hombres ; se embarcó en las dos ca- noas que le habían quedado, y habiendo llegado á tierra hizo internar en el rio las canoas, y que todos formasen su equipa- ge compuesto de armas, herramientas, algunos utensilios de cocina y vagatelas para comerciar con los salvajes en el caso de que se manifestasen sociables : entonces penetró al inte- rior del pais á buscar noticias del Missicipi. Después de varios dias de camino encontraron un hermoso rio á que dieron el nombre de Maligno. Como M. de la Sale marchaba á la cabeza de la tropa y había dado orden al Sr. Moranget de permanecer á retaguardia, este encontró ^ Duhaut, que se habia detenido para componer su equipage y sus zapatos, que se hallaban en muy mal estado, y le previno * Se cree generalmente que la roza de los jierros se introdujo en América por los Europeos : si se quiere suponer esto cierto, es natural inferir que antes de los franceses habia sido descubierto y visitado el pais por otros Europeos que no podían ser mas que los españoles. No digo lo mismo de los toros, porque sin duda los que vio M. Joutel eran búfalos ó bisontes. [ 67 ] que marchase, y aunque le rogó que esperase un rato, no consintió y siguió su camino. Poco después continuó Du- haut ; pero como se iiabia demorado mucho, no le fue posi-- ble alcanzar á la tropa y se halló á la entrada de la noche en una llanura de yerba, en la que aunque se descubrían varias señales de caminos de ganado, ignoraba cual le era conveni- ente tomar. Tiró algunos fusilazos, sin que por esto adqui- riese noticia de la expedición ; y no le quedó otro arbitrio que pasar la noche en aquel mismo lugar. En la mañana siguiente volvió á tirar, pasó el día y la noche en el mismo sitio, y no hallando que hacer, retrocedió. Durante un mes anduvo solamente de noche de miedo de encontrarse con los salvajes ; vivió de la caza que hacia con dificultad y peligro, porque habia acabado sus provisiones. En fin, después de infinitos males y angustias llegó al punto en que se dejaron las canoas, sacó una con trabajo indecible y que seria largo referir, y se dirigió á nuestra habitación de S. Luis. Así es como el Señor permitió, que uno de los fu- turos asesinos de M. de la Sale saliese de dificultades, y lo- grase vencer infinitos riesgos. Esta relación que juzgué verosímil, me decidió á admitir al Sr. Duhaut, y en realidad yo no podia obrar de otra ma- nera ; sin embargo observé cuidadosamente su conducta y nada hallé de que reprenderle. Pasamos algún tiempo mas en las mismas ocupaciones que antes, y en el intervalo mandé construir otra casa de madera para colocar con separación á las mugeres. Como nada he dicho de la situación de la habitación de S. Luis ni de la naturaleza del pais, en que nos hallábamos, procuraré dar una descripción verdadera, aunque desaliñada. Estuvimos colocados á los 27 grados latitud Norte, dos leguas al interior, en el terreno cercano á la bahía de S. Luis y al río de toros, sobre una pequeña altura, desde la cual se des- cubrían muy á lo lejos bellas y extensas campiñas situadas al occidente, unidas y cubiertas de yerbas que sirven de pasto á infinito número de ganado vacuno y á otros ani- males. [ 68 ] Del occidente al mediodía se veian también otras llanuras, adornadas con muchos bosques de árboles de diferentes es- pecies. Por la parte del raediodia y hacia el oriente se des- cubría la bahía de S. Luis y las campiñas que la rodean ; del oriente al setentrion se presentaba el rio á lo largo de una ladera, y del otro lado de él grandes campiñas con grupos de árboles de distancia en distancia, y terminadas por una muralla de árboles que nos parecieron muy altos. Entre esta colina y la habitación habia una especie de pantanos, abundantes en caza, como chorlitos, gallinas de agua y otras clases ; habia en aquellas ciénegas algunos estan- ques llenos de peces. Teníamos ademas innumerable ganado vacuno, corzos, conejos, gallinas de la India, avutardas, an- zares, cisnes, tordos, pardales, gallinas ciegas, perdices y otras muchas aves, buenas de comerse, entre ellas la que se llama gran gaznate por que lo tiene en efecto muy grande, y otra del tamaño y tan carnosa como una gallina, á la que llamábamos espátula, porque esta es la figura de su pico, y su pluma de un encarnado obscuro es muy hermosa. Por lo que toca al pescado, lo teníamos de muchas clases, tanto en el rio como en los estanques, de que he hablado. El rio produce una especie de barbudos diferentes de los nues- tros por su redondez, por tres espinas que tienen, una so1)re la espalda y las otras dos en ambos lados de las agallas, y porque su carne es semejante á la del bacalao y carece de es- camas ; el rio nos proveía de otros muchos pescados cuyos nombres ignoro. El mar nos suministraba ostras, anguilas, truchas, ciertos peces encarnados y otros, cuyo pico largo, puntiagudo y duro rompía todas nuestras redes. Teníamos una porción de tortugas, tanto de mar como de tierra, cuyos huevos contribuían á sazonar nuestras salsas ; las de tierra se diferencian de las de mar, en que son mas pequeñas, de figura redonda y con una concha mas hermosa ; se retiran á los hoyos que cavan en la tierra. En la caza de estas tortugas, aconteció que uno de nuestros cirujanos, que las buscaba en uno délos agujeros, fue mordido en el brazo por un animal venenoso, que creímos ser una especie de sapo con cuatro pies, y la parte superior de la espalda con puntas [ 69 ] tiin duras como diamantes y una pequeña cola ; perteneciese á esta clase de animales ó á la de las culebras, lo cierto es que se le inflamó mucho, y aunque se curó con los remedios que se le hicieron, le costó un dedo, que fue necesario cortarle. Entre las serpientes dañosas hay cantidad de vívoras, aspi des y de otras clases, siendo las mas comunes las que se lla- man de cascabel ; se encuentran ordinariamente en las ma- jezas, en las que hacen ruido con las escamas que tienen en la punta de la cola, y por lo que se les llama de cascabel. Su carne no pareció mala á algunos de los nuestros, que comie- ron de ella, y cuando matábamos algunas, nuestros cerdos las comian con mucho gusto. Hay también en los rios porción de cocodrilos, de los que algunos son de un espnntoso tamaño y grueso : yo maté uno que tenia de cuatro á cinco pies de grueso y veinte de largo que sirvió de alimento á nuestros cerdos. Este animal tiene las piernas coi tas, lo que le precisa á arrastrarse mas bien que á andar y hace que se descubra fácilmente por las hue- llas, que deja en 'a yerba ó en la arena, por donde pasa. Es muy carnívoro y se arroja sobre los hombres y animales, cu- ando los encuentra metidos en el rio ; suele también ir á tierra para buscar que comer. Este animal huye de los que le per- siguen y persigue á los que huyen : á muchos maté yo con tiros de fusil. Los bosques se componen de diferentes especies de árboles. Hay encinos, de los que unos conservan siempre su verdor y jamas se despojan de sus hojas, y otros parecidos á los de Europa, que producen un fruto semejante á la nuez de agal- la, y que pierden sus hojas en el invierno; los hay aun mas parecidos á los de Francia, pero con la corteza mas gruesa ; la bellota de unos y otros es diferente en gusto y en tamaño, de la que producen nuestros encinos. Se encuentra también una especie de árbol que tiene unos pequeños granos, muy encarnados, cuando están maduros y que son muy dulces ; los produce dos veces al año ; pero en el segundo no llegan á madurar. Hay otro, cuyo fruto tiene un gusto y virtudes semejantes á los de la caña fistola. [ 70 ] Se hallan allí otros árboles, los mismos que había visto en las islas, cuyas hojas son como las de la higuera, cuyo nom- bre tiene el árbol ; sus flores nacen al rededor de las hojas, y de aquellas el fruto muy parecido á los higos; pero tanto las hojas como el fruto están llenos de espinas, que es ne- cesario frotar y limpiar con muclio cuidado antes de comerlo, porque si no se hace así, se inflaman peligrosamente la boca y la garganta, y puede causar la muerte, como sucedió á un soldado que habia comido con gran ansia y no adoptó aquella precaución. Vi alií un árbol semejente al de la palma, cuyas ramas al- tas y largas se extienden á modo de las de los Lataneros, y cuyo fruto dicen que es muy bueno. Otros hay parecidos á aquel, cuyas hojas son de la figura de un canal tan duras y puntiagudas, que no hay tejado por duro que sea, que no traspasen. Este árbol lleva en lo alto un tallo que florece á manera de ramillete de color blanco-amarillo : algunos tienen en la cima del tallo sesenta flores pendientes, muy semejantes á las de lis,* y cuando se caen aparece un fruto largo como un dedo y mas grueso que el pulgar, lleno de pe- queñas semillas, de tal suerte que la cascara es únicamente lo que se puede comer y cuyo sabor es dulce, como el alzúcar, y muy delicado. Se encuentran también en aquel pais viñas arrastraderas y de otras especies, que trepan hasta la cima de los árboles, y están cargadas de uvas carnosas y agrias, que distan mucho le la delicadeza de las de Europaf ; las pusimos en agraz y sabia muy bien en las salsas. Hay muchos morales á lo larg'o de ios rios; su fruto es mas pequeño, pero mas dulce que el nuestro : sus hojas son hermosas y largas, las que po- drían ser muy útiles para la cria de gusanos de seda. * No ¡Jodia dejar de perte?iecer á los franceses del siglo 16 un ¡mis en que los árboles producejí flores como las de lis. Por este principio el África que ahmida en leones, partenece á los españoles. f Las viñas silvestres y s'n cultivo producen siempre uvas tan agrias como las que comió M. Jouttl. [ '1 ] Las campiñas están sembradas de una especie de pequeíia acedera, cuyas hojas son como las del trébol, y su sabor agrio como el de la nuestra : se liallan allí en gran cantidad ceboUi- tas, gruesas como la punta de un dedo, y del mas delicado gusto. Cuando el calor ha penetrado á la tierra, esta planta es la primera que brota y produce flores que forman el mas delicioso esmalte. Nada es mas hermoso que la vista de aquellas extensas llanuras, al tiempo de aparecer las flores ; mil especies de colores diferentes y del mas agradable olor adornan aquellos campos y tienen el aspecto mas encantador. Noté una, que tiene el mismo olor que la amiga de la noche, pero cuyas hojas se parecen a las de nuestra borraja; vi tam- bién narcisos que huelen lo mismo que los nuestros, claveles de la India y una clase de anémona simple. En el otoño se ponen las flores armarillas en su mayor parte, y esto hace que las campirüas aparezcan del mismo color. Por último, el clima es dulce y templado, no obstante de que el pais se halla á los 27 grados latitud norte ó cerca de ellos. Sin embargo las semillas que hice sembrar no pro- gresaron, sea por que se habian mojado con agua del mar ú otra causa desconocida. Hubo algunas que nacieron muy bien, como por exemplo, las calabazas, los melones, las re- molachas y las escarolas ; pero los animales y en particular los insectos nos dejaron pocas. Me reservo para cuando hable de nuestra mansión entre los indios Cenis, después de haber pasado por tantas naciones que nos separaban de ellos, el tra- tar de la religión, costumbres, casas y modales de los salvajes porque en lo general se diferencian muy poco entre sí, aunque colocados en diversos paises.* * Esta semejanza de los indígenas que llamó justamente la atención de M. Joutel, es mas notable, si se observa la grande que se encuentra entre los indios de los Estados Unidos y los del Canadá con los de México. En miviage del año anterior por el Canadá, vi algunos indios completamente semejantes en estatura, facciones, color, modales y trage á los de mi patria^ particularmente á los del Estado de Veracruz. Estas observa- ciones son muy conducentes para la resolución del problema [ 72 ] Hacia tiempo que M. de la Sale habia partido y teniámos por él algún cuidado, cuando hacia el mes de Marzo de 1686, estando yo por casualidad en lo alto de la casa, descubrí siete ú ocho hombres que venian con dirección á ella; mandé in- mediatamente que me acompañasen ocho hombres armados para ir á encontrarlos, y apenas nos acercamos, vimos que eran M. de la Sale, M. Cavelier su hermano, M. Mo- ranget su sobrino y cinco ó seis mas : el resto de la partida habia ido por otro camino á avisar álos de la barca la Belle el regreso de M. de la Sale. Estaban todos ellos en el peor estado que se puede ima- ginar, sus vestidos hechos pedazos, la sotana de M. Cavelier en tiras ; la mayor parte venian sin sombrero y su ropa blanca no era de mejor condición : todos sin embargo nos regocijamos por el regreso de M. de la Sale. La relación que nos hizo de su viaje, reanimó nuestras esperanzas y no pen- samos mas que en manifestar nuestro contento del mejor modo que nos fue posible. Solamente la vista de M. Duhaut lo interrumpió por algún momento, porque M. de la Sale algo encolerizado me preguntó la razón que tuve para admitirle ; pero habiendo manifestado Duhaut sus motivos y yo los mios, quedamos en paz. Al dia siguiente, los Sres. le Barbier, le Petit, Cavelier el sobrino, el cirujano y otros que M. de la Sale habia man- aun 'pendiente sobre las emigraciones de los primeros pobladores de América. Las tradiciones de los antiguos mexicanos y una gran parte de las relaciones históricas están de acuerdo, en que las emigraciones se hicieron del Norte al Sur; la situación geográjica de estos países lo persuade igualmente. La tribu de Natchez del Missicipi es tan parecida « los indios mexicanos que seria muy difícil encontrar alguna desemejanza entre ellos. Hoy se conserva aquella en el pueblo de Saint Andrew, y en mi opinión puede gloriarse de ser el tronco de tantas ramas que se extendieron por el territorio mexicano. No hago mas que indi- car rápidamente mi juicio sobre una cuestión tan grave como interesante en sus consideracionis morales, políticas y reli- giosas. — [ 75 ] dado (i buscar y á dar instrucciones á la Belle, regresa- ron diciendo que no la habian encontrado, lo que causó á M. de la Sale una nueva y grande pena. Habia cometido el error de poner en la barca sus vestidos, ropa blanca, sus pa- peles y los mejores de sus efectos, de que tan urgente necesi- dad se tenia : ademas, esta pérdida frustró cuantas medidas habia tomado en su último viaje, y particularmente la de que l-i expresada barca entrase á los rios que descubrió y avan- zase hacia las naciones, con las que habia tenido algunas relaciones ; y también la de enviarme en la barca con su so- brino M. Moranget á las islas á demandar socorros y acaso el volver por el mar á buscar otra vez su deseado río. Desvanecidas todas sus pretensiones, tomó la resolución de partir segunda vez y hacer un viage por tierra á fin de buscar su rio : descansó algún tiempo y estuvo meditando sobre su partida; pero como carecia de vestidos y de ropa blanca, le proveí de lo que tenia y di también ropa blanca á los Sres. Cavelier su hermano y Moranget su sobrino; les ofrecí en fin cuanto poseia, privándome de lo que les podia ser útil, hasta de 10 ó l2 libras de abalorios, de algunos cuchillos y lesnas que tomó M. de la Sale. Como el Sr. Duhaut tenia muchos efectos, lienzo, hachas y varias herramientas y mercancías que se habian salvado del naufragio, Mr. de la Sale se aprovechó del lienzo para hacer camisas á los que habian menester de ellas y las herramien- tas que les eran necesarias : los equipages de los Sres. T¡- bault, le Gros y Carpentier que habian fallecido, se repartie- ron también, y con un gran cinturon que yo tenia, se hicie- ron zapatos para los Sres. La Sale y Cavelier. Concluidos estos preparativos, tomó consigo M. de la Sale veinte hombres, de cuyo número fueron su hermano Mr. Cave- lier, el padre recoleto Anastasio, su sobrino M. j^Ioranget, los Sres. Bihorel, Le Clerc, Hurier, Duhaut el joven, Híens, su cirujano y sus criados. Dejó á los que no podian emprender este segundo viaje y de ellos fueron su sobrino M. Cavelier, ei Sr. Bavbier Canadiense y algunos mas. Prepararon todos los viagei'os su equipage, verificándose la marcha á fines de Abril de 1686, después de haberme dado el Sr. la Sale las G [ 74 ] órdenes necesarias, lo que por esta vez quiso hacer sin cere- monia alguna. Algunos días después de la partida, oí una voz rio abajo que gritó dos veces ¿ qvien vive 1 me adelanté y reconocí al Sr. Chedeville sacerdote, al Sr. Marques de la Sabloniere v h otros de los que hablan sido trasbordados á la barca la Belíe, y se hallaban en una canoa; pregunté inmediatamente por iJ barca y se me informó que por una serie de'desgracias que les habian occurrido, habian encallado en la otra costa déla bahía ; mandé que se descargase la canoa, en la cual había entre otras cosas vestidos de M. de la Sale, una parte de sus papeles, alguna ropa blanca, un poco de abalorios y treinta ó cuarenta libras de harina, que les habian quedado. En el dia siguiente me instruyó M. Chedeville del porme- nor de la desgracia, y me dijo, que habiendo permanecido «Igun tiempo en la barca, en el sitio prevenido por M. de la Sale, les comenzó á faltar el agua, lo que los obligó á mandar la lancha á tierra para procurArsela y llenar cuatro ó cinco barricas ; que M. Planíerose con seis de los mejores hombres se embarcó en la lancha; que por la tarde la vieron venir; pero nomo les era contrario el viento y la noche avanzaba, s¡ habia puesto un farol, cuya candela se acabó descuidando el capitán reemplazarla con otra, lo que hizo sin duda, que la lancha no pudiera ver á la barca ; que la referida lancha no se liabia vuelto (i ver y que era muy probable que hubieran perecido cuantos se hallaban en ella. Me refirió, que sin embargo de esta ocurrencia permanccié- i ron algunos dias en el mismo punto; que entre tanto murie- ron tres ó cuatro, y que careciendo ya de agua, se habian co- raido los cerdos antes de que falleciesen de sed. En este estado resolvieron levantar el ancla para aproximarse á la habitacioíi ; pero como estaban fallos de gente y para colmo de su desventura tenían el viento en contra, fueron arrojados al otro lado de la bahía, donde encallaron. Como en tales circunstancias ya no'tenian lancha ni bastante gente para extraer los efectos, no les quedó otro recurso que construir una balsa con algunas barricas y tablas ; pero como estaba mal hecha y mal liada, perecieron los primeros que [ 75 ] subieron á ella. Habiendo construido otra balsa mejor amarrada, consiguieron por este medio salvar algunas velas y jarcia, mucho pertrecho, ropa, equipages y los papeles de M. de la Sale y de otros. En seguida se dettiviéion en tierro en espera de noticias, y habiendo encontrado una canoa, la mis- ma que se habia perdido antes (i orillas de la bahía, y que el mar habia llevado á la costa opuesta, se embarcaron en ella para buscarnos, porque los víveres les hablan faltado total- mente. Se consideraban muy afortunados en no haber sido descubiertos por los salvajes en el tiempo de su mansión en tierra que fue de tres meses, y de haber hallado una canoa en que poder regresar. El Sr. Barbier estaba encargado desde la partida de M. de la Sale de proveernos de caza y ademas de acopiar cortezas de árbol para cubrir nuestras casas, en lugar de los cueros que secados por el sol, se encogían y dejaban descubierta una parte de los techos de nuestros edificios. También le pre- vine que cortase estacas para formar una palizada al rededor de nuestra habitación, y como el Sr. Chedeville me habia di- cho que enterraron varias cosas, que no pudieron conducir, mandé al expresado Sr. Barbier con dos canoas y quince hombres á aquel lugar, en el que encontraron algunos pedre- ros, jarcia y velas ; los salvajes hablan descubierto el escon- drijo y se tomaron pedazos de lienzo y algún fierro, de que son tan codiciosos. Vuelto el S. Barbier y continuando en su ejercicio de caza, tuvo un encuentro con los salvajes, de los que algunos esta- ban provistos con los fusiles que hablan quitado á los nuestros ; dispararon sin acierto algunos tiros, y tres ó cuatro que se dirigieron contra ellos, bastaron para hacerlos retirar. Se hallaba entonces en una canoa sobre el rio que deseaban re- montar ; pero el encuentro le habia precisado á tomar un camino contrario; lo notaron los salvajes, pasaron ocho el rio á nado, hicieron por adelantarse á la canoa, se colocaron entre la yerba cerca del punto por el que ella debia pasar, y cuando vieron que no distaba mucho, dispararon sus flechas de que varios resultaron heñdos; un fusilazo que tiró M. [ 76 j Barbier los puso en fuga ; él continuó su camino y regresó á nuestra habitación. Algunos dias después vimos una banda de toros, que huia : juzgamos que los salvajes andaban en su persecución, y esta fue la verdad. Algunos do ellos se acercaron á nuestra casa ; pero un cañonazo que yo dirigí al montón y un fusilazo del íá. Barbier bastó para que se dispersasen y huyeren. Cuando el Sr. Barbier iba á caza, enviaba yo una que otra vez algunas rauchaclias y mugeres para acecinar las carnes ; pero habiéndoseme avisado que se separaba de la tropa con una muchacha de la que estaba enamorado, de lo que se hacian bien fundadas burlas, y sabido por M. Barbier que todo estaba en mi conocimiento, me llamó aparte, y me pidió per- miso para casarse con aquella muchacha ; de pronto se lo difi- culté, diciéndole que aguardase á la vuelta de M. déla Sale; pero en fin, considerando que podian haber hecho algunas anticipaciones al matrimonio, seguí el consejo de los padres recoletos y del padre Chedeville, y le di licencia para que se casase. A su ejemplo el Sr. Marques de la Sablonniere pretendió el mismo permiso para casarse con una joven que amaba; pero se lo negué absolutamente, prohibiéndole ademas que volviese á verla. Algún tiempo se pasó sin que ocurriesen cosas dignas de memoria; referiré sin embargo dos relativas á los padres re- coletos : la una es que hallándose el padre Anastasio conmigo en la caza de toros, se acercó demasiado presto á uno que yo había tiradoy abatido, y el animal se levantó, se arrojó sobre él y le derribó, costándole trabajo retirarse y á mí socorrerle, porque no me atrevía á disparar de miedo de matarle ; pero el toro volvió á caer por su debilidad, se libertó el padre y estuvo enfermo algunos meses. La otra cosa fue, que el padre Máxi- mo habia escrito memorias sobre la conducta de M. de la Sale, que el reprobaba en muchos puntos ; habiéndoseme dado avi^ so, encontré medio de hacerme de las memorias y las eché al fuego sin disgusto por ello del padre. En este mismo tiempo aconteció que la mayor parte de los nuestros comenzase á murmurar, viendo que M, de la Sale no parecía ; el Sr. Duhaut, que acaso fué el primero en ex- [ 77 ] citar aquellos movimientos, apoyaba las quejas de los descon- tentos, les prometía mucho de su mando, les ofrecía auxiliar con los efectos de que estaba en posesión, queriendo, me pa- rece, insinuarse de esta manera en los espíritus para cierto designio que probablemente habia concebido desde entonces. No tardé en ser instruido de todo y hubiera hecho un gran servicio á M. de la Sale, si yo hubiera hecho perecer desde aquel tiempo al que habia de ser su asesino ; pero me conten- té con darle una severa reprensión y con amenazarle de que le arrestarla, si no se enmendaba : en la situación en que yo me encontraba, no podia obrar de otro modo. Entretanto hablé á unos y á otros y les di tan buenas esperanzas del re- greso de M. de la Sale, y de que los negocios cambiarían prontamente de aspecto á su gusto, que logré tranquilizar los íin irnos. jMas como la ociosidad engendra muy frecuentemente el fastidio y la impaciencia, procuraba yo evitarla cuanto estaba en mi arbitrio, ocupando á mi gente en trabajos ligeros, á unos en cortar la maleza cerca de la habitación, á otros en derribar los árboles que quitaban la vista ; otros arrancaban la yerba al derrededor de nuestro cercado hasta cierta distancia, á fin de que naciese nueva para nuestros animales, y por la tarde dis- ponía que se divirtiesen en cantar y bailar. Mientras que nosotros pasábamos el tiempo del mejor mo- do que nos era posible, M. de la Sale habia penetrado mucho en el interior con dirección al Méjico Setentrional. (*) Ha- bia atravesado por muchas naciones, cuyos pueblos eran so- ciables en su mayor parte, y con los que habia contratado una especie de alianza, particularmente con los Ceiiis y otros, cu- yos nombres diré después. Habia descubierto paises encan- tadores, abundantes en cuanto podia apetecerse, tanto para el alimento, como para formar cómodos establecimientos, y des- pués de haber siifrido tanto él como su sobrino M. Morangei 'Tiandes enfermedades, volvió á nuestra habitación con cinco (*) Recordando el punto de que partió Mr. de ¡a Sale, es dig- na de considerarse esta noticia de Mr. Joutel. [ 78 ] caballos (*) que había comprado en el mes de Agosto de - 1686. Oí su voz y fui uno de los primeros en salir á encontrarle. Tomamos dos canoas para pasar su gente y equipages, y los caballos fueron conducidos á nado. Estuvimos muy conten- tos de ver á nuestro gefe de vuelta, aunque nada habia ade- lantado en este viaje. M. de la Sale no halló su rio y no es- tuvo, como esperábamos, por el lado de los Illinois ; no re- gresó mas que con ocho hombres de veinte que llevó al partir, quedando reducido el fruto del viaje á los cincos caballos que traia cargados de maiz ó sea trigo de indias y algunos granos, que se guardaron en el almacén. Luego que arribó Mr. de la Sale me preguntó si habian vu- elto los Sres. de Clerc, Harié y Duhaut el jóvon con dos mas que no pudiendo sobrellevar las fatigas del viaje, habian ob- tenido su permiso de regresar ; é instruido de que no habian parecido, infirió de ello que los salvajes los habrian matado. Se nos dijo también que el Sr. Bihorel se habia separado y perdido sin que se hubiera vuelto á adquirir noticia de su pa- radero : un criado de Mr. de la Sale» llamado Mesnil, fué ar- rastrado hasta el fondo del rio y le devoró un cocodrilo ; cua- tro desertaron y abandonaron á Mr. de la Sale, cuando se hallaba en la parte de los Ceiiis. Todo esto era triste y deplorable ; pero el humor siempre igual del gefe tranquilizaba á todo él mundo ; él encontraba re- cursos para todo por su espíritu que era capaz de adelantar las esperanzas mas abatidas ; la vuelta y la vista de Mr. Chedeville le regocijó, y l^i causó mucho gusto haber recobrado sus vestidos y parte de sus papeles. Pasado algún tiempo de descanso, se tra- tó de emprender un viaje al pais de los I llinios y de buscar por ese camino, y con preferencia á todo, el rio Missicipi ; pero se juzgó mas acertado dejar pasar los grandes calores antes de emprenderlo. Entre tanto, mandó cercar con estacas un lugar para des- tinarlo á un nuevo almacén ; se aprovechó para este fin de los (^) El muy natural que estos caballos hubieran sido llevados por los es pañoles. [ 79 ] árboles que yo había hecho cortar y dispuso que se corlasen mas para el mismo destino. Como para este trabajo se des- tacaba alguna gente, siete ú ocho que estaban á las órdenes del Sr. Barbier, fueron observados por los salvajes, que en mayor número pareció que pretendían envolverlos; pero ha- biendo cubierto todos los nuestros su espalda con los árboles y disparado varios tiros de fusil, de los que un salvaje vino al suelo, sus compañeros le cogieron y se retiraron. No pasó mucho tiempo sin que tomasen venganza, porque nos mata- ron dos hombres, al uno muy cerca de nuestra habitación, y al otro cuando se separó de la tropa para coger verdolagas, sin que se le hubiera podido dar socorro. Como se hablaba frecuentemente del viaje á los Illinois, un dia me preguntó Mr. de la Sale si queria yo ser de la espedi- cion, y dirijirme después por el Canadá á Francia en solici- tud de auxilios : le di seguridades de mi obediencia á su volun* tad y de la fidelidad con que sabria cumplimentarla. Enton- ces comenzó á preparar poco á poco todo lo necesario para la empresa. Tomó dos pares de sábanas que yo tenia para ha- cer ropa blanca y con las velas de la barca la Belle se hicie- ron vestidos ; del lienzo que conservaba Mr. Duhaut proveyó á varios, adelantándose así su proyecto, que un accidente vi- no á retardar. Este fue la incomodidad de una hernia que atacó á Mr. de la Sale, y habiéndome dicho que en ese estado no le era posible emprender su viaje, me ofrecí á hacerlo yo, si gustaba fran- quearme su salvaje y quince hombres; pero su respuesta fue que consideraba necesaria su presencia entre los IUÍ7wis y que ademas era conveniente que su hermano marchase á Francia ; así reusó mi propuesta y no me fue dado evitar el fatal destino de este viaje. De esta manera pasamos algún tiempo, durante el cual o- currió una disputa acerca de los privilegios que el rey conce- de á los que nacen primero en las colonias francesas da América. La esposa del Sr. Barbier estaba preíladay él pre- tendía que este hijo tenia derecho al privilegio concedido; lu viuda de Talón había parido en la travesía de Francia á América y alegaba que su hijo, aunque nacido antes de arii- [ 80 ] bar, debia ser preferido ; pero como lamuger del Sr. Barbicr malparió, el asunto quedó indeciso. Luego que Mr. de la Sale se restableció de su enfermedad, se dio principio á los preparativos de viaje. Vinieron entre tanto las fiestas de navidad : la misa de media noche se cantó solemnemente, y llegada la fiesta de Reyes, no dejamos de gritar le Roy le boit, aunque con agua sola. Hecho esto, ya no se pensó mas que en la marcha. Mr. de la Sale confirió el mando de la habitación al Sr. Barbier, y le previno cuan- to debia hacer y observar durante su ausencia. Quedaron en ella los padres recoletos Máximo y Zenobio, el padre Mr. Chedeville, el Sr. Barbier, su esposa, un cirujano y otros hasta el número de veinte, entre los que se contaban siete mugeres ó muchachas, siendo el Sr. Barbier el único casado. Este número dista mucho del grande, que tan fuera de razón se ha supuesto que quedó en la habitación : en verdad que no era mayor y por lo que toca á los salvajes, ya se ha dicho que Mr. de la Sale habia prohibido toda comunicación con ellos. Por lo respectivo á bestias, setenta ó setenta y cinco cochinos quedaron entre grandes y chicos, lo que no era mala provisión, diez y ocho ó veinte gallinas, algunos barriles de harina que se reservaban para los enfermos, la pól- vora, el plomo y ocho cañones sin balas. Pariímos el 12 de Enero del año de 1687, en número de diez y siete personas, á saber : Mr. de la Sale, el sacerdote Mr. Cavalier su hermano, el padre Anastasio recoleto, los Srs. Duhaut el mayor, l'Archeveque, íliens, Liotot cirujano, el joven Talón, un salvaje y un lacayo de Mr. déla Sale. Tomamos una parte de lo mejor que cada uno poseía, y de que se creia necesitar, y cargamos con ello los cinco caballos. Nos separamos unos y otros de una manera tan tierna y tan triste, que parecía que todos teníamos el secreto presentimien- to de que jamás volveríamos á vernos. El padre Zenobio fue el que mas apasionado se mostró, diciéndome que ningu- na otra separación le habia sido tan sensible como esta. En el primer dia llegamos á un sitio llamado le Boucan, por- que en él se acecinaba la carne ; este lugar dista poco de la habitación. El 13 atravesamos una campiña de cerca de dos [ 81 ] leguas, donde vimos varias partidas de toros, de corzos, pavos, avutardas y otras especies de caza : encontramos terrenos pantanosos que fatigaban á nuestros caballos, y un bosque que terminaba la llanura, por el que atraviesa un brazo de rio lleno de cañaverales, al que Mr. de la Sale dio el nombre de la Princesse : este brazo se junta á otro y ambos bajan á la bahía de St. Luis. A la entrada de este bosque matamos cinco toros ; el rio lo pasamos á vado y fuimos á acampar media legua adelante, de donde mandó gente Mr. de la Sale á traer en los caballos la carne de los toros que hablamos muerto y cuyas pieles nos fueron de gran provecho, por la fuerte lluvia que sobrevino. Habiendo cesado de llover el dia 14, atravesamos otra gran- de y larga canipiña, muy abundante en toros y en caza : ví- mis por uno y otro lado caminos hechos por los toros, obser- vamos varios pelotones de ellos que andaban aprisa y oíros que corrían, lo que nos persuadió que los salvajes los arro- jaban. En efecto, habiéndonos demorado para relevar á un caballo que se habia cansado, observamos que un salvaje los perseguía muy de cerca ; Mr- de la Sale inmediatamente dis- puso que se descargase un caballo, un hombre montó en él, corrió, alcanzó al salvaje y le trajo. El salvaje se creyó perdido, cuandose vio en medio de no- sotros ; el miedo le hacia temblar y no era sin motivo, porque la mayor parte de los nuestros habia resuelto hacerle morir. Pero á esto se opuso Mr. de la Sale, exponiendo que éramos pocos, que el número de los que quedaron en la habitación era corto y que lejos de exitar el odio de los salvajes, lo que convenia era tratarlos con dulzura para conservar por este medio la paz con ellos ; máxima incontestable, cuya práctica hubiera hecho su felicidad, si siempre la hubiera observado. Mandó que se hiciese lunibre y que se le diese de comer y fumar ; le obsequió en seguida con un poco de tabaco y al- gunas otras bagatelas, y le explicó que no venia a hacer mal á nadie, que su deseo era estar en paz con todos y le despidió : el salvaje se tranquilizó un tanto ; pero inquieto siempre so- bre su suerte, al principio se retiró paso á paso mirando siem- pre por todos lados, y cuando ya estaba fuera de alcance, [ 82 ] echó á cíHier con la mayor precipitación. Continuamos nu- estro camino, y á poco tiempo descubrimos á otro salvaje que corria también en pos del ganado : Mr. de la Sale hizo coger y mandárnosle ; se le dio el mismo trato que al primero. No nos hallábamos lejos de aquel lugar, cuando observa- mos una muchedumbre de salvajes que se nos acercaban por nuestra izquierda y no obstante continuamos nuestro camino. Pero cuando ya estaban al frente, M. de la Sale mandó hacer alto. Viendo los salvajes que nos hablamos detenido, se detuvieron también. Habiéndolo notado M. de la Sale, puso en tierra su fusil y avanzó hacia ellos indicándoles por señas que se acercase el que los mandaba, y era un hombre bien formado : este salvaje se acercó y le siguieron los demás acariciándonos á su modo : les correspondimos lo mejor que pudimos, y se les hizo después fumar. Les dio á entender en seguida M. de la Sale, que iba al pais de los Genis, que deseábamos paz con todos, que de allí regresaríamos luego á nuestra patria, de donde les traeríamos cuanto hubieran menester ; después de esto les distribuyó al- gunos manojos de tabaco, abalorios y algunos cuchillos, de todo lo cual se manifestaron por señas muy satisfechos. En- tonces se retiraron cada cual por su lado. Anduvimos aun media legua mas para llegar á un bosque, en que habia acam- pado M. de la Sale en su viage anterior : derribamos algunos árboles para fortificar el campamento que hicimos en la noche siguiente. Aun no hablamos concluido nuestro atrincheramiento, cuando observamos á un salvaje, luego dos y últimamente tres, que se nos acercaban unos tras otros ; habiendo entrado M. de la Sale en alguna desconfianza, nos mandó tomar las armas, y que estuviéramos alerta para evitar una sopresa, y él marchó á encontrarlos; ellos le manifestaron que sus gentes les hablan dicho que no hacíamos mal á nadie, lo que estaba en razón y que su objeto era visitarnos. Se les dio el mismo trato que á los otros, y después se les hizo señas de que se retirasen, por que la noche se acercaba ; como hablamos no- tado que observaron que nos estábamos fortificando, estuví» mos en vela toda la noche que se pasó sin novedad. [ 83 ] En el día quince seguímos nuestro camino con el intento de buscar un vado en el rio la Princese, por el que M. de la Sale habia pasado antes. Pero como no lo encontramos y habia crecido mucho el agua del rio, nos vimos en la necesi- dad de subir mas arriba, pasando por muy bellos prados y por bosques espesos, compuestos de diferentes especies de ár- boles, pero todos de corta edad, del mismo grueso, altos, dere- chos y que parecían plantados en linea. El rio que atravesa- ba por medio de aquellas hermosas bóvedas y los varios arroyos que corrían acá y acullá, formaban juntos un paisage encantador. Encontramos también algunos bosques tan espesos que era preciso abrir camino con el hacha para que pudieran pasar nuestros caballos : matamos un toro por la tarde y acampa- mos en un bosquecito con las convenientes precauciones. El dia 16'continuámos nuestro camino costeando y remon- tando siempre el rio, encontrando de tiempo en tiempo los mismos paisages y los mismos obstáculos en los bosques, en los que era preciso ir abriendo camino, lo que nos fatigaba mucho. Pero la abundancia de caza y sobre todo de gallinas de la india, de que matamos una gran cantidad, suavizaba nuestras penas y contribuía á hacer soportar el trabajo con mas gusto. La jornada del 17 nos fue muy molesta por los bosques y arroyos que tuvimos que atravesar; llegamos después á una cuesta, en la que habia doscientas ó trescientas cabanas de salvajes. Estas cabanas parecían hornos grandes, formados con estacas plantadas en redondo, y unidas arriba á modo de cimborio. líabian servido de campamento á los salvajes, quienes cuando partieron, se llevaron los cueros con que las cubren y las esteras con que las adornan, y les sirven de lecho. Al cabo de algunas horas de camino, nuestro salvaje descu- brió una partida de toros y se matfiron siete ú ocho : hicimos provisión de la mejor carne y seguimos nuestro camino por medio de los bosques. Vadeamos un brazo del rio y llegamos á la orilla de otro, cuyo fondo era tan peligroso que tuvimos qu© acampar en la rivera, y como llovió por la noche y en todo el dia siguiente, nos fue inevitable el permanecer allí. [ 84 ] Habiendo cesado la lluvia el dia 19, nos pusimos en camino en medio de una densa niebla y con el agua algunas veces hasta las rodillas y aun mas arriba, lo que junto con las aber- turas que era necesario hacer en las malezas, nos fatigó mas allá de lo que se puede imaginar : hubiéramos adelantado mas, si no estuviéramos advertidos de seguir los caminos tra- zados por el ganado, cuyo instinto los lleva siempre á los lugares mas fáciles para el tránsito. Así que, en aquellos caminos no experimentamos otra in- comodidad que la de hallarlos llenos de agua y muy escabrosos, lo que no era muy ventajoso para nuestro calzado, que era un pedazo de piel fresca de toro ó becerra, y de lo que nos habiamos hecho una especie de escarpines, para que supliesen la falta de zapatos : este pobre calzado se nos secaba en los pies durante el calor y no era poco€l mal que nos causaba, y nos veíamos muchas veces en la necesidad de meter los. pies en el agua para ablandar nuestros escarpines. Caminamos todo el dia sufriendo estas molestias, sin encontrar un lugar á propósito para acampar, hasta que arribamos á un rio, cuya elevada orilla nos proporcionó un sitio adecuado pgra des- cansar. Una llovizna impidió que marchásemos el dia 10 ; después de haber atravesado media le^ua de bosques y otra mediado pantanos, llegamos á una dilatada llanura, atravesada de caminos de ganado que iban á dar al rio, lo que nos inclinó á creer, que podía haber por allí algún vado ; continuamos y encontramos el rio tan desbordado y su corriente tan rápida que nos fue imposible pasar y nos detuvimos por necesidad en la rivera, en la que cazamos toros que no nos faltaron, ni tampoco gallinas de la india y otras especies de caza. El 21 avanzamos arriba del rio y habiendo hallado un lugar «strecho y profundo, se derribó un árbol que hicimos atrave- sar de un lado al otro como si fuera tabla, y de mano en mano pasamos nuestros equipages : los caballos pasaron h nado y fuimos á acampar en la orilla opuesta, cerca de una cam- piíTa muy hermosa. Mientras que hacíamos un corto acopio de árboles para atrincherarnos, oímos una voz y nos pusimos sobre las armas : [ 85 ] fuimos hacia el punto en que se habia percibido y descubri- mos una partida de quince salvajes que se aproximaba y nos hizo señas, arrojando sus arcos en tierra, de que venian de paz ; les avisamos por señas que podian acercarse; lo hicie- ron y nos acariciaron á su modo. Se les hizo sentar, y que fumasen ; M. de la Sale entró en conversación con ellos ya por señas ya por medio de algunas palabras que sabia del idioma de los Genis: entendió que eran sus vecinos y aliados, que su pueblo no estaba distante y que su nación se llamaba Hebahamo. Se les obsequió con algunos pequeños regalos y se retiraron, prometiendo volver al dia siguiente. Como el dia 22 estaban cansados y lastimados nuestros ca- ballos y nosotros muy rendidos, hicimos alto aquel dia, y los salvajes no dejaron de venir en número de 29, de los que algunos tenian escudos ó rodelas del cuero mas fuerte de toro ; nos noticiaron que estaban en guerra por el rumbo del nor- ueste, y que hablan visto antes hombres semejantes á noso- tros, que no distaban mas que diez jornadas del lugar en que nos hallábamos ; y por las señas que nos dieron de ellos, juz- gamos que la Nueva España* era el pais de que hablaban. M. de la Sale aprendió algunas palabras de su lengua que era muy diferente de la de los Ce7iis y mucho mas difícil. En cuanto á sus modales, son mas semejantes. Habiéndo- nos manifestado que por el rumbo del norueste encontraría- mos campiñas mas transitables y que así podríamos evitar el tránsito por medio de los bosques, se les dio de comer y algu- nos regalos y se les despidió ; la lluvia que sobrevino y duró toda la noche, fue la causa de que no continuáramos el dia 24 : en el 29 anduvimos poco por la continuación de la lluvia y porque encontramos varios rios muy crecidos. En el 26 seguímos nuestra marcha y llegamos á un rio llamado la Sahlonniere por la mucha arena de que está lleno. Habiéndolo dejado el dia 27, encontramos otro pequeño rio angosto, pero muy profundo ; continuamos mas arriba, des- * Atenas podrá desearse una mejor prueba de que los espa- ñoles precedieron el los franceses en la visita de aquellos territorios. H [ 86 1 cubrimos un vado y fuimos á acampar del otro lado en un bosquecito, en que pasamos muy mala noche porque volvió á llover, y como el rio se desbordó, tuvimos que construir un tablado y subirnos encima, á fin de evitar que nuestra pólvora y equipajes se mojasen ; viendo en el dia £7 que no cesaba de caer agua, levantamos el campo para ir una legua mas adelante á un sitio mas alto, é hicimos una gran lumbrada para calentarnos y secarnos. Vimos entre tanto un pais muy bello, cuyas campiñas ma- tizadas de bosques, se perdían de vista y formaban la mas af^radable perspectiva. Atravesamos parte de ellas el dia 28, V en el 29 después de tres horas de camino encontramos uno lleno de agua, lo que nos precisó á acampar en la rivera de un rio, que pasamos el SO, yendo á acampar en un bosque cercano. Al siguiente dia, 10 de Febrero de 1687, me dejó Mr. déla Sale el cuidado del campo, y tomó consigo á su hermano M. Cavelier y á siete hombres, para ir íi la descubierta y exami- i^ar, si se hallaba alguna persona en las varias chozas que nuestros cazadores habían encontrado. Halló veinte y cuatro ó veinte y cinco construidas como he dicho antes, situadas en una colina, casi circunvalada por el rio, y en ellas cuatro ó cinco hombres y muchas mujeres y niños. Aunque los salvajes se sorprend.éron algo por el arribo de Pí¡. de la Sale, le recibieron sin embargo con agrado y le con- dujeron a la cabana de su gefe, que no tardó en llenarse con 1,1 2;ente que vino á verle. Se reunieron allí los ancianos del j.Hieblo, extendieron píeles de toro, hicieron que W. de 1 Sale y los de su comitiva se sentasen en ellos, les dieron de comer carne acecinada, y después les significaron que por al- gunos de sus aliados habían sido instruidos de que se hallaban en el pais y de que se dirijían h 'cia los Ce7iis, lo que los hizo juzgar que pasarían por su pueb'o. M. déla Sale los obsequió con algimos cuchillos y pedazos de tabaco, y ellos en recompensa le regalaron pieles curtidas d.i taro con pelo ; dieron una por un tucliilio y hubieran dadc mayor cantidad, si no se les hubiera advertido que no tenia mos facilidad de llevarlas y que si tenían caballos, se les cam [ 87 J biarian por hachas : contestaron que tenían dos, pero que no pensaban en deshacerse de ellos. Como era ya tarde cuan- do regresó M. de la Sale, permanecimos allí aquel día, en que muchos salvages nos vinieron á ver con la esperanza de obtener algunos regalos, ofreciéndonos pieles curtidas de toro, de las que no quisimos cargarnos. El dia 2 volvimos á emprender nuestro camino, detenién- donos un poco de tiempo en el pueblo y de paso compramos algunos collares ó sean correas hechas de cuero de toro bien curtido, de que se valen los salvajes para llevar sus cargas, maderas, equipajes ó caza : nos fueron útiles tanto para nosotros como para nuestros caballos, porque con las correas de estos collares asegurábamos nuestras cargas. Continuamos nuestro camino por un pais muy bello aun- que arenoso, y después de haber pasado por una grande campiña, arribamos á un hermoso lio nombrado la Maligne^ porque en la anterior expedición de M. de la Sale uno de sus criados que lo pasaba á nado, fue llevado por un cocodrilo. Este rio es tan ancho como el Sena delante de Roüen, parece ser muy navegable y está rodeado de un bello pais. Acampa- mos en un bosquecito cercano y quitamos la corteza á algu- nos álamos para formar nuestras chozas. Nuestros cazadores mataron toros, bicerras, gallinas de la India y otros animales de caza, entre ellos á uno que tiene la mitad del tamaño de un gato, es de la figura del ratón y tiene una bolsa debajo de la garganta, en la que carga á sus hijos : se alimenta de nueces y bellotas, es muy gordo y el sabor de su carne es semejante al del cochino. Vimos después un lugar, en que Mr. de la Sale en su viaje precedente ocultó en los troncos de los árboles alguna canti- dad de abalorios: allí permanecimos hasta el dia 8 del mes, y durante este tiempo en ningún dia dejamos de verá los sal- vajes, que aseguraban pertenecer á diferentes naciones ; se les hacia fumar y se les obsequiaba siempre con algunos rega- los : les causaba grande admiración advertir, que después de escribirlas palabras que nos decian, las repitiésemos viendo el papel. L S8 ] • Durante nuesira mansión Mr. de la Sale dispuso que se , construyese una canoa portátil con vigas, de que formamos la armazón y la cubrimos después con pieles de toro cosidas, ha- biéndolas despojado antes de la lana. Esta canoa nos fué muy útil para pasar los rios, así nosotros como los equipajes, porque los caballos los atravesaban á nado. El dia 9 echamos nuestra canoa al agua y nos valimos de ella para pasar el rio, yendo á acampar á media legua^de a- quel punto, por la necesidad que habia de que los caballos comiesen alguna yerba para reponerse algo. El 10 seguímos nuestro camino, atravesando campiñas, en que el pasto esta- ba quemado, lo que hizo creer (i Mr. de la Sale que en las cercanías debía haber muchedumbre de salvajes. Resolvió que se hiciese provisión de carne acecinada, por temor de que faltase caza en el país á que íbamos á entrar; para el efecto mandó cazar y matar muchos toros. Foreste motivo nos demoramos en aquel lugar hasta el dia 12, que hicimos alto á orillas de un rio, al que Mr. de la Sa- le en su viaje anterior habia dado el nombre áe Eure : por la noche se levantó una tempestad acompañada de truenos, y de lluvias, que hicieron crecer las avenidas y nos obligaron á de- tenernos. El IS y el 14 atravesamos cuatro ó cinco conside- rables arroyos y luego un pais sembrado de bosquecitos, co- linas y pequeños arroyos, que formaban una agradable vista; á este hermoso pais seguia un bosque que pasamos, aprove- chando un camino de ganado y como anocheció, tuvimos que quedarnos allí. Continuamos el dia 15 por medio de un hermoso prado y por campiñas incendiadas ; en la tarde descansamos en las orillas de un pequeño arroyo, en cuyas inmediaciones descu- brimos muchas huellas de salvajes, lo que nos persuadió que no estábamos muy distantes de ellos y redoblamos nuestra vi- gilancia por temor de una sorpresa. El dia 16 me confió Mr. de la Sale el mando del campo y se llevó á su hermano Mr. Cavelier y siete hombres mas á la descubierta de salvajes. No habian andado ellos mas que media legua, cuando vieron caballos y porción de cabanas, sin que los hubiesen apercibido los salvajes ; este pueblo estaba [ 89 ] situado en el declive de una colina, y podria haber cuarenta chozas juntas, sin contar otras muchas dispersas. Habiendo entrado en el pueblo Mr. de la Sale, se le acerca- ron los salvajes luego que le vieron, y le llevaron á la cabana de su gefe, donde se sentó en unión de ellos sobra pieles de to- ro. Estando presentes los ancianos del pueblo, les explicó, como lo habia hecho á otras naciones, el objeto de su viaje y se manifestaron satisfechos. Los obsequió con algunos pre- sentes, como tenia de costumbre, y en retorno le ofrecieron pieles de toro, que no aceptó, asegurándoles que á su regreso del pais de los Cenis trataria con ellos y los proveerla de cuan- to hubieran menester. Le confirmaron lo que otros nos hablan dicho sobre una nación, que algunos de ellos hablan visitado, en que habia hombres parecidos á nosotros, y estus eran loses- liañoles. Le nombró las naciones que hablamos pasado des- de nuestra habitación de San Luis hasta el rio, llamado la Ma- ligne que acabábamos de atravesar. Los nombres de aquellas naciones son los siguientes: Los Spicheais, Kahayes, Thecamons, Theauremets, Kiaboha, Chaumenes, Ko'úans, Arhau, Enepiahce, Ahouerhopiheim, Koienkfthé, Konkone, Omeaossé, Keremen, Ahehoen, MegJiai, Tecamenes, Otenmarhem, Kaoayan y Meracoiiman. Estas son las naciones que encontramos en el camino : las qne ha- bitan al Oeste y norueste del expresado rio eran los Kanne- houan, Touhaha, Pehir, Coyabegux, Onapíen, Fichar, Tthau, Kiasses, Clvmcres, Tsera, Brocrettes, Tsepehoen, Fercoufeha, Panego, Petao, Petzares, Peisacho, Peihoutny Orcampiou, La nación, en que por entonces nos hallábamos, se llama- ba jTtao, y no hablamos oido antes hablar de ellos. Nos hi- cieron mención de un gran pueblo, cuyo nombre era Ayano y CanoJiatinno, y que se hallaba en guerra con los españoles y que ciento de ellos estaban para venir á unirse con lus Cenis para esta guerra y que retrocedieron por nuestra llegada, Mr. de la Sale los instruyó de que estábamos en guerra con ks españoles, pero que no los temíamos : que con respecto íi ellos, nosotros éramos los mensageros del mas grande capitán del mundo, que nos habia encargado les hiciésemos todo bien y 2h [ 90 ] los auxiliásemos en la guerra contra las naciones que fuesen sus enemigas. (*) Estos salvajes avisaron á Mr. de la Sale que tres délos nu- estros se hallaban entre los Cenis^ lo que le dio alguna espe- ranza de que fuesen ellos los mismos á quienes habia per- mitido en su viaje anterior que se retirasen, y de los que no se habia vuelto á adquirir noticia. Se les preguntó si querian vender sus caballos ; pero ellos de miedo de que se los quitá- semos, los hablan mandado retirar, á exepcion de un alazán, en que se acomodó Mr. de la Sale y se nos vino á juntar. En el dia 17 pasamos con dificultad un riachuelo y fuimos á acampar del otro lado. En el 18 uno de nuestros caballos que caminaba sobre la orilla de una barranca muy escarpada, cayó dentro de ella, y se le sacó con una herida en el lomo ; fue preciso quitarle la carga y repartirla entre todos, haciendo cada uno un paquete ; atravesamos una hermosa campiña con varios bosques, colinas y arroyos y con prados muy agrada- bles. El 19 marchamos por lo alto de las colinas á fin de evitar los bajos ; pero tuvimos la pena de tener que bajar por las ro- cas que encontrarnos, y porque fue necesario pasar un rio. En su travesía oímos á los perros que perseguían á los toros, de los que dos se nos hablan acercado y uno cayó en tierra por un tiro de fusiK Los salvajes que nos hablan divisado, mandaron á dos, que saltando de árbol en árbol se nos aproxi- maron ; pero como se detuvieron, sin atreverse á pasar adelan- te, les hicimos señas deque llegasen, lo que así verificaron; se les dio de fumar, mientras regresaba Mr. de la Sale que habia salido á descubrir la tropa de ellos. ( ) Es muy curioso observar que toáoslos europeos que des- cubrieron ó conquistaron la América, usaban del mismo lengua- ge y se servian de los mismos artificios para seducir dios indí- genas. El discurso de Mr. de la Sale es en el todo semejante á los de Hernán Cortes en Míjico, y aunque él distaba mucho tanto del heroísmo como déla crueldad del capitán español, ve- mos que también sabia dividir para mandar. ¡ Como se parecen todas las naciones .' [ 91 ] Les dijo á su vuelta, que deseaba la paz con ellos y que nos dirijiaraos hacia los Genis, y aun creyó que aquellos dos pertenecian á esa nación, porque tenían su mismo acen- to y habia percibido ciertas palabras semejantes. Le dijeron que su pueblo estaba muy cerca de allí, y nos acompañaron hasta nuestro campo, donde después de haberles hecho algu- nos presentes, se les despidió. El 20 envió Mr. de la Sale á Mr. Moranget con algunos otros al pueblo de los salvajes á solicitar que nos vendiesen algunos caballos. Entre tanto, dos salvajes, uno de ellos de los que estuvieron con nosotros en la tarde anterior, nos vi- nieron á buscar y senos expresaron en términos muy amisto- sos ; aquel salvaje nos dijo que el nombre de su nación era Palaquechauné, que eran aliados de los Genis, que su gefe ha- bia estado con los Ghoumans entre los españoles ; que los Ghou'^ians eran amigos de los españoles, de quienes hablan adquirido caballos, y otras circunstancias de que otros ya nos hablan hablado : co7i estos fundamentos se podia juzgar que no nos hallábamos lejos del México setentrional. Nos refirió también que los Ghoumans hablan hecho rega- los á su gefe, con el fin de comprometerle á que nos llevasen á donde estaban ; que la mayor parte de los individuos de a- quella nación tenian la cabeza chata, que sembraba maiz ó trigo de la india ; todo esto hizo creerá Mr. de la Sale, que a- quellos indígenas eran los mismos que vio en su primera des- cubierta ; aquel salvaje traia consigo una hermosa piel de corzo, que le cambié por cuatro agujas, cuyo uso le enseñé, y de esta piel nos aprovechamos para hacer zapatos en lugar de piel fresca de toro. Poco tiempo después llegó Mr. de Moranget, quien dio cu- enta á Mr. de la Sale de su corto viaje y le refirió, que uno délos salvajes que hablamos visto el dia anterior, se le presen- tó y le condujo á la cabana del gefe, en la que habitan cuarenta salvajes ancianos ; que se le habia recibido perfectamente y que aquel gefe tenia una caña, en cuya punta estaba amarrada una hoja de un libro francés, que veian con gran respeto ; que se les hizo sentar sobre pieles de toro y que les dieron de co- mer carne acecinada. [ 92 J El dicho gefe, después de los primeros cumplimientos, di- jo áMr. Moranget, que unos cuantos de la gente de su pue- blo habían sido conducidos á nuestra habitación por un hom- bre semejante á nosotros, quien les habia ofrecido conferen- ciar con nosotros para tratar de paz ; que por el contrario no- sotros les habiamos hecho fuego y matado á uno, lo que les obligó á dar muerte al conductor y á regresarse. Sobre esta ocurrencia no es fuera de propósito recordar al lector lo que antes hemos dicho acerca de ella ; cuando el Sr. Barbier pa- saba en una canoa, fue llamado por uno que se hallaba con los salvajes en la orilla del rio ; pero habiendo disparado dos ti- ros como fogonazos de fusil, Barbier lo recibió como un insul- to, y mandó también disparar y lo demás pasó como ya tengo referido. Este accidente debe atribuirse á falta de inteligen- cia y tanto este mal como otros sobrevinieron por la prohi- bición que nos habia hecho Mr. de la Sale de tratar con los salvajes. Después de varias conferencias Mr. Moranget les hizo al- gunos regalos, que correspondieron con pieles de toro y de bicerra muy bien curtidas ; se les preguntó si tenian caballos que vender, y contestaron que no podían desprenderse del único que poseían. Volvimos luego á nuestro camino, y el mismo dia21 fuimos á acampar á la orilla de un bosque. El 22 nos dirijímos por una altura que terminaba en una roca, á cuyo pie pasaba un riachuelo, cuyo fondo estaba cubierto con piedras llanas, buenas para edificios y para hacer cal ; desde allí descubri- mos dos salvajes que perseguían á los toros y nos pusimos a_ lerta ; pero resultó que uno de ellos era nuestro salvaje, que se habia encontrado con otro que habia conocido entre los Cenis, y le habia traido consigo. Mr. de la Sale tuvo mucho gusto en verle y reconoció que era uno de los que le hablan vendido un caballo ; le pi- dió varias noticias y entre ellas, si sabia de los cuatro hombres que desertaron en su viaje anterior, y si habia oido decir al- guna cosa de los otros, á quienes permitió regresar á la habita- ción ; contestó que habia visto á uno entre los Cenis y dos mas con los Assonis, que del otro no habia oido hablar cosa [ 9S ] alguna, y era de suponer que hubiese perecido, así como el Sr. Bihorel, de quien igualmente se le habia preguntado. Nos dijo también que en las inmediaciones se hallaban cua- tro ó cinco cabanas con quince salvajes y se volvió por la tarde ; nuestro salvaje habia matado una vaca á mucha dis- tancia y la habia pasado de parte á parte, y el otro que es- taba presente, se sorprendió tanto al observar el efecto de nuestros fusiles, que por largo tiempo estuvo sin pronunciar palabra; se fue á buscar la vaca y se condujo la carne al campo. El 23 lo pasamos en las cercanías de aquellas cabanas en que se se hallaban los salvajes con sus mugeres y sus hijos. M. de la Sale dispuso hacer alto en el pueblo, se nos recibió muy bien, se nos obsequió con carne acecinada y nosotros les regalamos algunos cuchillos ; vimos allí dos caballos, pe- queño uno de ellos, tordillo y muy hermoso ; nos contaron que partirían en breve á unirse con sus compañeros, que se hallaban en guerra con sus enemigos. Habiendo llegado el resto de nuestra gente, marchamos á acampar á una legua al sur de aquel punto, sobre la orilla de un crecido arroyo, al pie de una de las montañas mas elevadas del pais. Cuando fueron descargados nuestros caballos, se advirtió la falta de una gran hacha que nos servia para derribar los árboles. M. de la Sale mandó a su salvaje á buscarla en el pueblo de que hablamos salido, y los salvajes aseguraron que no la hablan visto y al fin se perdió : nos dijo que los salvajes le hablan propuesto que si queríamos esperarlos, se nos reunirían y enseñarían el camino. No dejamos por esto de seguir el dia 24 y nos dirijímos á acampar en la orilla de un pantano. En el 25 no nos per- mitió la lluvia continuar. Observando M. de la Sale la difi- cultad y peligro que habia de pasar el pantano, mandó el dia 26 á su salvaje á que indagase si los otros querían en efecto unírsenos. Contestaron que era preciso que retrocediése- mos, si deseábamos incorporarnos á ellos. Con este fin le- vantamos el campo el dia 27, tomando otro camino para en- contrar á los salvajes. El 28 los divisamos en marcha a lo lejos ; destacaron á uno que nos prometió mostrar el camino [ 94 ] p^ra atravesar el pantano, y entonces marchamos á acampar al pie de aquella misma montaña de que tengo hablado. El dia 1 '^ . de Marzo nos juntamos con los salvajes á orillas del pantano, que Íbamos á atravesar y por las lluvias tuvimos que detenernos hasta el dia 5, haciendo reconocer entre tanto el sitio en que debia pasarse ima profunda bar- ranca que va á dar hasta el rio llamado des Canots : la pa- samos el dia 6 en la canoa que hablamos construido y que también nos sirvió para atravesar en los dias 7 y 8 otros rios que hallamos en el camino. El dia 9 no pudimos continuar por causa de la lluvia. El 10 acampamos á orillas de un riachuelo ; lo pasamos el dia 11 y también otro rio, á cuyas orillas acampamos, encontríin- dolas muy abundantes de hermosas moreras. El dia 12 pa- samos otro rio mas y acampamos después ; el 13 llegamos al rio des Canots, así llamado por M. de la Sale porque en él habia botado unas canoas en su primer viaje ; lo pasamos el dia 14, acampamos al otro lado y se nos volvieron á incorpo- rar los salvajes. El dia IG seguímos con ellos nuestro camino; encontra- mos un pais mas bello que todos los transitados hasta enton- ces. Como M. déla Sale en su viaje anterior habia ocultado algún maiz y haba en un punto distante de aquél dos ó tres leguas, y los víveres empezaban á fallarnos, se trató de ir á aquel sitio. Para el efecto previno al Sr. Duhaut, Hiens, al circujano Liotot, á su salvaje y á su lacayo nombrado Sagct, que acompañados de unos salvajes partiesen al lugar que les señaló, y lo encontraron todo podrido y consumido. Al regresar el dia 16 encontraron dos toros que mató el salvaje de M. de la Sale, lo que los precisó á mandarle su lacayo para darle noticia de la caza que se habia logrado, íi fin de que remitiese los caballos, si queria que la carne so hiciese cecina y pudiese conducirse. El dia 17 mandó M. de la Sale coger los caballos y que los Sres. Moranget, Marle y su criado fuesen á buscar la carne y que cargasen de ella un caballo inmediatamente, esperando que el resto estuviese seco y acecinado. [ 95 ] Cuando el Sr. Moianget llegó, supo que se habían acecinado los dos toros, aunque no estaban bien secos. Como los ex- presados Liotot, Iliens, Duhaut y otros hablan puesto á re- mojar los huesos y otros por separado á asar, para comerse la carne que quedaba, según era costumbre, lo desaprobó M. Moranget ; llevado de la cólera no solo les quitó la carne acecinada, sino que también se apoderó de la de los huesos sin querer darles nada ; por el contrario, los amenazó que no comerían tanto como pensaban y que él prepararla aquella carne de otro modo, Este acto de ira, tan fuera del caso y tan contrario á la razón como á la costumbre, picó vivamente al cirujano Lio- tot, á Hiens y á Duhaut, que ya tenian otros motivos de dis- gusto con M. Moranget; se retiraron y tomaron á sus solas la resolución de vengarse cruelmente : concertaron entre sí el modo y convinieron en que era preciso asesinar al Sr. Moranget, al lacayo de M. de la Sale y á su salvaje, porque era de su confianza. Esperaron á que en la tarde hubieran cenado y dormídose las tres desgraciadas víctimas de su venganza ; el cirujano Liotot fue el ejecutor de esta sangrienta tragedia; tomó una hacha, dio varios golpes en la cabeza á M. Moranget, hizo otro tanto con el lacayo y el salvaje, que fueron muertos en su lugar, mientras que los conjurados, á saber, Duhaut, Iliens, Teiss:er y Larcheveque estaban sobre las armas para tirar sobre los que hiciesen alguna resistencia. El salvaje y el lacayo no se movieron ; pero M. Moranget tuvo aliento para levantarse sobre su asiento sin poder articular palabra, y los asesinos obligaron al Sr. Marle á acabarle de matar, aunque él no habia tenido parte en la conjuración. Este asesinato no habia satisfecho mas que una parte de la venganza de los verdugos. Fara completarla y ponerse en salvo, era preciso deshacerse del gefe. Celebraron un acuer- do para discurrir los medios que fuesen mas seguros para ob- tener el logro de su intento, y resolvieron marchar juntos á buscar á M. de la Sale, y romper luego la cabeza á los mas resueltos, suponiendo que de este modo la derrota de los de- mas seria cosa fácil. Pero como el rio que mediaba entre ellos y nosotros estaba muy crecido, la dificultad de pasarlo [ 96 ] los demvo en losadlas 18 y [19 y difirieron su partida. Por nuestra parte, M. de la Sale se hallaba en la mayor inquietud acerca de la causa de que pudiera provenir aquella dilación, y tal era su impaciencia que resolvió ir á indagar por sí mis- mo el motivo y á buscar sus gentes. No lo verificó sin manifestar antes mucha turbación y te- mor. Parecia que tenia algún presentimiento de su desgra- cia, y preguntó á varios si los Sres. Liotot, Hiens y Duhaut habian dado algunas muestras de disgusto. No habiendo podido indagar cosa alguna, no le fue dado dejar de partir con el padre Anastasio y un salvaje. Me confió el mando por el tiempo de su ausencia, recomendándome que se rondase de cuando en cuando en las inmediaciones del campamento para evitar una sorpresa y se hiciese humo para guiarle en su camino en caso necesario. Al acercarse á la habitación de los asesinos, queriendo descubrir algo por medio de la vista, observó que las águilas revoloteaban sobre un lugar no dis- tante de ellos y esto le hizo creer que ellas rondaban algún cuerpo muerto en las cercanías de la habitación ; les disparó un tiro el que fue la señal de su muerte y la apresuró. Tan luego como los conjurados oyeron el tiro, no dudaron que era el desgraciado M. de la Sale que venia á buscarlos. Prepararon inmediatamente sus armas y se dispusieron á sorprenderle ; Duhaut pasó el rio con el llamado Larcheve- que. El primero, habiendo descubierto a lo lejos á Mr. de la Sale que se dirijia á ellos, se adelantó á ocultarse detras de unas grandes matas y esperar allí á que pasase M. de la Sale. Este que nada recelaba y aun no habia vuelto á cargar su fusil, divisó á distancia al nombrado Larcheveque, á quien inmediatamente preguntó por su sobrino M. Morangei, á lo que Larcheveque respondió que estaba á lo, deriva, esto es á lo largo del rio. A este mismo tiempo salió un tiro de fusil disparado por el traidor Duhaut, que dio en la cabeza deM. de la Sale, quien cayó muerto sin pronunciar una sola pa- labra.* *La guerra de Troya dicen que comenzó ab ovo gemino y la expedición de M. de la Sale se degradó por. . . . unos huesos. Los sucesos humanos dependen á veces de las circunstancias mas insignijicantes. [ 97 ] El padre Anastasio, que se hallaba á su laclo, se paró lleno de espanto creyendo que le sucedería lo mismo y no sabia si marcharse para adelante ó para atrás ; pero el asesino Du- haut le procuró tranquilizar, diciéndole que no tuviera miedo, que no se le haria mal alguno, que un impulso de desesperación le habia obligado á hacer aquello, que tiempo habia que deseaba vengarse de M. Moranget, porque queria perderle, y que á este principio debia en parte atribuirse la muerte de su tio. Esta es la pura verdad de lo ocurrido en este asesinato, según me lo refirió poco después el padre Anastasio. Así acabó desgraciadamente la vida de M. de la Sale, en tiempo en que tanto debia prometerse de sus grandes fatigas. Tenia él sobrado espíritu y talento para lograr el éxito feliz de su empresa ; la firmeza y el valor, su gran conocimiento en las artes y en las ciencias que le hacian capaz de todo y trabajo infatigable con que superaba los obstáculos, le hubie- ran conducido al glorioso término de su grande empresa, si tan bellas cualidades no se hubieran contrabalanceado por modales muy altaneros que le hacian á veces insoportable y por la dureza con que trataba á sus subditos, que le acarreo un odio implacable, que fue al fin la causa de su muerte. Después de que los asesinos saciaron así su rabia, se pusie- ron en camino para juntársenos en el campamento con las carnes que habian acecinado y que los salvajes pasaron por el rio, siendo ellos testigos del asesinato y de todos los hechos trágicos que acababan de cometerse con asombro y despre- cio de nosotros : cuando llegaron, buscaron á los Sres. Cave- lier, sobrino el uno y hermano el otro del difunto, quienes ya sabian por el padre Anastasio el fin malhadado de nuestro gefe, encargándoles ademas que guardasen silencio, lo que, como se puede calcular, les fue muy cruel ; pero así era necesa- rio hacerlo. Sin embargo, M. Cavelier el sacerdote no se pudo con- tener en decirles, que si pretendían cometer con él igual atentado, que les perdonaría su muerte y que solamente les rogaba que le concediesen un cuarto de hora para prepararse á morir cristiano ; le contestaron que no proyectaban tal co- I [ 98 ] sa. y que lo que hablan hecho, había procedido de un acto de desesperación para vengarse de los malos tratamientos que gC les habia dado. Me hallaba yo entonces ausente, y el llamado Larcheve- que quien, como ya he dicho, era uno de los cómplices, me profesaba alguna amistad, y sabiendo que su resolución era la de deshacerse de mí en caso de que me pusiese en defen- sa, se separó de los otros para anunciarme aquella desgracia; me encontró en una pequerTa altura en que me hallaba cuidan- do de nuestros caballos que pacian en un vallecillo inme- diato. Esta noticia me heló el corazón y no acertaba á de- cidir si huirla ó me quedaría; pero, en fin, como carecía de balas, pólvora y armas, y el expresado Lacheveque me hubiera asegurado la vida, con tal de que me mantuviese quie- to y guardase silencio, me abandoné al cuidado del Señor y me dirijí á ellos, sin decir nada. Engreído Duhaut con la nueva autoridad que habia ad- quirido por medio de su crimen, exclamó luego que me vio que era preciso que el mando turnase entre todos, á. lo que nada contesté porque estábamos en la necesidad de sufocar nuestro dolor y de ningún modo lo di á conocer, porque se trataba nada menos que de la vida. Ya puede sin embargo considerarse con que ojo veríamos el padre Anastasio, los Sres. Cavelier y yo á aquellos asesinos, cuyas victimas te- míamos ser en todos momentos. Es también cierto que disimulamos tan bien, que no se precavieron mucho de noso- tros y que la tentación de deshacernos de ellos en venganza de los que habían matado, no hubiera sido dificultosa, si M. Cavelier, el sacerdote, no se hubiera opuesto á ello fuertemen- te, exponiendo que la venganza á solo Dios se debía dejar. Entre tanto se apoderaron los asesinos de todos los efectos sin la menor resistencia, y después se resolvió continuar el camino. Levantamos el campo el día 21 con nuestros sal- vajes, y marchábamos con una lluvia tan fuerte, que a' fin nos vimos precisados á parar en la orilla de una gran barran- ca, donde uno de los salvages que habíamos dejado atrás, llegó con su muger. Seguimos el 22, y en el día 23 á no ser por el socorro de los salvajes nos hubiéramos ahogado el [ 99 ] padie Anastasio, M. Cavelier y yo al pasar un rio, poique no sabíamos nadar. Seguímos el £4 por un terreno cenago- so, y no nos separamos de una pequeña vereda que conducía al pueblo de los Cenis, hasta el dia 28 que descansamos en la orilla de un rio del mismo nombre, aunque distante de él cerca de dos leguas. Esperábamos haber podido atravesar este rio por algún va- do, como lo habia logrado M. de la Sale cuando regresó de aquel pais : pero habia crecido tanto que nos fue imposible, y tuvimos que hacer una canoa con pieles de toro. Las inmediaciones de aquel rio eran muy hermosas, aun- que el terreno no parecía ser de los mejores, es sin embargo agradable á la vista, está plantado de bellos árboles de mu- chas especies, entre los que hay uno muy hermoso al que 31. de la Sale dio el nombre de copal, cuyas hojas se parecen á las de los árboles llamados Arce y Tilo y que produce una goma del mejor olor : vimos en aquel mismo sitio un gran árbol, en el que M. de la Sale habia mandado grabar cruces y las armas de Francia. La caza de toros nos habia faltado y no los hablamos vuelto á hallar en otro lugar, desde que nos separamos del en que fue asesinado nuestro conductor ; los víveres comenzaban tam- bién á escasear, y se resolvió en el dia £9 enviar por delante algunos al pueblo de los Cenis, á averiguar si tenían y que- rían vender maiz : yo fui el nombrado para el efecto, con el cirujano Liotot, los llamados Teissiers y Hlens, que era un Flibustier que habia tomado M. de la Sale para la expedición en el pequeílo Goüave: me fue muy penoso emprender este viaje con un asesino y dos de sus compañeros que me eran también muy sospechosos; pero no habia otro arbitrio que obedecer. Como Duhaut se habia apoderado de todos los efectos, cuya mayor parte aseguraba que le pertenecían, él fue quien nos proveyó de algunas hachas y cuchillos para per- mutarlos por maiz y^caballos, si los podíamos conseguir. Pasamos el rio, y descubrimos un pais compuesto de colinas de mediana altura, cubiertas de nogales y encinos, no tan gruesos como los vistos antes; pero siempre muy agrada- bles : la yerba que los salvajes habían quemado, comenzaba L 100 ] á brotar de nuevo, y daba á las campiñas una verdura que causaba íi la vista la sensación mas interesante. Al cabo de algún tiempo de marcha divisamos á tres hom- bres á caballo, que venian del pueblo á encontrarnos, y cuando se acercaron, observamos que uno estaba vestido á la española teniendo un pequeño jubón, cuyo cuerpo era azul y el cabo de bombasí blanco como bordado : sus calzones eran muy estre- chos, las medias de estambre blanco, las ligas de lana, el som- brero largo y chato y largos sus cabellos. Nosotros creímos fnmemente que aquel era un español ; nos acordábamos de que se nos habia dicho que los de aquella nación estaban para llegar á aliarse con los Cenis contra sus enemigos, y á la verdad que estábamos embarazados. Caer en sus manos era lo mis- mo que no volver jamas y ser condenados á trabajar en las minas ó en las canteras de México ; por esta razón estábamos resueltos á dar un mal rato al español y retirarnos en seguida. Pero habiéndonos juntado, le hablé algunas palabras en español é italiano á que nada respondió ; por el contrario él usó déla palabra coMsaca que en la lengua délos Cenis significa yo no entiendo nada: los otros dos estaban completamente desnudos ; el caballo de uno ellos era tordillo, hermoso y car- gado con dos canastas muy bien hechas de carrizo, las que estaban llenas de harina cocida ó tostada, muy fina. Después de varias preguntas de que no obtuvimos respuestas satisfac- torias, hicimos fuego para darles de fumar, y entonces nos presentaron las canastas llenas de harina, advirtiéndonos que su gefe nos esperaba en el pueblo ; y iiabiéndonos hecho saber que hablan venido á recibirnos, les dimos algunos cu- chillos y porción de abalorios. Les preguntamos si habia entre ellos hombres como el que estaba vestido á la española, y dijeron que dos habia en una nación vecina llamada Assony y que el vestido de aquella manera habia estado en el territorio de los españoles, de donde trajo los vestidos que velamos: nos mostró en seguida un papel impreso en lengua castellana que contenia las indul- gencias concedidas á los misioneros del Nuevo México : nos dejaron después para volver á su pueblo y yo escribí una car- ta para avisar este encuentro. [ 101 ] Nos bajamos en seguida á comer y ü que pastasen nuestros caballos en las orillas de un arroyo cercano; mas no pasó mucho tiempo sin que volviesen á aparecer los mismos salva- jes, á los que hicimos señas de que se aproximasen y viniesen ft comer con nosotros : asi lo verificaron y volvieron ya con nosotros á tomar el camino de su pueblo, en el que no qui- simos entrar por ser de noche: el salvaje vestido quedó con nosotros y los otros se fueron. Habiendo amanecido, tomamos el camino del pueblo y el sal- vaje que habia permanecido con nosotros, nos llevó á la cabana del gefe. Encontramos otras varias cabanas y á los ancianos del pueblo, que venían de toda ceremonial encontrarnos con todos sus adornos, que consistian en pieles de bicerra curtidas y pintadas de diversos colores, que llevaban sobre la espalda como bandolera, en ramilletes de plumas, también pintadas, puestas en la cabeza como coronas: seis ó siete de ellos tenían hojas de espadas cuadradas como las que usan los espaíloles, y en su empuñadura habían colocado un gran ramillete de plumas y muchos cascabeles ó campanítas: algunos llevaban mazas íi lasque daban el nombre de rompecabezas, otros llevaban ar- cos y dos flechas solamente, otros tenían lienzos blancos sobre los hombros y todos la cara embarrada de negro ó encarnado : doce eran los anciamos que marchaban en medio, los guerre- ros y los jóvenes iban en fila al lado de los ancianos.* Habiendo entrado la comitiva, nos hizo señas el que nos conducía, de que nos parásemos : hécholo así, levantaron todos los ancianos las manos sobre la cabeza, dando alhari- dos que excitaban la risa, que era conveniente reprimir : se acercaron después á abrazarnos, acariciándonos de mil ma- neras : nos dieron en seguida que furnar y nos trajeron á un francés provenzal, que era uno de los que M. de la Sale dejó en su primer viaje. El nos agasajó mucho, estaba entera- * No era otra la comitiva y aparato de los iirocesiones de los Sabinos en tiempo de su rey Numa, segim las ha descrito la valiente pluma de M. Florian. El observador no puede dejar de complacerse en, descubrir que la marcha de la jspecit humana en su diferentes periodos es la misma en todas las par- tes del mundo. 12 [ 102 ] mente desnudo, como todos los domas, y lo que es mas ex- tnuTo, casi habia olvidado su idioma natural. El cortejo nos condujo (i la cabana del gefe y de ella íi otra mas grande distanto un cuarto de legua : aquella era en la que se celebraban los grandes regocijos públicos y las a- sambleas : la encontramos guarnecida de esteras para que nos sentíisemos : se colocíiron al rededor nuestro los ancianos, se nos dio de comer habichuelas, pan de maiz y otro que hacen con harina cocida, y nos dieron por último de fumar. Durante la comida nos enterfiron del designio que traían entre manos de declarar la guerra íi una nación su enemiga, Ti la quedaban el nombre de Cannohantimo: concluido esto, los obsequifimos, según nuestra costumbre, con cuchillos y abalorios para sus mugeres : les pedímos maiz en cambio de lo que quisieran ; prometieron díanoslo, y el francés que estaba con ellos, nos dij-o que habia un cantón, en que tenia su cabana, mas abundante en maiz que aquel lugar : resolvimos ir á él y habiéndolo propuesto íi los ancianos, quisieron acompañarnos con un gran número de jóvenes : preparamos nuestros caballos y partimos para el efecto. Encontríimos cabanas sobre el camino de distancia en dis- tancia formando aldeas, según el terreno lo permilia: al der- redor de cada cabana, tienen de trecho en trecho un solar : las hay muy grandes en que nadie habita y que solo sirven para las reuniones públicas, para los regocijos y para decidir sobre la paz 6 la guerra. Las cabanas habitadas no pertenecen sin embargo (\ un solo dueño; en algunas de ellas viven quince y hasta veinte familias, de las que cada una tiene su terreno, su lecho y sus muebles en particular, sin que haya por esto tabique que se- pare unas de otras : nada tienen de común mas que el fuego, colocado en el centro de la cabana y que jamas se extin- gue : lo encienden con gruesos árboles, juntos por la punta, y alumbrado una vez, dura mucho tiempo, siendo obligación del primero que llega el conservarlo. Las cabanas son redondas y con cimborio, en figura de col- mena ó de un turón de heno: el difimetro de algunas es de sesenta pies ; para construirlas plantan árboles tan gruesos [ 103 ] como el muslo, altos y derechos ; los van colocando en cír- culo y juntan sus puntas por arriba para hacer el cimborio; los ocultan y cubren luego con yerbas. Cuando cambian de lugar, queman ordinariamente las cabanas que abandonan y construyen otras en la nueva habitación que han elegido. Por lo que toca á sus muebles, consisten en algunas pieles de toro ó bicerra rnuy bien curtidas, en esteras perfectamente tejidas, en loza de barro que trabajan con mucho primor y en que cuecen sus alimentos, sus raices y su Saf^amile. Usan también de canastitas de car7as para guardar su fruta y sus demás provisiones : sus camas son de carrizos de dos 6 tres pies de altura, cubiertas con mucha propiedad, con este- ras, pieles curtidas de toro y bicerra que conservan su pelo y les sirven de colchón y cobertor, estando sepurafios unos lechos de otros por medio de esteras colgadas. Cuando llega el tiempo de labrar la tierra, se avisan unos k otros, y se ocupan frecuentemente en el trabajo mas de cien personas de cada sexo. Concluido el laborío de aquel pedazo de terreno y pasada una parte del dia, los dueños dan de comer á los demás y el resto del dia lo emplean en bailar y divertirse : van haciendo otro tanto en todos los terrenos y así se benefician todos. Este trabíijo consiste en cavar la tierra, en su superficie solamente, con una especie de azadones de madera, que for- man hendiendo una estaca por la punta que sirve de mango y poniendo en la otra punta palos puntiagudos metidos en la hendidura : este instrumento les sirve de azada ó de pala, por- que carecen absolutamente de utensilios de fierro. Luego que han labrado 6 cavado la tierra del modo dicho, las mu- geres tienen cuidado de sembrarla con inaiz, haba, calaba* zas, sandías, legumbres y granos de que se alimentan. Los salvajes son generalmente bien formados , pero se desfiguran con las rayas que se hacen en la cara, desde la frente, por debajo de la nariz, hasta la punta de la barba : para lograrlo se pican la piel con agujas y otros instrumen- tos con punta, hasta hacerse sangre y entonces ponen encima carbón molido que penetra la piel y se mezcla con la sangre: por este medio se pintan figuras de animales, de hojas y [ 104 ] flores en la espalda, en los muslos y otras partes de su cu- . erpo, usando para el efecto el color negro ó encarnado, y al- gunas veces de los dos juntos. Las mugeres son de una estatura bien proporcionada, y no serian ciertamente desagradables si se conservasen en su es- tado natural ; pero ellas se desfiguran aun mas ridiculamente que los hombres, no solo por las rayas que se forman lo mis- mo que ellos en el rostro, sino también por otras figuras que se hacen poner en el rostro hasta la extremidad de los ojos, y en otras partes del cuerpo ; hacen ostentación particular- mente de las que tienen en el seno y son reputadas por las mas hermosas las que tienen un mayor número de figuras : no puede dejar de serles muy sensible y doloroso picarse aquella parte del cuerpo. Ellas son las que desempeñan la mayor parte de los traba- jos de la casa ; muelen el maíz, cuecen la harina, hacen de e- 11a la papilla que llaman sagamité : ellas preparan las carnes, ya acecinándolas, ya de otro modo ; van íi traer la leña que necesitan y á conducir la carne de los toros ú otros animales que sus maridos han matado en los bosques comunmente muy lejanos, para condimentarla según he dicho ; ellas son lasque siembran y cultivan la tierra después de preparada, y puede decirse que están á su cuidado casi todos los trabajos de la vida. Fo no observé que aquellas mugeres fuesen naturalmente inclinadas á la incontinencia ; pero su virtud no resiste á cual- quiera friolera que se les regala, como agujas, cuchillos y espe- cialmente abalorio, con el que se hacen collares y brazaletes ; tal tentación encuentra resistencia ])ocas veces, y no es de es- tragar, porque carecen de religión y de leyes que les prohiban a- quel comercio criminal. Sin embargo, cuando los maridos las sorprenden in/rag-rt?ií/, las castigan, aunque raras veces, sepa- rándose de ellas ó por otro medio. Como el pais da aquellos salvajes no es frió generalmente hablando, viven desnudos, menos cuando sopla el viento del norte ; en este caso se cubren con pieles curtidas de toro ó de corzo: el vestido délas mugeres consiste en alguna j)iel, estera ó pedazo de lienzo, de que forman una especie de ju- [ 105 ] boíl que les baja hasta la pierna y coa el que, por delante y por detras ocultan su desnudez : su peinado no es otro que trenzar sus cabellos y amarrarlos por detras de la cabeza. Por lo que toca á sus costumbres, es necesario confesar, que tanto estos salvajes, como todos los del gran continente, no son malos si no se les ataca ó perjudica. Llegado este caso, son ellos feroces y vengativos ; asechan la ocasión de vengar- se, y no la pierden cuando se les presenta; por esta causa se mantienen siempre en guerra con sus vecinos y conservan el genio marcial que los domina. Por lo que respecta al conocimiento de Dios, no nos pareció que tuvieran una noción cierta de él ; es verdad que en el ca- mino encontramos á algunos, quienes, según lo que pudimos entender, creian que habia un ser superior á todas las cosas, loque explicaban levantando las manos al cielo ; pero no te- mían á aquel ente, poique estaban persuadidos de que no in- tervenía en las cosas de la tierra ; ni unos ni otros tenian tem- plos, ceremonias ni sacerdotes, lo que constituye el culto di- vino, pudiéndose inferirse de esto que no tenian religión, al menos que nosotros hubiéramos visto. No les faltan sin embargo algunas ceremonias ; pero no pudimos entonces, ni hemos podido después descubrir, si ellas se referían á un supremo ó con pretensiones de tal, ó si eran puramente ceremonias y costumbres populares. Cuando el maiz ha llegado a estar maduro, recogen cierta cantidad en una canasta y la colocan en una silla ó asiento de ceremonia, que usan solamente para sus misterios, y que es visto con la mayor veneración. Colocada la canasta y el maiz en aquel venerable asiento, extiende un anciano las manos sobre ella y está hablando lar- go tiempo ; este mismo viejo distribuye el maiz á las mugeres y no les es permitido comer del nuevo hasta que han pasado ocho dias de la ceremonia. Parece por esto, que quieren o- frecer ó bendecir las primicias de su cosecha. Cuando celebran sus asambleas, y la sagamité, que es el principal de sus alimentos, está ya cocida en una grande olla, la ponen sobre el tfiburete de ceremonia, extiende un anciano [ 106 ] las manos sobre ella, murmura entre clientes largo rato ciertas palabras y se come en seguida. Luego que los jóvenes están ya bastante vigorosos para po- der ir á la guerra y los declaran soldados, se les equipa con u- na piel ó pedazo de lienzo, su arco, carcaces y flechas sobre aquel mismo taburete ya dicho ; un viejo extiende también las manos sobre ellos, dice algunas i)alabras y se entregan los vestidos, arcos, carcaces y flecha á aquellos para quienes se han destinado: puede decirse que esta costumbre es una es- pecie de orden de caballeria entre ellos. De las mismas ce- remonias usan en el cultivo de las legumbres y de otras se- millas particularmente en el del tabaco, de que poseen una especie que tiene las hojas mas pequeñas que el nuestro : casi siempre está verde y lo usan en hojas. {*) Esto es todo lo que nosotros observamos entre los Ce?iis, cuyas costumbres y modales se diferencian muy poco de los de otras naciones que vimos antes y después. En lo tocante á religión de lo expuesto no se deduce que no la hubiera absolutamente en aquel dilatado continente ; cuanto tengo dicho no comprende á mas naciones que á las que vimos nosotros y bien pudo ha- ber otras que tuvieran algún culto; y aun recuerdo haber oi- do asegurar á Mr. de la Sale, que los Tahenssa, pueblos veci- nos de los Illinois, adoraban al fuego y lenian ciertas cabailas que les servian de templos. Antes de concluir esta corta relación especial de la religión, usos y costumbres de los Genis que emprendí por casualidad, debo advertir aquí, que por la palabra nación no se entiende, cuando se habla de los salvajes, un pueblo que ocupa una provincia entera. Sus naciones no son mas que unos pocos de pueblos situados en el espacio de quince, veinte ó treinta leguas cuando mas, y esto es lo que constituye un pue- (*) Esta relación ingenua de las costumhrcs y usos de los in- dios Genis habrá convencido al lector de la injusticia con que se ha dudado de su razón. Recordando la historia de los pue- blos di Esparta y particularmente del Egipto, hallaremos mU' chas analogías con estos pueblos de América. ¿ Y aun se les lla- man bárbaros? t 107 ] blo ó nación diferente; pero mas se distinguen por el idio- ma que por los usos semejantes, ó que poco les falta para ser- lo. El lector podrá recordar los nombres que tengo ya refe- ridos de las naciones, que pasamos hasta nuestro arribo á. la de los Genis. Muy poco dista de ellos la de los Piou, á la en- trada del primer pueblo le dejé al lector, y vuelvo yaá tomar el hilo de mi relación acerca del viaje que hicimos para lle- gar al pueblo á que nos condujo el francés que estaba entre los salvajes. Arribamos por la tarde, saliéndonos á encontrar dos ancia- nos en los mismos términos que los primeros lo habían hecho. Nos llevaron á su cabaíla invitándonos á que nos sentásemos en esteras y nos dieron de fumar ; pero en esta vez no fueron tan- tas ceremonias como en otras. Como les dimos á entender que estábamos fatigados, ya no se trató después de esto mas que de descansar. El francés provenzal quiso que fuésemos á su cabana, es decir, á la que el habitaba, porque, como he dicho, hay mu- chos alojamientos y aquella era una de las mas grandes del territorio y habia servido de habitación á uno de sus gefes muerto poco después. Se nos seílaló un lugar para nuestros equipages y carga mentó ; las mugeres prepararon luego la sagamite y nos la presentaron : después de comer preguntamos al francés si estábamos seguros, y habióndonos contestado que si, nos acostamos, aunque sin entregarnos á un profundo sueno. El dia 10 de Abril de 1687 vinieron por nosotros los an- cianos y nos llevaron á la cabana, en que primero habíamos estado : después de las ceremonias acostumbradas, compra- mos maíz, harina y habas, dándoles en cambio cuchillos, agujas, sortijas y otras frioleras : adquirimos también un ca- ballo entero y muy hermoso que en Francia hubiera costado el valor de veinte doblones y por el que solamente dimos una hacha. El dia lo pasamos en estos pequeños negocios y en acopiar víveres, que las mugeres nos trahian. Hecho esto, se resolvió que continuase yo allí reuniendo provisiones, mientras que los demás regresaban á verse con nuestros camaradas que deja- [ 108 ] ftios del otro lado del rio, les conducian víveres y los invitaban . á venir con'toda seguridad. Aunque no consideraba yo que era mucha la que tenia en- tre los salvajes y experimentaba ademas el disgusto de no entender palabra de su idioma, estaba contento de haber que- dado, porque se me podria presentar ocasión de ver á los otros dos franceses, que se separaron de M. de la Sale en el viage que hizo á este mismo pais, é informarme de ellos si hablan oido hablar alguna cosa del rio Missicipi ; porque yo insistía siempre en el designio de alejarme de nuestros malha- dados asesinos. Luego que se fueron, regalé un cuchillo á un salvaje joven para comprometerle á que avisase á aquellos dos franceses, que deseaba hablar con ellos : entre tanto me continuaba ocu- pando en mi pequeña negociación de víveres y en recibir muchas visitas de los ancianos, que me hablaban siempre por señas de su guerra próxima, y les respondía con la cabeza, aunque nada les entendía por lo común. Por la noche tenia ademas la molestia de estar cuidando mis mercancías que tanto codiciaban los salvajes. Este cuidado, que no me permitía entregarme á un siieño profundo, hizo que pudiese observar á uno que se dirijía a mi cama, y entreabriendo los ojos, vi á la luz del fuego, que nunca se apaga en las cabanas, á un hombre enteramente desnudo, con arco y dos flechas en la mano, que vino á sen- tarse cerca de mí sin hablarme nada : lo hice yo y nada me contestó, y no sabiendo que pensar de aquello, eché mano de mis pistolas y de mí fusil, lo que visto por aquel hombre, se fue á poner detras del fuego, y le seguí, habiéndole con- siderado con atención, me reconoció y habló echándoseme en mis brazos: entonces conocí que era uno de los franceses que habia mandado buscar. Entramos en conversación; le pregunté por su camarada y me dijo que no se habia atrevido á venir por temor á M. de la Sale: los dos eran marineros; aquel que era bretón se llamaba Ruter y el otro, natural de la Rochelle, Grollet. En tan poco tiempo hablan ya contraído todos los usos de los sal- vages, y no eran ya ellos mismos otra cosa que salvajes. [109 ] Estaban desnudos, su cara y su cuerpo con figuras como los otros : habían tomado muchas mugeres, se habían hallado en la guerra, en laque mataron con sus fusiles muchos enemigoi lo que les dio gran reputación ; pero se les acabó la pólvora y el plomo, les eran ya inútiles sus armas, y les fue preciso aprender á manejar el arco y la flecha. En cuanto á la re- ligión no les daba cuidado y la vida libertina que pasaban, les era muy de su gusto. Instruí á aquél de la muerte trágica de M. de la Sale, sn sobrino y otros, de lo que se manifestó sorprendido é indigna- do, al méno&-en la apariencia : le pregunté si habia adquiri- do alguna noticia del rio Missicipi, me contestó que nó, agregándome que á cuarenta leguas de aquel punto hacia el norueste habia un rio grande, en cuyas orillas contaban los salvajes que habitaban muchas naciones. Esto me hizo creer que ese rio era el mismo que buscábamos, ó que al menos era necesario para ir á él tomar aquel camino y pasar por allí: le di de comer y nos fuimos á descansar. En los dias siguientes continué mis comercios y los viejos sus visitas, hablándome sin cesar de su proyectada guerra. Al- gunos de ellos me refirieron que habian estado entre los espa- ñoles "que distaban de allí doscientas leguas ó cerca de ellas. Me dijeron algunas palabras de su lengua, como por ejem- plo .caballo, capitán y otras. Entre tanto Ruter regresó á su casa y le di un poco de abalorio para sus mugeres, supli- cándole quarae enviase al otro francés. Miéntras*yo me entristecía solo en el mayor extremo, y no lo hubiera conocido á no ser por un salvaje viejo que lo observó; creyó él que para quitarme el fastidio era conveniente darme una compañera y vi con sorpresa á una muchacha que vino á sentarse junto á mí, y que el viejo me decía que la habia traído para que fuese mi muger y que me la cedía. Pero otros eran los negocios y cuidados que me ocupaban la cabe- za, nada dije á la pobre muchacha, la que estuvo un rato en espera y viendo que no me la acercaba y que permanecía in- móvil sin significarle nada, se retiró. Así continué algunos dias sin recibir noticias hasta que en el 6 de Abril llegaron los dos franceses referidos en traje d« K [ 11» ] salvages ; no tenían mas que un cobertor, plumas de gallo de la india en las espaldas, la cabeza y los pies desnudos : el llamado Grollethabia reusado pintarse el semblante, como su compañero lo habia hecho, y cortarse los cabellos á usanza de los salvajes: aquellos pueblos los tienen cortados á excep- ción de un mechón que se dejan á modo de los turcos en la parte superior de la cabeza : algunos sin embargo tienen trenzas por los lados. Volví á referir la desgraciada historia de M. de la Sale; me reiteraron que habian oído hablar á los salvajes de aquel gran rio, que se hallaba á las cuarenta leguas hacia el norueste y también que habia hombres semejanies á nosotros que habi- taban en sus orillas. Esto me confirmó en la opinión de que aquel era el rio solicitado, y que era indispensable pasar por él para volver al Canadá ó dirijirse á la nueva Inglaterra. Me aseguraron que serian gustosos de la partida ; les reco- mendé el secreto que no supieron guardar, porque sabiendo que M. Cavelier y otros debian venir, fueron á encontrarlos y yo quedé solo. En el dia 8 llegaron tres hombres, de cuyo número era el provenzal, con un caballo cada uno, enviados por nuestros compañeros á llevarse todos los víveres que yo habia recogido, porque habian resuelto, según me dijeron los enviados, regre- sar ala habitación de S. Luis, con dirección á la bahía d( este nombre, de que nos habíamos separado ; decían que si intento era construir una lancha para atravesaré irse á las is- las de América. Tal designio era puramente imaginario, porque todos los carpinteros habian muerto, y aunque viviesen, eran tan ignorantes que no hubieran acertado á hacerla ; fal- taban ademas las herramientas necesarias ; fue sin embargo preciso obedecer y partir con nuestras provisiones ; el 9 noj detuvimos en el camino por la lluvia y no pudimos arriba! hasta el día 10. El padre Anastasio me confirmó que aquel era su designio, y me refirió el trato duro que los asesinos les habian dad{ después de mi partida, é ignoro con que espíritu h'ciéroi bando aparte y se separaron para comer del padre AnastasiOj de los Sres. Cavelier y de mí, lo que fue de nuestro gust( f 111 ] porque al menos podíamos ya conversar libremente, lo que antes no nos atrevíamos á hacer; pero de víveres no nos daban mas que lo preciso para no morir de hambre, y de carne nada, aunque por la caza la conseguían frecuentemente. Continuando nuestros tiranos en el designio de volverse á la gran habitación, juzgaron que no eran bastantes para el e- fecto los caballos que tenían ; con tal motivo diputaron á cua- tro de ellos, siendo uno el francés vuelto salvaje, para que fue- sen al pueblo de los Cenis y procurasen comprarlos. Entre tanto tomamos la resolución por nuestra parte de hacer saber á aquellos señores que nos hallábamos demasiado fatigados para poder regresar á la dicha habitación, y que habíamos pensado quedarnos en el pueblo de los Cenis; el Sr. Cavelier se encargó de esta comisión y de la de suplicar á Duhaut que nos diese algunas hachas, cuchillos y abalorios, pólvora y plo- mo, con oferta de darle su recibo. Mr. Cavelier hizo en efecto sus proposxiones á Duhaut, co- loreándolas lo mejor que le fue posible, y Duhaut le remitid para darle la respuesta al otro día. Consultó el asunto con sus comparTeros, y se nos hizo saber que nos deseaban complacer, que nos daríanla mitad de sus efectos y todas las hachas; que como su intento era procurar llegar ala grande habitación y construir una lancha, en el solo caso de que se les frustra- sen sus deseos, volverían á buscarnos: resolvieron dejaren nuestra compañía al padre Zenobio, que nos podría ser muy útil, porque habiendo ido con Mr. de la Sale en su primer descubrimiento, poseía el idioma de las naciones cercanas al rio Missicipi. Nos encargaban que mientras ellos efectuaban su viaje, procurásemos acopiar víveres, asegurando que si lo- graban la construcción de la lancha proyectada, nos lo avisarí- an para que fuésemos á incorporarnos. Mr. Cavelier prome- tió cuanto quisieron, aunque no era nuestro intento cum- plirlo. Todos sin embargo nos engañábamos : la Providencia había dispuesto las cosas de otro modo. Permanecimos algún tiempo en espera de los que habían mandado al pueblo de los Cenis y que tardaron en el viaje mas de lo regular : el crecimiento del rio fue el pretesto ; pero ^l verdadero motivo, el que, como tengo dicho, aquellas mu- [ 112 ] geres aunque no gustan ríe ofrecerse, no son difíciles en pres- ^ tarse, cuando se les regala alguna cosa ; el tiempo no pareció largo á los comisionados. Las cosas cambiaron entre tanto de aspecto, según se verá. Uno de nuestros franceses vuelto salvaje, á quien yo habia referido nuestro pensamiento de ir á buscar el rio MissicipU lo comunicó á Duhaut y también las cosas que me habia con- tado ; impuesto de ello Duhaut mudó la resolución que tenia de ir á la habitación de S. Luis y tomó la de seguir nuestro in- tento y camino. Comunicó á sus compañeros el nuevo pro- yecto y fue de la aprobación de todos, y nos hicieron saber que se habian propuesto adoptar nuestro designio. No pequeña aflicción nos causó este cambio, porque toda nuestra ansia era separarnos de aquellos malvados, de quienes no podiamos prometernos otro trato, que el indigno que ha- bian dado á Mr. de la Sale y á sus compañeros. Tuvimos sin embargo que disimular, porque no habia otro remedio. Pero la justicia de Dios proveyó lo conveniente y nos libertó. Quedamos en el campamento todo el resto de Abril en espe- ra de los enviados, y queriendo Duhaut comezar á realizar el designio que habia concebido de ir en compañía nuestra á buscar el Missicipi, nos mandó avanzar al rio, para pasarlo luego que estuviese bajo é irnos al pueblo de los Cenia. Pasamos aun tres dias mas en aquel puesto, al cabo de los cuales el llamado Larcheveque, uno de los enviados, pasó al rio : él era criatura de Duhaut y cómplice en el asesinato de Mr. de la Sale. Supo por él que el llamado Hiens, uno tam- bién de los comisionados y que se habia quedado al otro lado del rio, habia entendido la mudanza de resolución de Duhaut y los demás, y que disentía en opinión. Este Hiens era un Flibustier, Alemán de nación, á quien Mr. de la Sale tomó en el pequeño Gouave y uno de los cómplices en los pasados asesinatos. Habiendo permanecido algunos dias mas en aquel lugar, llegó Hiens acompañado de dos franceses que se habian vuelto salvajes y veinte mas de los segundos ; inmediatamente se fue á buscar á Duhauí y después de conversar con él, le aseguró que no concurría en el pensamiento de ir por el rumbo del Mís- icipi, que era tan peligroso : le pidió parte de los efectos de 1 r» I ó . t 113 ] que se habia apoderado, y Duhaut se los negó, afirmando que todas las hachas eran suyas. Hiens que según parece tenia formado de antemano el designio de matarle, sacó su pistola y la descargó sobre Duhaut que cayó muerto á cuatro pasos de distancia. Al mismo tiempo Ruter que acompañaba á Hiens, disparó un fusil sobre el cirujano Liotot y le atravesó el cuerpo con tres balas. Estas muertes ocurridas á mis ojos me causaron el mas ter- rible espanto, porque temia que se hiciese conmigo otro tanto y eché mano de mi fusil para defenderme ; Hiens que vio esto» me gritó que no temiera y que dejííra mis armas ; que él habia vengado la muerte de su patrón. Tranquilizó también áM. Ca- velier y al padre Anastasio que se hablan asustado tanto co- mo yo, asegurándoles que no pensaba perjudicarlos en lo mas pequeño, y que aunque habia sido del complot, no se hallaba presente cuando Mr. de la Sale fue asesinado, lo que cierta- mente hubiera impedido. Liotot vivió algunas horas mas y túvola felicidad de poder- se confesar, después de lo cual le acabó de matar Ruter de un pistoletazo ; y en seguida se hizo un hoyo en la tierra en que se le sepultó junto con Duhaut, recibiendo mas ho- nores que los que habian dado á M. de la Sale y á su sobrino M. Moranget, que fueron abandonados á servir de pasto á las fieras. Así pngáron su merecido aquellos asesinos, mu- riendo del mismo modo con que habian matado á otros. Los salvajes que vinieron en compañía de Hiens y fueron testigos de aquellos asesinatos, quedaron muy espantados, y las consecuencias pudieron haber sido muy funestas,- porque nosotros teníamos necesidad de ellos ; fue preciso disimular la cosa, dándoles á entender que para aquellos castigos ha- bia habido el motivo, de que teniendo ellos toda la pólvora y plomo, no querian participar con nadie y se manifestaron satisfechos de la escusa. El llamado Larcheveque, hombre adicto á Duhaut, se habia ido á la caza por la mañana é ig- noraba la desgracia de su protector, y como Hiens habia re- suelto deshacerse de él, el padre Anastasio y ?»I. Cavelier pro- curaron disuadirle, y yo me adelanté á noticiarle el desastre ocurrido y á aconsejarle el modo con que se debia conducir: k2 [ 114 ] así le recompensé el anuncio qire me fue á hacer de la mu- . erte de M. de la Sale : le presenté á Hiens, quien le ofreció no inferirle mal alguno y recíprocamente se dieron las mis- mas seguridades. De esta manera todo quedó en paz, y no se trató ya mas que de partir y de acordar lo que convendría hacer. Hiens tomó la palabra y espuso que había prometido á los salvajes acompañarlos á la guerra, cuya palabra estaba re- suelto á cumplir; que sí queríamos esperar su regreso, enton- ces se resolvería á donde nos debíamos dirijir pudiendo per- manecer entre tanto en el pueblo de los Cenis, Así se resol- vió ; cargamos todos nuestros efectos sobre los caballos, y marchamos al mismo sitio y á la misma cabana, en que antes habíamos estado, cuyo gefe nos destinó la mitad para alo- jamiento y para colocar nuestro equipaje. Habiendo llegado el día de la partida para aquella guerra, salió Hiens acompañando á los salvajes, seguido de cuatro de nuestros camaradas y de dos franceses semisalvajes y cada uno de estos seis tomó su caballo. Hiens nos dejó to- dos sus efectos, rogándonos que le esperásemos, lo que pro- metimos, ya porque no estaba otra cosa en nuestro arbitrio, como porque los salvajes hubieran podido perjudicar é impe- dir también nuestra marcha. Nos abandonamos á la Pro- TÍdencía, quedando juntos el padre Anastasio, los Sres. Cavelier, el joven Talón, un muchacho parisiense y yo : que- daron también los viejos que no podían ir á la guerra y las mugeres : á nosotros se nos juntaron dos franceses mas, el provenzal y M. Teissier que estaban del otro lado del rio. Mientras duró nuestra mansión y los guerreros se hallaban en su campaña, los ancianos nos hacían frecuentes visitas y nos comunicaban noticias del ejército, por señas que no en- tendíamos. Nos alarmamos por ver llorar á las mugeres de tiempo en tiempo sin causa aparente: nos había contado M. de la Sale que aquellas mugeres lloraban cuando se quería hacer perecer á alguno; pero supimos que el motivo de sus lamentos era la memoria de los que habían muerto en las guerras anteriores, y esto nos tranquilizó. No estábamos sin embargo faltos de cuidado, porque los viejos nos observaban, [ 115 ] particularmente cuando por la mañana y por la tarde hacía- mos nuestras oraciones. Nos aprovechamos de esta ocasión para darles á entendeí que así cumplíamos con nuestros deheres para con Dios, único soberano de todas las cosas ; mostrándoles el cielo, procurábamos, lo mejor que nos era posible, hacerles concebir que era onmipotente, hacedor de todas las cosas, el que ha- cia producir á la tierra y que naciesen las frutas y legumbres que ellos comian ; pero como esto era por señas no nos en- tendían y trabajábamos sin provecho. El dia 18 nos causó gran sorpresa ver entrar á nuestra cabana á muchas mugeres embarradas de tierra que se pusie- ron á cantar á gritos canciones diferentes, que no entendía- mos : comenzaron en seguida á bailar en círculo, sin que adivinásemos cosa de aquel regocijo, que bien duró sus tres horas: después supimos que se hablan recibido noticias de una victoria ganada por sus guerreros sobre sus enemigos y aquel baile terminó con algunos pedazos de tabaco, con que los de la cabana obsequiaron á los de fuera. Como al medio dia vimos al que habla conducido las no- ticias, quien aseguraba que habla matado cuarenta al menos de sus enemigos. Concluidas las demostraciones de regocijo, fueron las mugeres á preparar los víveres, unas á moler eí maiz, otras á cocer la harina lo que ellas llaman hervir y otras á hacer el pan, todo para llevarlo á los guerreros: al dia sigui- ente marcharon á su encuentro y á nosotros nos pareció de política mandar á uno de los nuestros : el comisionado fue el provenzal y partió con las mugeres. En la tarde del mismo dia llegó el ejército vencedor y so nos impuso de que los enemigos á quienes nombran Canno- hatimo, los esperaron á pie firme; pero que habiendo oido ei ruido y presenciado los efectos de las armas de fuego de nu- estras gentes se pusieron en fuga, siendo cuarenta y ocho entre hombres y mugeres los cojidos ó muertos por los Ceñís : mataron á varias mugeres que se habian salvado sobre los tirboles, no habiendo podido hacerlo en otra parte. Por esta razón quedaron en el campo mas mugeres que hombres. I 116 ] Condujeron vivas á dos de aquellas mugeres y una de ellal 'tenia la cabeza despellejada para quitarle el cabello y la piel y á esta infeliz la devolvieron dando una poca de pólvora y una bala, y diciéndole que condujese aquel presente á su nación y le intimase que siempre seria tratada de la misma manera. Esto era decirle que los matarian con las armas de fuego. La otra muger habia sido reservada para ser sacrificada á la venganza y al furor de las de su sexo : aquellas mugeres armadas de gruesos bastones puntiagudos y afilados por la punta, condujeron á aquella desgraciada á un lugar separado donde comenzCuon aquellas furias á darle golpes, ya con la punta del bastón, ya descargándoselo con toda su fuerza: una le arrancaba los cabellos, otra le cortaba un dedo, y no habia una sola de aquellas mugeres irritadas que no discur- riese un nuevo toríÉento que hacerle sufrir, en venganza de sus parientes que habian muerto en las guerras anteriores : aquella infeliz no podia dejar de desear la muerte como un favor. Hubo en fin una que le descargó un golpe sobre la cabeza con un grueso bastón y otra que le traspasó varias veces el cuerpo como con un asador, dejándola muerta en el sitio. Destrozaron en seguida el cuerpo de aquella malhadada víc- tima y dieron (i comer los pedazos á los esclavos de su na- ción que tenian hacia largo tiempo. Así fué como nuestros guerreros volvieron triunfantes de su expedición. De todos los prisioneros que tomaron, no perdonaron la vida mas que á dos muchachos, y trajeron las cabelleras de los muertos para que les sirviesen de trofeos y muestras de la victoria. Al dia siguiente se reunieron los salvajes en la cabaiTa del gefe, á la que condujeron en ceremonia todas las cabelleras. En la misma y en las de los demás gefes se celebraron grandes regocijos, que duraron tres dias, y á los que nuestros compaíTeros, autores verdaderos del triunfo, fueron invitados y regalados según su modo. No disgustará al lector que le refiera aquí los pormenores de aquella ceremonia, que con- cluida en las cabanas de los gefes se reiteró en la nuestra. [ n^ ] Antes de todo fue aseada y compuesta la cabana : extendie- ron en el suelo muchas esteras, sobre las que se sentaron los ancianos y los notables del pueblo. Hecho esto, uno que era el orador ó maestro de ceremonias pronunció un discur- so que no entendimos. Poco después de concluido el discurso, llegaron los guerreros que habian hecho la matanza en la batalla, marchando en fila, con un arco y dos flechas en la mano, precedidos por sus mugeres que llevaban las cabelleras del enemigo ; dos muchachos á quienes, como he dicho, ha- bian perdonado la vida, y de los cuales uno que estaba he- rido, venia montado á caballo, cerraban la comitiva : íi la cabeza de ella marchó una muger con una gran caña en la mano. Conforme iban llegando á la presencia del orador, cada uno de los guerreros tomaba la cabellera de mano de su mu ger y se la presentaba á los cuatro vientos, la ponia en tierra, y practicaron con todas igual ceremonia hasta concluir. Terminada que fue, se sirvió á todos la sagamité que las mugeres tenian preparada, y antes de comenzar á comerla, el maestro de ceremonias tomó una poca de eila en una vasija, y la fue á presentar como en ofrenda á las cabelleras ; en- cendió en seguida una pipa de tabaco y sopló el humo sobre las cabelleras. Se pusieron luego á comer y á los mucha- chos prisioneros sirvieron pedazos de la carne de la muger sacrificada; se presentaron también lenguas de los enemigos, hechas cecina, concluyendo todo con bailes y canciones de su usanza ; en ninguna cabana dejaron de hacerse las mis- mas ceremonias. Fue indispensable dejar pasar aquellos regocijos antes de hablar de nuestro designio, de que yo habia concebido tan buenas esperanzas. Los llamados Teissier y Larcheveque, cómplices en el asesinato de M. de la Sale, habian ofrecido reunírsenos, siempre que M. Cavelier quisiera perdonarlos, como les habia ofrecido, y estuvimos en su espera hasta el dia 25, en que los franceses que se hallaron en la guerra, vini- eron á nuestra cabana y entonces hablamos del asunto. lliens y los de su partido desaprobando nuestro proyecto, nos alegaron las dificultades que juzgaban insuperables y que [ 118 ] nos pondrinn en el caso de perecer ó en el de retroceder. ^iens nos dijo que por lo que á él tocaba, no pensaba en exponer su vida para volver á Krancia, á que le cortasen la cabeza. Viendo que nada le respondiamos y que no variá- bamos de intento, será preciso, nos dijo, repartir los efectos. Para llevarlo á efecto, separó para el padre Anastasio, loí Sres. Cavelier y para mí treinta hachas, cuatro á cinco do- cenas de cuchillos, cerca de treinta libras de pólvora y otro tanto de balas. A los demás les dio dos hachas, dos cuchillos, dos ó tres libras de pólvora é igual porción de balas, quedán- dose con el resto. Por lo que respecta á los caballos, se tomó los mejores, dándonos los mas chicos. M. Cavelier le pidió algunos abalorios que le concedió ; se apoderó de los vestidos, equipages y demás efectos de la pertenencia del difunto M. de la Sale y también de unas mil libras de plata de la propiedad de M. le Gres, que habia fallecido en la ha- bitacion de San Luis. Antes de nuestra partida tuvimos el penoso disgusto de ver A aquel malvado pasearse vestido con la casaca de grana galoneada, que hnbia pertenecido áM. de la Sale y de la que se habia aposesionado como de todo lo demás. Hiens y sus adictos se retiraron luego á su cabana y noso- tros resolvimos no diferir mas tiempo nuestra marcha. Pre- paramos con este fin nuestros caballos, lo que causó gran sorpresa á los salvajes y en especial á su gefe, que hizo y dijo cuanto le fue posible para que no partiésemos, ofreciéndonos mugeres, víveres en abundancia y exagerándonos los peligros inevitables de la empresa, tanto por parte de los enemigos de que estaban rodeados, como por los malos y penosos caminos, los bosques y rios que teníamos que pasar, Pero nosotros permanecimos firmes y solamente les pedímos la gracia, que costó trabajo conseguir, de que nos diesen dos guias para llevarnos á los Cappa; pero como porfiamos y prometimos recompensarlos bien, nos otorgaron uno, al que siguieron después otros. Dispuestas así todas las cosas para nuestra marcha, nos despedimos de nuestros huéspedes ; pasamos por la cabana de Hiens y le abrazamos á él y á sus compañeros ; le pedí- [ 119 ] mos un caballo mas y nos lo dio. Pidió á M. Cavelier nn certificado en latin de no haber participado en el asesinato de M. de la Sale, que le dio porque no podia negárselo y nos pusimos en camino sin Larcheveque y Tei«sier, que nos fal- taron á la palabra, y se quedaron con los bárbaros encena- gados en la libertad que disfrutaban. No quedamos mas que siete : el padre Anastasio, los dos Señores Cavelier, Marle, Meunier, un joven parisiense llamado Barielemy y yo, con seis caballos y los tres salvajes que debian conducirnos, todo lo que ciertamente era muy poco para tan grande empresa. Pero estábamos resueltos y nos abandonamos á la protecion divina, que no nos faltó. En el primer dia fuimos á acampar ala orilla de un rio que hablamos dejado poco tiempo antes, y allí pasamos la noche ; al día siguiente cortamos árboles para formar una especie de puen- te ó tabla para pasar nuestros equipajes de mano en mano, haciéndolo los caballos á nado ; fue necesario repetir mu- chas veces esta maniobra, porque hasta el dia 29 en que se- guímos nue.stro camino, fueron muchos los rios que encontra- mos en él y cabanas á cada paso ; víraos también una aldea, cuyos habitantes salvajes nos dijeron que se llamaban A^a- houdikhe, aliados de los Cenis, Negociamos con ellos algunos víveres y el gefe se ofreció á llevarnos hasta los Assony, que distaban de allí cerca de tre- inta leguas : nos condujo en efecto ; pero habiendo sobre- venido la lluvia y no estando prevenidos los Assony, no fui- mos bien recibidos. Se nos condujo entre tanto á la cabana del gefe : se avisó á los ancianos y se runiéron. Habiendo descargado nues- tros caballos y colocado en fila nuestros equipajes en el cen- tro de la cabana, que el gefe nos habia destinado, les expli- camos que nuestro deseo era ir mas lejos, para buscar mer- cancías y traérselas, lo que los satisfizo. Nos piesentáron que comer y los ancianos quedaron con nosotros una parte de la tarde, lo que nos causó cuidado y estuvimos alerta : la noche se pasó tranquilamente. Al diri siguiente volvieron los ancianos; hablan hecho po- ner esteras fuera de la cabana; se nos pidió por señas que [ 120 J íaliéramos á sentarnos, y antes de verificarlo dejamos dos do Jos nuestros cuidando los equipajes. Les repetímos lo que les habiamos dicho en la tarde anterior y les regalamos ha- chas, cuchillos, abalorios y sortijas. Expresaron su senti- miento por nuestra partida y ponderaron cuanto pudieron, lo mismo que los otros, los obstáculos que habia que vencer, aunque todo en vano. Permanecimos allí hasta el primero de junio, negociando siempre y haciendo todas las provisio- nes que nos era possible. El dia 2 dejamos aquella cabana que nos era sospechosa y fuimos á alojarnos á la de otro gefe que distaba un cuarto de legua, y el que nos recibió bien. Una vieja que era su madre y gobernaba la casa, tuvo mucho cuidado de nosotros ; era- mos los primeros á quienes se repartía el alimento, y para mantenerlos en tan buena disposición les hacíamos regalillos y yo economizaba cuidadosamente las provisiones que tenía- mos adquiridas y eran necesarias para el viage. Era tan incesante la lluvia que hubimos de demorarnos allí hasta el dia 13 y durante nuestra mansión hicieron mu- chas fiestas los salvajes, á las que éramos invitados. Cuando paró de llover, resolvimos continuar á pesar de los temores de M. Cavelier. Sobrepuestos á ellos emprendimos la marcha hacia el norueste con dos salvajes comprometidos á guiarnos en un pedazo solo de camino, pero que nos abandonaron luego volviéndose á su casa y oneciendo unírsenos otra vez, sin embargo de todas las promesas que les hicimos para obli- garlos á continuar ; acampamos aquella tarde en la orilla de un arroyo. Seguimos nuestro camino en losdias 14 y 18, encontrando frecuentemente barrancas, que nos fatigaban mucho, porque era preciso descargar los caballos para que las pasasen y para evitar que se encenagasen en el lodo y en el terreno barroso de que no hubiéramos podido sacarlos : el cargamento lo llevá- bamos entonces sobre las espaldas. Estábamos pasando nuestros caballos al medio dia del modo expresado, cuando vimos venir á nuestros dos conduc- tores. Esta ocurrencia nos dio mucho gusto, porque ellos [ 121 ] sabían el camino, que era conveniente seguir : antes de con- tinuarlo, les dimos de comer y fumar. Pasamos en el dia 16 un rio crecido, en los términos que atrevesámos el primero, y de allí para adelante fueron los caminos muy malos. Habiéndose sentido indispuesto uno cíe los nuestros en el dia 17, tuvimos que diferir la partida hasta el medio dia, y continuamos encontrando en la marcha rios y barrancas hasta el dia 21, en que habiendo enfermado uno de los salvajes, nos fue indispensable hacer alto en la orilla de un rio, que habíamos ya pasado. Así que el otro salvfije vio enfermo á su compañero, se fue á cazar y condujo una bicerra de las que se encuentran tantas en aquel territorio. Los salvajes usan de la industria de meterse hasta la frente las cabezas de los animales que van á cazar y los imitan con tal perfección, que ellos se les acercan y no hay golpe perdido : de este mis- mo ardid se sirven para coger las gallinas de la India y otros animales que hacen venir hasta sus manos. Restablecida la salud del salvaje, marchamos el dia 22 por un pais mas cómodo y mas hermoso que el que dejábamos. Como procurábamos tomar de nuestros salvajes noticias de los pueblos cercanos, nos hicieron ellos mención de los Coppa. M. Cavelier observó que varias veces habia oido ha- blar á su difunto hermano M. de la Sale de aquella nación, que aseguraba haber encontrado en el camino, cuando desde el Canadá se dirijió al Missicipi, y esto alentólas esperanzas de lograr el descubrimiento. Habiéndonos acercado en el dia 23 al pueblo que buscábamos, «no de los salvajes se adelantó á avisar nuestro arribo. Pa- samos entre tanto hermosas campiñas, prados sembrados do bosques de muy lindos árboles, y en los que era tan alta la yerba, que fue preciso abrir camino para que pasasen los ca- ballos. A distancia de media legua del pueblo vimos venir á nn salvaje montado en un gran caballo tordillo y acompañ;dj con el nuestro y que salian á encontrarnos. Se nos impuso de que aquel caballero, quien traía su comitiva, era el gefe del lugar. Nos recibió con agrado: nosotros le manifestánoj L [ m .] qtleno hacíamos mal á nadie, á no ser que primero se hiciera á nosotros. Habiéndole dado de fumar nos dijo por señas que le siguiésemos y con él llegamos hasta la orilla de un rio, donde, también por señas, nos previno que le esperásemos, mientras se dirijia á avisar á los ancianos del pueblo. A poco rato aparecieron en gran número, y cuando nos xL" nímos, manifestaron que hablan venido á conducirnos al pue- blo : nuestros salvajes nos advirtieron, que aquella era la cos- tumbre de la nación, á la que nos sometimos dejándolos li- bremente. Aunque la ceremonia era algo embarazosa, siete de los mas notables nos ofrecieron sus espaldas para que mon- tásemos : como que Mr. Cavelier era el gefe, fue el primero que subió y todos hicieron lo mismo. Por lo que á mí toca, como soy de muy buena talla é iba ademas cargado de vestidos, fusil, dos pistolas, plomo, pólvo- ra, un caldero y de otros avios, abrumé á mi cargador con mas peso del que podia llevar : como era mas grande que él y mis piernas llegaban al suelo, dos salvajes me las sostenian, con lo que yo tenia tres que me cargasen. Los demás salvajes to- maron nuestros caballos para conducirlos al pueblo, al que llegamos en tan ridicula figura. Al cuarto de legua ya no pudieron continuar nuestros cargadores, que tanta necesidad tenian de descanso, como nosotros de reimos á solas, ya que debíamos guardarnos de hacerlo en su presencia. Luego que lle¿"ámos á la cabana del gefe, en la que encon- tramos mas de doscientas perdonas atraídas por la curiosidad de vernos y que nuestros caballos fueron descargados, los an- cianos nos hicieron siber que era su costumbre lavar á los es- trangeros que los visitaban y que como nosotros estábamos cu- biertos de ropa, nos lavarian solo el rostro : así lo hicieron con agua limpia que tenian en una especie de lebrillo y no nos lavaron mas que la frente. Después de esta segunda ceremonia nos indicó el gefe que subiésemos sobre un tablado pequeño de cerca de cuatro pies de altura, hecho de madera y carrizo : estando allí, cuatro ge- fes de los pueblos vinieron á arengarnos, unos después de otros : los escuchamos con paciencia, aunque no entendiar^ios pala- [ 12S ] bra y estábamos cansados de lo largo de los discursos, y mas aun del calor del sol, que caíaá plomo sobre nosotros. Concluidas las oraciones, cuyo objeto no era otro que darnos la bienvenida, les dijimos que regresábamos á nuestra patria, y de ella volveríamos á traerles mercancías y cuanto hubiesen menester. Los agas-ijámos según costumbre con hachas, cuchillos, abalorio, agujas y alfileres para sus mugeres, asegurándoles que cuando regresásemos, les traeríamos muchas mas cosas. También les advertimos que si gustaban proveernos de maiz ó harina, les daríamos algo en cambio y nos lo otor- garon. Nos sirvieron en seguida sagamité, pan, habas, cala- baza y otras cosas de que teníamos ciertamente necesidad, pues no hablamos comido en la jornada, unos por no haber tenido qué, y otros por devoción, por haber querido, como Mr. Cavelier, guardar el ayuno en la víspera de San Juan, cuyo nombre era el suyo. En el 24 se reunieron los ancianos en nuestra cabana y íes suplicamos con las mas vivas instancias, que nos proporcio- nasen dos guias hasta el pueblo de los Cappa que se hallaba en el camino. Lejos de concedérnoslo de pronto, nos supli- caron con el mayor erncarecimiento que nos quedásemos con ellos, para asistirlos en las guerras contra sus enemigos, por- que eran muchos los prodijios que les hablan contado de nu- estros fusiles; les ofrecimos hacerlo así á nuestra vuelta que seria pronta y con esta promesa quedaron contentos. Así ciecian nuestras esperanzas, cuando un funesto acci- dente que sobrevino, turbó todo nuestro placer. Mr. de Marle, uno de los principales de nuestra comitiva, luego que acabó de almorzar se fue á bañar en el rio que hablamos })asado en el dia anterior, y como no sabia nadar y hubiera adelantádose mucho, se encontró con una hondonada de que no pudo salir y se ahogó desgraciadamente. Cavelier el joven que habia sabido que Mr. Marle estaba bailándose fue á verle y observó que se estaba ahogando, luego que se acercó al rio : vino á avisarnos, nos dirijímos inmediatamente al punto con una porción de salvajes, que llegaron antes que nosotros, aunque [ 124 ] tarde para salvarle : algunos de eHos se echaron al agua y nos 'le trajeron muerto del fondo. Le llevamos á la cabarTa derramando lágrimas, acompa- ñándonos los salvajes en nuestro justo sentimiento : cumpli- mos con los últimos deberes, hicimos las oraciones acostum- bradas en semejantes casos y le dimos finalmenle sepultura en un pequeño campo á espaldas de la cabana. Como du- rante esta triste ceremonia leíamos, particularmente los pa- dres Cavelier y Anastasio, nuestros libros de oraciones, obser- vaban los salvajes con admiración que hablábamos cuando fi- jábamos la vista en los libros, y aprovechamos esta ocasión para explicarles que rogábamos á Dios por el difunto, seña- lándoles el cielo. Debemos á aquellas buenas gentes la confesión deque die- ron esquisitas pruebas de humanidad en tan triste suceso : así por hechos como de todos los modos que estuvieron á su al- cance, explicaron la parte que tomaban en nuestro dolor : aca- so no se nos hubieran dado tales testimonios de sensibilidad en algunos puntos de Europa. En Id corta mansión que aun hicimos en aquel lugar, adver- timos la ceremonia que hacia la muger del gefe en obsequio del difunto : en todas las mañanas llevaba al sepulcro en una canasta ó batea espigas hervidas de maiz.* Antes de partir supimos que los cuatro pueblos, aliados de nuestros huéspedes, se llamaban Assony, Natsohos^ Nachi- tos y Cadodoquio. En el dia 27 nos dirijímos el padre Anastasio y yo á averi- guar si era cierto, como los salvajes nos hablan dicho, que en el camino se encontraban canoas para pasar un rio : vimos en efecto un rio, cuya corriente era muy bella y navegable y que era brazo del que hablamos pasado: se hallaron dos * Este culto de los sepulcros, tan lleno de sensibilidad, pare- ce que ha nacido con la especie humana. Sin apelar á otras pruebas que á las que tan abundantemente suministra este dia- rio, es necesario convenir en que los bárbaros y los salvajes son los que niegan razón y entendimiento á los indios. Ao puedt ser bárbaro un pueblo tan generoso y tan hospitalario* [ 125 1 canoas, en una de las cuales los salvajes nos pasaron al otro lado, para investigar si seria fácil el desembarco de los ca- ballos. Encontramos un punto muy bueno, lo que cuando regresamos, avisamos á M. Cavelier, cuyos pies se hallaban tan adoloridos que no pudimos marchar hasta el dia 30. Entre tanto recibimos muchas visitas de salvajes de todas edades y sexos : fueron también á vernos los gefes de la na- ción Taniguo, con los que tuvimos varias conversaciones mudas. Todas las tardes se presentaban mugeres con guer- reros que portaban su arco y sus flechas y entonaban en nues- tra cabana canciones fúnebres que acompañaban con llanto. Esto nos hubiera causado inquietud, si no hubiéramos visto antes la misma ceremonia y sabido que aquellas mugeres cantando y llorando en la cabana del gefe, le conjuraban á que tomase venganza de sus esposos y parientes muertos en las guerras anteriores. Paso en silencio las de mas costuní- bres de aquel pueblo, porque son con corta diferencia las mismas que las de los Cenis. En el 29 por la tarde avisamos al gefe que partiríamos al diasiguiente: le hicimos algunos regalos en lo particular y también á su esposa que tantas atenciones nos habia dispen- sado. En el 30 emprendimos nuestra marcha y en ella en- contramos al gefe y gran comitiva en las cabanas del camine, á don.de hablan ido para acompañarnos hasta el rio, que pasamos en canoa y los caballos á nado. Alli nos despedí- mos de nuestros atentos conductores, agasajándoles con porción de abalorio para sus mugeres; pero el gefe insistió en acompañarnos hasta el primer pueblo. En el camino hallamos una cabana, en la que nos detuvo nuestro gefe salvaje para comer ; continuamos hasta el pue- blo de Cadodaquio ; se nos llevó hasta la cabana de su gefe, que era amigo de nuestro conductor y nos recibió con la mayor humanidad ; para quedarnos allí, tuvimos que descar- gar los caballos : dimos á entender al gefe que teníamos ne- cesidad de víveres, habló á sus mugeres, nos trajeron harina y les pagamos con abalorio : entonces se marchó el gefe que nos habia condi^icido. t 126 1 No siendo nuestro designio permanecer mucho tiempo en aquel lugar, habíamos pedido á su gefe que nos llevase al pueblo Cahainihoua, situado en el camino. Por una feliz casualidad habia en el que estábamos algunos hombres y inugeres de aquél, que habian venido á buscar madera propia para hacer arcos, que abunda en las cercanías de Cadoda- quio. Se les advirtió nuestro intento y manifestaron que nos acompailarian con gusto. En la conversación pudimos com- prender que habian visto gentes como nosotros, que tenian fu- siles y una casa y también que conocían á los Cappa. Muy contentos con este descubrimiento, los esperamos los dos dias que tardaron en partir. Observamos tanto en ellos, como en la cabaffa en que estábamos alojados, un idioma distinto del de los Cenis, y algunas ceremonias peculiares suyas, como la de que cuando las mugeres estaban para parir, se retiraban de la cabana de sus maridos á una destinada á aquel solo objeto, y mientras duraba la incomodidad, no le era permitido á nadie acer- carse á ella, sin que contrajese la nota de inmundo. Aquellas mugeres tienen ^el rostro aun mas desfigurado, que todas las vistas hasta entonces, porque estas no teniaii mas que una raya y aquellas muchas. Se adornan con un pequerío copo de pelo fino, de color encarnado, que tenian amarrado á las orejas como aretes: no son mal formadas, ni tampoco de aquellas que hacen suspirar largo tiempo á süs amantes. Llegar á ellas no es difícil y corresponden al amor, luego que se les hace el mas pequeño obsequio. Los hom- bres tienen el cabello corto como un capuchino : se lo untan con cierta manteca y se lo retuercen formando caracol : le ponen encima plumas de cisne teñidas de encarnado, y esto lo hacen cuando quieren presentarse con decencia y para asistir á sus asambleas: quieren mucho á sus hijos, y el cas- tigo que les dan, es solamente el de echarlos en la agua sin injuriarlos ni aporrearlos. Los salvajes de CahamiJio'úa que debían guiarnos, no estu- vieron listos para el miércoles 2 de Julio, según nos habian prometido : entonces se nos ofreció un salvaje joven, con el que salimos dirijiéndonos siempre al rumbo de norueste : t 127 ] continuamos costeando, casi sin inteimision, el rio que había- mos pasado, que era en verdad muy bello y sus orillas esta- ban pobladas de hermosos árboles de diferentes especies. Habíamos andado no mas que cosa de una legua, cuando el salvaje nuestro conductor nos avisó que había perdido un pedazo de cuero curtido, del que necesitaba para hacerse za- patos, y que se revolvía á buscarlo : nos señalo antes de sepa- rarse con ia mano el camino que debíamos seguir, advirtién- donos que dentro de poco daríamos con un rio. El cambio inesperado del salvaje nos causó no menos sorpresa que embarazo ; pero al fin continuamos la marcha y á poco encontramos el rio anunciado, que era muy hermoso y profundo. Lo pasamos en el siguiente día en una balsa que hicimos con mucho trabajo y dificultad, y los caballos lo atravesaron á nado. A poco rato de haber pasado el rio, vinieron los salvajes que primero habían comprometídose á acompañarnos y expresíiron mucho gusto de haber hallado la balsa para pasar el rio : ya juntos, seguímos adelante. En los días 4, 5 y 6 atravesamos un pais muy hermoso, pero cortado por arroyos, barrancas y ríos : encontramos corzos, gallinas de la india y otras especies de caza, de que los salvajes hicieron abundante provisión. Estando parados el día 6 en la orilla de un rio para tomar alimento, oímos el sonido de cascabeles y campanitas. Ha- biendo dirijído la vista á todas partes, descubrimos á un salvaje, que tenía en la mano una hoja desnuda de es- pada, adornada con plumas de diferentes colores y con dos gruesos cascabeles, de los que procedía el rui- do que hablamos escuchado. Nos llamó por serlas y se anunció como diputado de los ancianos del pueblo á que nos dirijiamos, para salimos á recibir. Nos hizo muchos alhagos, y yo observé que la hoja de la espada era de fábrica española y que se complacía mucho en sonar sus cascabeles. A la medía legua, ó cerca de ella, vimos una docena mas de salvajes que venían también á recibirnos, y los que nos acariciaron y condujeron al pueblo, á la cabana del gefe, en la que hallamos pieles muy bien curtidas de oso, en que se nos hizo sentar : se nos dio de comer y á los ancianos que [ 128 ] nos acompañaban y las mugeres se presentaron juntas á ver- nos. En la visita que los ancianos nos hicieron el ¿lia 7, nos presentaron dos pieles de toro, una de nutria, una blanca de corzo, todas muy bien curtidas y cuatro arcos. Este presente era la recompensa del nuestro. El gefe y otro del mismo rango nos obsequiaron con dos panes, los mejores y mas hermosos que hablamos visto ; pa- recían cocidos en horno, aunque no hablamos descubierto ninguno en sus pueblos. El gefe permaneció con nosotros algunas horas ; manifestó mucho espíritu y prudencia, en- tendia con facilidad nuestras señas, el idioma con que única- mente podíamos explicarnos : al retirarse nos dejó un mu- chacho para que nos sirviese. Por la tarde tuvimos la gran ceremonia del Calumet^ que vimos por la primera vez. Una tropa de ancianos acompa- ñada de algunos jóvenes y mugeres vinieron en procesión y cantando muy recio. El que marchaba al frente de la comitiva llevaba el Calumet, que es una larga pipa adornada con dife- rentes plumas : cantaron por algún tiempo en la puerta de la cabana y dentro continuaron sus canciones como un cuarto de hora mas : entonces tomaron á M. Cavelier el sacerdote, quien era nuestro gefe y con toda solemnidad le sacaron en brazos de la cabana: cuando llegaron á cierto lugar que le tenían preparado, uno de ellos le puso á los pies un grueso puñado de yerba ; otros dos condujeron una vacija de barro con agua limpia con la que le lavaron la cara y después le sentaron sobre una piel destinada para este fin. Los ancianos entonces tomaron asiento cerca de él ; plantó dos horquillas de madera el maestro de ceremonias y habien- do puesto un travesarlo pintado de encarnado, extendió en- cima una piel de toro y otra de bicerra curtidas, y sobre todo colocó el Calumet. El canto volvió en seguida á comenzar, las mugeres toma- ron parte en el concierto que hacían hermoso dos calabazas vacias, dentro de las cuales hablan puesto piedrecillas pjira hacer ruido y que sacudían siguiendo el compás del coro. Lo mas divertido que hubo fue que uno que se había colocado I 129 ] detras de M. Cavelier le mecía de uno á otro lado, procurando que los movimientos fuesen con la cadencia. Aun no habia concluido el concierto cuando el maestro de ceremonias introdujo á dos muchachas que traian una especie de collar y una piel de nutria, que pusieron en las horquillas al lado del Calumet: las sentaron junto á M. Cavelier una frente de otra, con las piernas tendidas y entrelazadas: el maestro de ceremonia tomó las piernas de M. Cavelier, las colocó encima de las muchachas cruzándolas. Entre tanto un anciano puso una pluma teñida detras de la cabeza de M. Cavelier entretegiéndosela con el cabello. Como no cesaban de cantar estaba M. Caveliar cansado, y avergonzado de verse metido entre dos muchachas sin saber el designio que pudieran llevar en tan extraña ceremonia: nos hizo señal de que avisáramos al gefe que estaba indis- puesto, lo que bastó para que le tomaran dos en los brazos, le condujeran á la cabana y le dijeran que podia reposar : esto sucedía á las nueve de la noche y toda la pasaron los salvajes cantando, habiendo algunos que ya no podían mas. Cuando amaneció condujeron a M. Cavelier fuera de la cabaiTa con las mismas ceremonias del día anterior y sin pa- rar su canto, le sentaron otra vez. El maestro de ceremo- nias tomó entonces el Calumet, lo llenó de tabaco, lo encen- dió y presentó á M. Cavelier, avanzando y reculando seis veces antes de ponerlo en sus manos. M. Cavelier fingió que fumaba y lo volvió : fumamos nosotros y ellos igualmente BÍn que la música cesase un punto. A las nueve de la maña- na, estaba el sol tan ardiente que M. Cavelier que habia tenido la cabeza descubierta, manifestó que no podía ya sufrir. Cesó por fin el canto y le restituyeron á la cabana : tomaron el Calumet, las horquillas y el travesano de madera encarna- da y todo lo guardaron en una bolsa de corzo : dos ancianos lo entregaron con mucho acatamiento á M. Cavelier ase-- gurándole que con él podia libre y seguramente transitar por todas las naciones sus aliadas y que seria amigablemente recibido por ellas. Entonces fue cuando vimos por la pri- mera vez el Calumet, la señal de paz, aunque algunos equi- [ 130 ] rocadamente lo han escrito de otra manera. El nombre de -esta nación es Cahaynohoüa.* Como estas ceremonias podian tener por objeto conseguir algunos regalos, y hubiéramos ademas observado que algunos se retiraron, disgustados al parecer, tal vez porque se suspen- dió la ceremonia, nos pareció conveniente obsequiarlos con alguna cosa, y se me comisionó para entregarles una ha- cha, cuatro cuchillos y algún abalorio, con lo que quedaron contentos. Hicimos á continuación prueba de nuestras armas, cuyo ruido y el fuego los asombró mucho. Solicitaron con el mayor empeño que nos quedásemos con elU)s, ofiecién- donos mugeres y cnanto mas pudiéramos menester. Para salir del compromiso, les promeLíinos volver y que iiiamos á •■ JSZ Calumet es señal de paz, cuando las plumas son llan- cas, y de guerra cuando las ponen encarnadas. En el año pasado que viajé por el Canadá adquirí un Calumet que des- graciadamente se perdió con otras curiosidades de los indioSy que mandaba para el museo nacional de México en la goleta Newse. Aquel Calumet era de una vara de largo, de barro colorado y de una finura admirable : la embocadura estaba adornada con plumas de ga7iso. El desagrado que el lector experimentaria, si pertenece á la familia humana, cuando leyó los desaciertos contenidos en el prefacio del librero francés y los destemplados iiisidtos contra los indígenas, ha debido cambiarse en satisfacción, luego que la pluma desapasionada de M. Joutel ha vindicado con la sola y simpU relación de los hechos la racionalidad de los prime- ros habitantes del nuevo mundo. Si campar cin dolos con los adelantos de la civilización europea, se les llama aun salvajes é ignorantes, me veré en la penosa necesidad de copiar, para escarmiento de los detractores de los indios, aquellos celestiales versos del Virgilio francés, de M. Delille : Cher ami, Xn le vois, La bonié simple et " franclie liabite díiiis ees bois. Oh ! ce n'cst qu'á Paris que sont les víais salivales! Cougens done d'étre heureux sur ees heurcux rivages." [ 131 ] buscar mercancías, armas y herramientas que nos eran ne- cesarias, para poder fijar nuestra residencia entre ellos. El 9 y el 10 se pasaron en visitas. Fuimos instruidos por uno de ellos, que no estaba muy lejos un rio que me trazó con un bastón en la arena y al que señalaba brazos, pronuncian- do al mismo tiempo la palabra Coppa, nación, como he dicho, vecina al Missicipi. Ya no dudamos de que al fin estába- mos cerca de lo que buscábamos tanto tiempo había. Supli- camos á los ancianos que nos facilitasen dos hombres que nos otorgaron. Partimos el día 11 con el sentimiento de separar- nos de aquellas buenas gentes que con tan cordial humani- dad nos habían tratado. Seguímos por varios caminos que á no ser por los guías hubiéramos pasado con gran dificultad, y marchamos hasta el día 12, en que uno de ellos se finjió enfermo expresando su intención de regresarse ; pero habiendo notado que estába- mos inquietos como de intento lo manifestábamos, consultó con su comparTero y vino á decirnos que estaba ya aliviado : le dimos de comer y fumar y continuamos el día 13 nuestro camino que estulx) malo y difícil. Habiendo descubierto los salvajes en el 14 huellas de toros resolvieron separarse á matar algunos para que comiésemos su carne y uos detuvimos en esperarlos dos ó tres horas. Pre- paramos entre tanto la Sagamité para nuestros cazadores, quienes volvieron cargados de carne, de que cocimos parte, comiéndola con el mejor apetito. En la marcha que seguí- mos hasta el día 18, matamos tres toros y dos vacas, lo que nos precisó á hacer alto para aprovechar la carne y acecinarla. En la noche del 19 al 20 se nos extravió un caballo que fue cogido por los salvajes ó perdido en los bosques. Aunque sentimos su falta, no por ella dejamos de continuar hasta el £4, en que vimos á muchos salvajes con hachas, ocupados en cortar cortezas de árboles para cubrir sus cabanas. De pronto se sorprendieron, pero habiéndoles pedido por señas que se acercasen, lo verificaron haciéndonos mil cariños y dándo- nos sandías. Dejaron para otra ocasión el trabajo de descor- tezar los árboles y se pusieron con nosotros en camino, y como uno de nuestros guias se habia adelantado á dar aviso [ 1S2 ] al pueblo inmediato de nuestra llegada, encontramos k tropas ' de salvajes que nos salieron á recibir y nos festejaron. Nos detuvimos en una de las cabanas, á que ellos dan el nombre de desierto, porque se hallan situadas en medio de sus campos y de sus jardines : se hallaban situadas en ella muchas mugares que nos traían pan, calabazas, habas, sandías que tan buenas son para apagar la sed, porque su carne no es propriamente otra cosa que agua. Volvimos á tomar el camino para llegar al pueblo, pa- sando por agrndables bosques en los que vimos algunos muy hermosos cedros, y habiendo llegado á un rio que mediaba entre nosotros y el pueblo, descubrimos con el júbilo, que no puede fácilmente imaginarse, una gran Cruz y un poco mas allá una casa construida como las de Francia. Difícilmente puede pintarse la emoción que sentimos al ver aquella señal de nuestra salud. Ños pusimos de rodillas levantando los ojos y las manos al cielo para dar gracias á la bondad divina que tan felizmente nos habia conducido. No podia cabernos duda de que encontraríamos franceses al otro lado y de que eran católicos, pues adoraban á la Santa Cruz. En efecto, habiéndonos detenido un momento en la orilla del rio, vimos que muchas pequeñas canoas que se diiijian á nosotros y que dos hombres que sallan de aquella casa y estaban vestidos, descargaron sus tiros para saludarnos, tan luego como nos divisaron. Un salvaje, gefe del pueblo, ha- bia hecho lo mismo y aun él fue el que comenzó. Noso- tros contestamos con una descarga general de nuestras armas. Pasado el rio y juntos ya todos, reconocimos que unos y y otros eramos franceses: ellos eran los Sres. Couture, car- pintero, y Launay, ambos de Rouen, á los que el Sr. de Ton- ty, comandante del fuerte de S. Luis en los Illinois, habia dejado en aquel puesto, cuando bajó el Missicipi con la mira de tomar noticias de Mr. de la Sale: la nación á que habimos arribado se llamaba Accancea. Muy difícil seria explicar la alegría de unos y otros. Era indecible la nuestra, porque hablamos finalmente hallado lo [ 135 ] que tanto deseábamos, y porque la esperanza de regresar ñ la cara patria se habia de algún modo asegurado. Los otros estaban comentos, porque veían personas que podía i darles noticias del jefe, de quien ellos se prometían el termina y consumación de lo ofrecido. Pero el desgraciado fin de M. de la Sale que les referimos, los entristeció hasta hacerle» derramar lágrimas y la historia verdaderamente trágica de «US trabajos y desventuras los puso inconsolables. Fuimos conducidos á la casa, á donde los salvajes llevaron fielmente nuestras cargas. La concurrencia de gentes, así hombres como mugeres, fue muy grande, y cuando cesó, nos ocupamos en referir las circunstancias de nuestras historias respectivas. La relación de la nuestra se hizo por M. Ca- velier, quien por la razón de ser hermano del difunto M. de la Sale recibia los honores de gefe. Supimos por ellos que seis fueron enviados á aquel punto por M. Tonty, á la vuelta del viaje que hizo por abajo del rio Colbert 6 MissicipU según las órdenes que recibió de M. de la Sale antes de su partida de Francia y que M. Tonty le» dio la de construir una casa ; que no habiendo vuelto á tener noticias de M. de la Sale, cuatro se volvieron al fuerte de los Illinois en solicitud de Mr. de Tonty. Se acordó después entre todos el que marchásemos hñcia esta nación y que ocultásemos á los salvajes la muerte de M. de la Sale para conservarlos siempre en temor y respeto, mientras que sallamos por los primeros buques que partiesen del Canadá á Francia para informar á la corte de cuanto habia pasado y demandar urgentes socorros. Entre tanto vino el gefe de los salvages á invitarnos á comer : nos tenian prevenidas esteras para que nos sirviesen de asiento y todo el pueblo concurrió á vernos. Les dimos á entender, conforme á nuestro propósito, que veniamos del punto en que se hallaba M. de la Sale, quien tenia un gran establecimiento pn el golfo de México; que hablamos atravesado por muchas naciones, cuyos nombres les relatamos ; que nos dirijiamosal Canrdácon el objeto de adquirir mercancías ; que volveríamos rio abajo con jente su- ficiente para defenderlos de sus enemigos y fijar nuestra rc- M [ 134 ] ' sidcncia entre ellos. Les contamos que las naciónos por donde pasamos, nos hablan suministrado hombres para guiar- nos, y que esperábamos nos concediesen igual favor y el de proveernos de algunas canoas y víveres, ofreciendo por nues- tra parte recompensar largamente 4 los guias y pagar cuanto nos proporcionasen. La ventaja de tener un intérprete nos puso en el caso de darnos á entender con facilidad : la respuesta del gefe á nuestras pretensiones fue, que hahia resuello mandar dos hombres á los otros pueblos para imponerlos de nuestras pretensiones y acordar con ellos el partido que conviniese to- mar en el asunto. Se manifestaron muy sorprendidos de que pudiéramos transitar tantas y tan diferentes naciones en un número ^tan corto de hombres, sin haber sido muertos ó cuando menos detenidos. Concluido el discurso, el gefe nos dio de comer carne hecha cecina, pan de maiz de diferentes clases y sandías: habiendo fumado después de la comida, regresamos á la ca- sa, en la que libres de todo embarazo nos instruímos á toda satisfacción en nuestros negocios respectivos: supimos que aquellos pueblos deseaban vivamente la vuelta de M. de la Sale, lo que nos confirmó en la necesidad de continuar ocultando su muerte. Examinamos la situación del punto j fuimos informados de la naturaleza del pais y de las costum- bres de aquellos pueblos, de las que tomé las notas siguientes. La casa estaba construida con trozos de cedió, colocados unos encima de otros, y era redonda en los rincones: su techo era de cortezas de árbol, su situación en una colina á medio tiro del pueblo y en un pais abundante en todo. Las campiñas que se extiendoí por un lado, están llenas de toros', de bicerras, de veníid )s, gallos de las indias, avutardas, cisnes, patos, cercetas y de toda especie de caza. Los árboles producen gran cantidad de buenas frutas, co- mo duraznos, ciruelas, mor.is, uvas y nueces : nace en aquel territorio una fruta que llaman Fiaguimina, algo parecida á nuestros nísperos, pero mas delicada y mucho mejor : en los ños hay muy buenos pesces, tienen maiz de que hacen muy [ 135 ] buen pan ; aquellos bellos campos, como tengo dicho, abun* dan eii íirboles de rlifcieutes especies. L;i nación de los Accancta se compone de cuatro pueblos distintos. El primero se llama OtsotchoJe, que es el mas cercano : el segundo Ihrunan, situados ambos en la orilla del rio : e! nom!)re del tercero es Tonginga y el del cuarto Cappa, que se halla sobre la orilla del Missicipi. La forma de estos cantro pueblos eá dist uta de la que hablamos adver- tido en los vistos h;¡sra entonces, porque las cabanas aunque construidas con materiales semejantes y en forma de cimbo- rio, son largas, cubiertas con cortezas de árbol y lan grandes que las hay capaces de contener hasta doscientas personas, separadas por familias. No son ellos tan es aerados como los Cenis y los Assonis en la compostura de sus casas ; algunos se acuestan en tierra sobre esteras ó pieles curtidas: otros lo hacen con mas como- didad, |)ero no es esto lo mas común. Sus muebles no son mas que ollas de barro y platos de madera de figura oval, muy bien hechos y que labran para comerciar. Este pueblo es muy bien formado y muy ágil : las mugeres «on mas bellas que las de los otros pueblos: hacen á la per- fección canoas de una sola p cza : son por último fieles, hon- rados y tan guerreros como todos los demás. Reunidos los ancianos en el dia 25, vinieron A visitarnos j á declarar fi M. Coutme el designio que tenian de cantar j bailar su Calumet, porque otros lo habían hecho con M. de la Sale y con INl.Tonty, y que era justo que ellos obtuviesen por el mismo medio un fusil, como aquellos lo lograron. Avisa- do M. Cavelier, convino en ello, por la necesidad en que está- bamos de complacer á aquellos salvajes. La ceremonia comenzó por M Cavelier, í\ quien sacaron en brazos y le l'uéron á colocar en un asiento de pieles fuera do la cabana: las horquillas, las pieles puestas encima para dar honor al Calumet, e\ deacom pasado canto de hombres y mugere» y todas las otras ceremonias fueron las mismas que se hablan usado en la anterior celíbriílad. Cansóse también Mr. Cave- lier é hizo proponer al gcfe que en su lugar, por hallarse algo indispuesto, se colocase á su sobrino, y admitido, pasítroa [ 136 ] toda la noche en cantar: en la mañana siguiente hicieron algunas ceremonias mas, que es escusado referir. Concluida la fiesta con la fumigación que fueron todos ha- ciendo en el Calumet, lo tomaron los salvajes con las pieles curtidas de toro, nutria y bicerra y con un collar de Conchitas, nos lo llevaron todo á casa, y por nuestra parte les dimos dos hachas, seis cuchillos, cien puños de pólvora, otro tanto de balas y cantidad de abalorio para sus mugeres. Los pue- blos, á los que el ge fe habia dado aviso de nuestra llegada, TÍniéron sus diputados á cumplimentarnos, los obsequiamos en casa y les explicamos nuestros designios en los mismos términos que al gefe : celebraron entre sí una especie da consejo, sin hablar mucho, convinieron en concedernos la demanda de una canoa y de un guia por cada pueblo, medi- ante la recompensa ofrecida : se marcharon á continuación hasta la cabana del gefe del lugar. El dia 27 volvieron á reunirse los ancianos para deliberar de nuevo sobre nuestras demandas : la largura del camino les inspiraba temores sobre la suerte de los que debian con- ducirnos. Pero habiendo procurado tranquilizarlos con varias razones y meditado ellos de nuevo acerca del asunto, nos concedieron cuanto habíamos pedido: también los obsequia- mos otra vez, reiteramos la promesa de pagar bien á los guias y nos dispusimos á partir. El joven parisiense Bartelemy nos expuso que quedarla muy gustoso en aquella casa, porqu* no era tan robusto que pudiera continuar, y nosotros le entre- gamos al Sr. Couture. Volvimos á recomendar á los qu» quedaron en aquel punto el secreto sobre la muerte de M. de la Sale ; nos comprometimos á enviarles auxilios, les de- jamos nuestros caballos que les eran muy útiles para la caza^ los proveímos con 15 ú 16 libras de pólvora, 800 balas, SOO piedras de fusil, 26 cuchillos, 10 hachas y 2óS libras de abalorio. M. Cavelier les regaló parte de su ropa que espe- raba reponer en otro lugar, y habiéndose reconciliado algunoj con el Señor por medio del sacramento de la penitencia, nos despedímos de ellos, menos del Sr. Couture que quiso ir ¿ •ncaminarnos. [ i37 ] Nos embarcamos en la cano.i do uno de los gefes, en nú- mero de veinte personas, hombres y mugeres, y llegamos sin trabajo al pueblo llamado Torsman, luego que bajamos él rio. Se nos recibió agradablemente en la cabana del gefe, y se ñus trató lo mismo que en las anteriores. Les propusi- mos, o mas bien les exijímos la confirmación de lo que los otros nos liabian acordado, y nos emplazaron para el día si- guiente, porque nnda hacen ellos sin discutirlo y resolverlo primero en consejo. Como de la casa francesa hablamos traido un saco de maiz, suplicamos al gefe que lo hiciera moler por medio de su3 mugeres, pagándo'es su trabajo, é inmediata-.nente mandó á sus propios á buscarlas y ellos par- tieron sin (lüacion. Estos empleados eran siete ú ocho, se hallaban siempre á. íu lado, estaban completamente desnudos y pintados de di- ferentes modos : cada uno de ellos tenia tres ó cuatro calaba- zas pendientes de un cinto de cuero que traian en torno del cuerpo y en ellas piedrecillas : en la espalda se ponian una cola de caballo y cuando corran, hacian las calabazas un ionsonete que junto íi la forma que tomaba la cola levantada por el viento, los presentaba en los términos mas ridículos que se puede imaginar ; pero á nosotros nos convenia disi- mular la risa que causaban. Durante el resto^de la jornada fuimos con el Sr. Couture & ver el rio fatal que hablamos buscado con tanta ansia, nom- brado Cnlhcrt cuando se descubrió y por los nativos del pais Missidpí 6 Mechassipi. Aquel rio es muy hermoso y pro- fundo : su ancho es de cerca de un cuarto de legua y su cor- riente siempre rápida. El Sr. Couture nos aseguró que el Missicipi tiene dos brazos ó canales, que se separaban mas arriba, «|ue hablamos pasado uno de ellos al llegar al primer pueblo de la nación Accancea, en la que aun nos hallába- mos. Habiéndose reunido el día 28 los ancianos con su gefe, nos concedieron lo pedido : nos separamos para ir á recibir obsequios en diferentes puntos en los que observamos ciertas ceremonias, que nos cogieron de nuevo. Sirven los potages en dos ó cuatro grandes platos, que ponen delante de los dos [ 1S8 ] convidados mas notables que se hallan en la cabezera, y cu» ando ya han comido un poco, ponen otros platos en lugar de aquellos á los que bajan, de modo que los primeros quo fueron servidos mas arriba, van bajando á proporción qu* llegan otros. El negociante no toma asiento en la mesa, ni tampoco come ; pero hace las veces de dueño de casa y tiene cuida- do del gusto y arreglo de los manjares servidos : para pre- lentarse con mas decoro, no omite el embarrarse de lodo 6 de algún color negro ó encarnado de los que usan. El dia 29 dejamos aquel pueblo y nos embarcamos en do» canoas á fin de atravesar el suspirado Missicipi. El gefe j veinte jóvenes mas nos acompañaron hasta el vecino pueblo de Tonningua, situado en la orilla del rio, y se nos recibió en la cabana del jefe lo mismo que en las anteriores. Lof ancianos nos regalaron muy bien y como las diferencias en- tre estos salvajes y los otros son muy cortas, aquellas descrip- ciones servirán en el caso. El dia 30 nos pusimos en marcha con dirección ái los Cappa, ultimo pueblo de la nación Accancea : nos vimos en la necesidad de atravesar el rio muchas veces, porque e» mucho lo que serpentea, y como ademas el tiempo fue malo^ arribamos demasiado tarde á Cappa. Número considerab!» de jóvenes salieron í» encontrarnos ; nos acompañaron unos & la cabana del jefe, mientras que otros cuidaban de nuestro equipaje, que nos fue entregado con toda la religiosidad po- »ible. Los ancianos estaban esperándonos ; hicieron un gran fuego para secarnos y la cabana estaba alumbrada por medio de cañas secas encendidas en lugar de antorchas : ^a mesa se atendió lo mismo que en los otros pueblos. Los viejos nos visitaron el dia SI: sus conversaciones no fue- ron de otra cosa que de la guerra que proyectaban empren- der, con la mira de comprometernos á que los ayudásemos; nuestra respuesta fue la de siempre, que volveríamos pronto 4 darles cuanto necesitasen. Deseábamos partir el 1 ° . de Agosto : mas el gefe vino á exponernos que no podia ser así, porque las mugeres aun no iabian acabado de moler el maiz : no era verdad, pero se va- [ 1S9 ] /iéron de este pretesto para detenernos y tener tiempo de dar* nos una diversión á su modo. Con este fin se reunieron á Jai diez de la mañana los guerreros y la juventud para danzar. Estaban adornados con sus mas bellos atavíos, (jiie en unos consistían en plumages de varios colores con que engalanan •u cabeza, y en otros, en cuernos de toro en vez de plumas, y en pintarse de negro ó encarnado, con lo que representaban una partida de diablos ó de monstruos, bajo cuyas figuras bai- laron como las otras naciones. El dia 2 nos preparamos para partir ; pero el salvaje que el pueblo nos habia dado como guia, no quiso pasar adelante. Un hombre que decian ser hermafrodita, se presentó á llenar lu plaza, manifestando que iria muy gustoso hasta los Illinois^ Nos despedímos del Sr. Couture, á quien Mr. Cavelier hizo tina exortacion para alentarle á la perseverancia y á la pacien- cia, con la esperanza de los auxilios que nosotros le enviaría- mos. En número de nueve, cinco franceses y cuatro salva- jes, nos embarcamos en una canoa sobre el Missicipi. Nof TÍmos precisados á atravesar frecuentemente el rio y á cargar la canoa, ya por la rapidez de las corrientes como para buscar en una ó en otra orilla donde sea menos violenta, lo que daba mucho trabajo á nuestros conductores, porque en- contraban muchas de las islitas de las que forma este rio por la impetuosidad con que bate las orillas, en los lugares enquft su curso no es recto. El desmembra el terreno y arranca gruesos árboles, que en el transcurso del tiempo forman esas islitas y obstruyen el canal.* Nuestro trabajo no era ciertamente pequeño : en la canoa era preciso remar con los salvajes para forzar la corriente quo es rápida y difícil ; teníamos muchas veces que bajar y • En el rio de S. Lorenzo^ al que con tanta razón llaman lo» tanadknses su noble rio, o6sem en, 1830 las rápidas enter amen- te semejantes á las que describe M» Joutel y también innurnt" robles islitas formadas por las mismas causas que las del Mis- •icipi ; hay un punto que nombran las mil islas y son sin duda mas de dos mil. Estos soberbios rios no son mínos bellos ^ue ivhlimes. ¡ Cuan magestuosa es la naturaleza en América ! [ 140 ] •tudar por terrenos fangosos metidos hasta media pierna; eb otras que pisar arenas encendidas que nos rajaban los pies desnudos, ó sobre astillas de madera que nos entraban en las plantas. Cuando llegábanlos á un punto, en vez de descan- «ar, teníamos que hacer acopio de leña para cocinar y apron- tarlo todo á los salvajes, quienes no se hubieran presiado á darnos un vaso de agua, aunque estábamos a la orilla del rio ; no era sin embargo poca fortuna el tenerlos. Por la tarde acampamos en una de aquellas islas, para estar mas seguros, porque ya nos hallábamos en una nación enemi- ga llamada Machigameá, lo que causaba grandes temores á los salvajes. Marchamos con iguales maniobras hasta el dia 7 en que vimos el primer toro después de nuestra entrada en el j)ais de los Accancea. Los salvajes que ya deseaban comer carne, ma pidieron por señas que le matara ; le ];erí>egin en efecto, dis- paré sobre ti sin haber logrado que cü^ese: los salvajes cor- rieron en pos de él, le mataron y se acecinó como querían. He aquí una ceremonia que vi hacer á los salvajes antes de que se acercasen á preparar la carne. Antes de todo le adornaron la cabeza con plumas de cisne y avutarda teñidas de encarnado y le pusieron tabaco en las narices y en los garrones de los pies : hab.éndole deshollado le cortaron la ienguay metieron en su lagar un poco de taba- co ; plant;'iron después dos horquillas con su atravesaño arri- ba y pusieron sobre él pedazos de la carne como en sacrificio. Concluida la cerenionla mandamos hacer cecina la mejor parte y covvtinuámos. En el 9 observamos que los bordes del rio estaban muyele- Tados y que su tierra es de color amarillo, encarnado y blan- co, la que sirve para las pinturas que se hacen los salvajes en los días de ceiemonia. No cesamos de caminar hasta el dia 14 en que encontr níos manadas de toros y acecinamos la carne de cincí» que logramos matar. Volvimos á e.n¡)render la marcha el dia 18, y en el 19 en- contramos la boca del rio llamado Ho'úhache, que dicen viene del pais de los iraqueses, en la Nueva Inglaterra. Es muy hermoso, clara si ai^ua y suave la corriente. Nuestros sal- vajes le ofrecieron tabaco en sacrificio y pusieron carne asada [ 141 ] sobre las horquillas, que juzgaron conveniente dejar sobre la orilla. Otras supersticiones observamos en aquellas pobre» gentes.* Ayunaban en ciertos dias, lo que conociamos por la costum- bre que tenian en ellos de embarrarse, luego que despertaban, con tierra glutinosa ó carbón molido la cara, los brazos y otras partes del cuerpo : en aquellos dias nocomian hasta las diez ú once de la noche, en que se lavaban antes de tomar el alimento : el objeto del ayuno era obtener buena caza y lo- grar dar muerte á los toros. En el di-i 25 nos avisaron los salvajes que á la distancia do nn tiro de fusil se hallaba una fuente de agua salada y baja- mos á verla. Advertimos que en las inmediaciones habia muchos rastros de ganado que gustaba sin duda de la sal. El pais cercano abunda en colinas pobladas de encinos, no- gales, ciruelos con fruta encarnada y muy buena : habia un gran número de otras frutas, cuyos nombres ignorábamos, j entre ellas una de la figura de una pera mediana y con dos huesos del tamaño de las habas : cuando está madura se pela como durazno, su gusto es bueno, aunque algo empalagoso. Habiendo visto toros en el dia 27, bajamos para matarlos; ana ternera que yo derribé de un tiro, tenia muy buena car- ne y yo embarqué la mejor. Marchamos hasta la tarde cam- pando en una islita : allí advertimos cierta mutación en el hu- mor y en los modales de los indios : se aumentó nuestro cuida- do, porque el reputado hermafrodita nos dio aviso de que a- quellos tenian el designio de abandonarnos, lo que nos obligó á estar sobre las armas y á redoblar el cuidado durante la noche, por miedo de que no se largasen. Con esta desconfianza marchamos ios dias 28 y 29, cos- teando siempre una roca escarpada de la altura de 60 ú 80 * Los romanos adoraban á los rios y los egipcios, los grandes maestros de la mitología, á su Nilo. Los objetos sensibles qut froducian bien ó mal, fueron siempre colocados entre los dioses jpor los que no conocian al verdadero. Los ind'/genas de Améri- ca fueron como todos los hombres en la infancia de lacivilizch tion. I 142 ] píes, al rededor de la cual el rio lleva su curso. Caminárno» el día 3ü y en el 1 ® . de Sepliembie pasamos el Missouri, cu- ya agua es siempre espesa y al que ios salvajes no dejaron de ofrecer sus sacrificios. El dia 2 llegamos al punto en que se halla la figura del pretendido monstruo del padre Marquet, no consistiendo el tal monstruo mas que en dos malas pinturas de color encarna- do, en la cara de una roca de ocho ó diez pies de elevación, la que ciertamente es mucho mencr que la referida por el pa- dre. Los salvajes sin embargo le prestaron adoración por medio de sacrificios, y aunque procuramos convencerlos de que aquella piedra no poseia ninguna virtud y que nosotros adorábamos una cosa mas digna de serlo, eseíTándoles el cielo, nada adelantamos, porque estaban en la persuasión d© que si no cumplian con el supuesto deber, morirían inmedia- tamente. Continuamos flanqueando una cadena de monta- fías, hasta que en el dia S dejamos el Missicipi para entrar en el rio de los Illinois. Advenimos una gran diferencia en este rio, tanto en su corriente que es mas suave, como en sus cercanías, que son mas bellas y agradables que las del gran rio : son mas hermo- «os sus árboles y están sus orillas coronadas de frutos. La «uavidad en el movimiento de las aguas nos sirvió de des- canso ; pudimos ir siempre en la canoa y avanzábamos_^mai camino. Lo seguímos hasta el día 8 sin detenernos mas que para matar un toro, de cuya carne comió uno de los salvajes con buen apetito y estando caliente y cruda todavía, enfermó y aun murió, como diré á su tiempo. El dia 9 arribamos á un lago de cerca de media legua de largo que atravesamos : habiendo vuelto á tomar la corrient» del río, hallamos á su orilla varios campamentos de salvajes, que habían venido á pescar en el lago y secaban después el pescado. El 10 atravesamos otro lago llamado PrimiUlioúes : en el d.a 1 1 volvimos á tomar el río y como vimos á los salva- jes acampados en la orilla, preparamos nuestras armas : entro tanto vino á encontrarnos uno de ellos por tierra y acercámo* á él la canoa. I L 143 ] Cuando aquel salvaje estuvo inmediato á nosotro?, se puso k considerarnos sin decir una palabra: le explicamos que era- mos enviados de M. de la Sale y que veníamos de estar con él : entonces nos hizo señas, de que avanzásemos á donde es- taban sus compañeros, íi quienes iba á instruir de cuanto le habiamos dicho : cuando ya estábamos cerca nos saluda- ron con descargas de fusil, á que contestíimos con las nuestras. Después de este recíproco saludo Ilegíiron á la canoa á manifestarnos su contento por haber tenido noticias de M. de la Sale. Les preguntamos de que nación eran y dijeron que Illinüis, de un cantón llamado Cascasquia. Nos informamos de si M. Tonty se hallaba en el fuerte Luis y respondieron que no y que se hallaba en guerra con los iroqueses : nos in- vitaron á bajar á comer y habiéndoles expresado nuestra gra- titud nos trajeron calabazas y sandías, en cambio de lo que los obsequiamos con cecina. No habiamos observado antes en el camino á un hombr« -quien estaba dentro de una canoa con dos mugeres y que por miedo de nosotros se habia ocultado dentro de los cañavera- les; pero así que advirtió que habiamos hecho alto entre sus compañeros, se alentó y se nos unió : con)o dijo que pertene- cía á un pueblo cercano al fuerte de san Luis, seguímos juntos, acompañados de un salvaje que entró en nuestra canoa para ayudar á subirla por falta de remos grandes. El domingo 14 de Setiembre llegamos á las dos de la tardo alas inmediaciones del fuerte Louis. Cuando nosacercámos nos salieron al encuentro algunos salvajes, quienes estaban en el rio y nos examinaron atentamente : luego que se impusie- ron de que veníamos de parte de M. de la Sale y eramos d^ »u gente, corrieron á dar parte al fuerte, del que á poco ralo «alió un flanees acompañado de una porción de salvajes, que nos saludaron con descargas repetidas de fusil. Se llegó á nosotros el francés y á sus instancias bajamos íi tierra, dejan- do á uno al cuidado de la canoa, porque los Ulmois son muj ..diestros para tomar lo ageno y no tan fíeles, como los de h& naciones por donde habiamos transitado. t 144 1 Tomamos inmediatamente el camino del fuerte y en él en- contramos á tres franceses que habían venido á recibirnos y da los que uno era M. Boisrondet, comisionado de M. de la Sale, Habiéndonos prep^untado luego por él, le dijimos, que ha- bíamos andado juntos parte del camino, hasta que nos separa- mos en un punto que dista cuarenta leguas de los Genis, y qu© hasta entonces se hallaba en buena salud. En esto no men- tíamos, porque M. Cavelier y yo que eramos los que hablába- mos, no estuvimos presentes al asesinato de M. de la Sale j ciertamente se hallaba bueno y sano cuando nos dejó : ya tengo dichas las poderosas razones que habia para ocultar la muerte de M. de la Sale hasta nuestro regreso á Francia. Aunque es cierto que el padre Anastasio, como testigo J Teissier como cómplice, no podian hablar así, estuvieron callados para no verse en la precisión de mentir : les signifi- camos también que teníamos orden de dirijirnos á Francia para dar á conocer los descubrimientos de M. de la Sale y demandar socorros. Entramos en el fuerte sorprendiendo á algunos que no noi esparaban : eran franceses que estaban sobre las armas quo descargaron para hacernos lus honores, bajo las órdenes de M. de Belle Fontaine, teniente de M. Tonty, el que nos cumplimentó : se nos condujo á continuación á la capilla, en la que dimos á Dios gracias de todo corazón porque nos ha- bia salvado y guiado tan felizmente. A M. Cavelier y al padre Anastasio se les alojó en la recámara y á los dema» en el almacén. Los salvajes en este tiempo repetían suf descargas para testimoniar su júbilo por nuestro regreso y las noticias que hablan recibido de M. de la Sale. Esto re- novó nuestro sentimiento por su desgracia, por el conocimi- ento de que su presencia hubiera restablecido todas las cosai Tentajosampnte. El salvaje que enfermó por haber comido manteca cruda de toro, murió al dia siguiente de nuestro arribo, y sus com- paíleros se lo llevaron y enterraron secretamente : les dimos la recompensa prometida y aun la parte del muerto para qua la entregasen á sus parientes ; permanecieron algún tiempo [ 145 ] IMHS, durante el cual se tuvo mucho cuidado con ellos y al fii\ se retiraron. í*or medias palabras de unos y otros maliciamos que al* gun atentado se había cometido contra el servicio y la auto- ridad áe M. de la Sale, cuyo regreso recelaban algunos, par- ticularmente un Jesuita que era el mas sensiblemente alar- mado ; como se hallaba enfermo, M. Cavelier, el padr© Anastasio y yo le fuimos á visitar : se informó menudamente de todo, y aunque no pudo disimular su turbación, nosotros fingimos que nada hablamos entendió. Como nuestro principal objeto era el dirijirnos lo mas pron- to que nos fuese posible al Canadá, para partir en los prime- ros buques que diesen la vela para Francia, buscamos loi medios de realizar nuestro intento y muchas fueron las difi- cultades que se presentaron. La navegación del rio era muy difícil por razón de los saltos que se encuentran, y que es preciso evitar para no ponerse en peligro de perecer. Eraii pocas las gentes capaces de emprender aquella navegación, y ademas la guerra con los Iroqueses habia difundido en- tre aquellas gentes un mieno universal. Como entre tanto nos participó el Sr. Boisrondet que se dis- ponía á btíjar al Canadá en una canoa, resolvimos aprove- charnos de tan favorable coyuntura. Se tuvo cuidado d» acopiar víveres para el viaje y también peletería para comer- Ciar cuando pasásemos á Micilimaquinay ; las visitas de los gefes de las naciones llamadas Cascasguia, Perovería y Caca- honanous, que el difunto M. de la Sale habia descubierto, nos interrumpieron nuestros preparativos : listas ya todas las co- sas, nos despedímos de los que quedaban en el fuerte el dia 18 y M. Cavelier dejó una carta para que se remitiese á M. Tonty. Nos embarcamos en el lago y seria ocioso relatar los tra- bajos que tuvimos en un viaje tan penoso como inútil : des- pués de haber permanecido en la orilla del lago por el muy mal tiempo que habia, nos embarcamos á los ocho dias á pe- sar de la tormenta, teniendo luego que volver al embarcadero, y quecavaí un hoyo para ocultar nuestros víveres y equipa- N [ 146 J ges y no tener la molestia de conducirlos otra vez á S. Luí?, donde se sorprendieron por nuestro regreso. Por esta causa nos vimos constreñidos á hacer mansión en el fuerte en el otoño y parte del invierno con mucho senti- miento nuestro, y con la pena también de que semejante retardo nos privaba de enviar prontos socorros tanto al fuerte como á los franceses que hablamos dejado en la costa del seno mexicano. La estación en que nos hallábamos era muy propia parji la caza. Los Sres. del fuerte poseían dos salvajes que los habi- litaban de toda especie de caza ; tenian buen pan, excelen- tes frutas y si hubiera habido algún vino, nada hubiera fal- tado para un banquete. El tiempo ocioso que tuvimos durante nuestra mansión en aquel lugar, nos proporcionó hacer algunas observa- ciones ademas de las de los franceses que nos hablan pre- cedido. El fuerte de san Luis se halla en el territorio de los Illi- nois y está situado sobre una roca escarpada de £00 pies de altura ó cerca de ellos, y el rio pasa bajo de ella. Está el punto fortificado con estacas y palizadas y por medio de al- gunas casas que avanzan hasta el borde de la peña : hay una esplanada ó plaza de armas muy extensa : el puesto es natu- ralmente fuerte, y pudiera por el arte hacerse inexpugnable á muy poca costa : muchos salvajes habitan allí en sus caba» üías : no me es posible establecer la altura porque me falta- ron instrumentos para observarla ; pero no se puede encon- trar una temperatura mas agradable. Generalmente hablan- do el territorio de los lUijiois es completo, no solamente por su belleza, sino también por que nada falta para las como- didades de la vida humana. El campo regado por el rio está dividido por dos colinas que distan del fuerte cerca de media legua, y están cubierta? de encinos, nogales y otros árboles mencionados ya : las llanuras abundan en grandes y verdes yerbas : en la pendi- ente de las colinas se hallan piedras pesadas muy propias para hacer cal y vetas de tierra buena para loza, ladrillo y [ 1« ] tejas, y á lo largo del rio, minas de carbón de tierra, que es muy bueno, como yo mismo lo experimenté, No debe dudarse que hay en aquel pais minas de toda clase de metales, aun los mas ricos, porque el clima es el mismo que el del Nuevo México. Vimos algunas tierras qu« indicaban la existencia de criaderos de fierro, y aun encon- tramos en la orilla del rio algunas piezas purificadas por la naturaleza. Los viageros que han ido por arriba del Mis- sicipi, han visto, según aseguran, minas de muy buen plomo. Este pais es uno de los que disfrutan en el universo de mejor temperatura ; cuanto se siembra, sean legumbres, yer- bas, maiz y trigo, so produce muy bien, según la experiencia de M. Boisrondet ; quien habia logrado cuanto sembló : era excelente el pan que allí comimos, y como se me aseguró que habia viñas de gran tamaño con buenas y delicadas uvas, debe creerse que transplantadas y cultivadas darian muy rico vino. Se encuentran muchos maníjanos, perales y otros árboles silvestres, de los que podrían recogerse deliciosas frutas, si estuvieran engertados y se les transplantase. Las otras frutas como ciruelas y duraznos, de que está lleno el pais, se harian excelentes con el mismo cuidado, y si lleva- sen de Francia las frutas que no hay allí, prosperarían sin du?- da. El terreno produce una especie de cáñamo, del que po- drían fabricarse lienzos y cordaje. Los usos y costumbres de los Illinois tienen mucha se- mejanza con los de los otros pueblos : son como ellos feroces y vengativos; sembrar, plantar, acarrear los frutos y casi todas las funciones de la vida doméstica son ocupaciones exclusivas de las mugeres. Los trabajos de la guerra y de la caza pertencen á los hombres, y las mugeres van aun á conducir la caza muerta desde muy lejos á veces hasta el pueblo, y la acecinan ó preparan de otro modo. Cuando el maiz ú otros granos están ya sembrados, las mugeres cuidan de espantar los pájaros, que son una clase de estorninos como los de Francia, aunque mas gordos, y ocur- ren en bandadas. [ 148 ] Los Illinois tienen pocos hijos y los aman con ternura t tienen, como los otros, la costumbre de no injuriarlos ni apor- rearlos jamas, siendo el mayor castigo que les dan, echarlo» al agua. Las naciones de que antes he hablado, no son aficionadas al robo : no así los Illinois de cuyos pies y manos es necesario guardarse mucho, porque los mueven con suma destreza. Es vicio general entre los salvajes ponderar mucho bus proe- zas militares, que son el empleo favorito de su vida, y son ademas grandes embusteros. Tienen una gran veneración á sus difuntos : cuidan de darles sepultura y de colucar en féretros elevados á las personas distinguidas, como sus gefes y otras : esto se practica entre los Accancea ; pero se diferencian en que estos lloran y lamentan á sus muertos por algunos dias, j los Chaho'úanous y otros pueblos Illinois hacen todo lo contrario. Cuando han fallecido algunos de ellos, los envuelven en pieles y los colocan en atahudes de corteza, cantan y bailan por el espacio de veinte y cuatro horas : estos danzantes se amarran en la cintura calabazas con maiz dentro para hacer ruido : algunos tienen un tambor hecho con una grando olla de barro, sobre la cual extienden una piel de corzo y lo golpean con una varilla á lo provenzal. Durante la fiesta echan sobre el atahud ciertas dádiva» como braceletes, aretes, piezas de loza ó abalorio, excitando á los cantores á cumplir con su deber. Si llega algún ami- go, se pone también á cantar y bailar y ofrece también su presente. Concluida la ceremonia entierran el cadáver con una parte de los presentes, que creen le podrán convenir : le habilitan de maiz y un caldero, temerosos de que el difunto no taya á tener hambre en el largo camino que va á emprender. En el aniversario renuevan esta ceremonia.* •'La costumbre de enterrar á los muertos con frovisiones for ra el viaje supone una idea aunque confusa de la inmortali" dad: los indios mexicanos la practicaban, y aun hoy las huacas de los peruanos son tesoros de la antiguidad : los egif* [ 149 ] Como queda una buena caniidad de los presentes, la divi- den en porciones que van dando á los que ganan en el juego llamado del bastón: lo enmantecan para que sea difícil co- gerlo. Uno délos viejos lo arroja lo mas lejos que puede y corren los jóvenes á tomarlo ; se lo quitan unos á otros y el último que lo posee, obtiene la recompensa. Se vuelve á ar- rojar una y mas veces, hasta que se acaba lo que quedaba de regalos al difunto. Cuando las mugeres pierden á sus mari- dos en la guerra, practican la misma ceremonia y obsequian muy bien á los cantores y danzantes, que hablan antes con- vidado. El matrimonio de los Illinois no dura mas tiempo que el déla voluntad, cuando vuelven de la caza, se separan volun- táriameríte, y cada uno se va por su lado : son sin embargo muy celosos de sus mugeres, y cuando las pillan en alguna infidelidad, les suelen cortar la nariz : yo vi á una á quien habia acontecido. El adulterio, no obstante esto, no es reputado por un gran deliio, y hay mugeres que no ocultan haber tenido que ver con los franceses. Aunque no son tan ligeras que se brinden para el vicio, caen con la mayor facilidad. Dejo esta mate- ria á los que han estado en aquel pais mas tiempo que yo. Se pasó algún tiempo sin que recibiésemos noticias en el fuerte. Concluida la misa que teniamos la dicha de oir diariamente, nos divertíamos en lo que podiamos. Las mu- geres salvages nos traian siempre algo de nuevo, sandías, pan de maiz cocido en la ceniza y cosas semejantes, que les pa- gábamos con regalillos. En el 27 de Octubre regresó M. Tonty de la guerra de los iroqueses : nos abrazamos y comenztuon nuestras historias de nuevo, ocultando siempre la muerte de M. de la Sale. Nos instruyó de las particularidades de aquella guerra. Loa iroqueses que habían sido avisados de la salida del ejército c4os procuraban habilitar á sus difuntos hasta de armas, acaso yara amenazar al Cancerbero . He tenido el gusto de pod^r comparar en los Estados Unidos una momia egipcia con una de los peruanos. n2 [ 150 I francés y de sus aliados, abandonaron sus pueblos y so em- boscaron en el camino que llevábamos ; pero habiendo hecho una descarga repentina y general contra los nuestros con sus acostumbrados gritos, la que no causó mucho daño« fueron rechazados con pérdida, se pusieron en fuga y en ella incendiaron todos sus pueblos. M. de Hennoville, goberna- dor de la nueva Francia, comandante del ejército, lo hiíSo Btiarchar, quemar loque habla quedado en pie de los pueblos, poner fuego á sus campos y á sus graneros, y no quiso pasar adelante. A continuación se apoderó de varias canoas de los ingleses, cargadas la mayor parte de ellas con aguardiente* mandando á los ingleses en clase de prisioneros & Montreal : estos ingleses hablan traido algún proyecto para los Illinois, En el mes de Diciembre llegaron dos hombres proceden- tes de Montreal con la noticia de que hablan arribado á CAi- cagou tres canoas con mercancías, pólvora, balas y otras pro- visiones, y que no podían bajar porque estaba helado el rio : como era necesario mandar á traer aquellos efectos de qué se tenia necesidad, M. Tonty suplicó al gefe de los Chahou' anqus que le proporcionase gente : envió cuarenta entre hom- bres y mugeres, que partieron con algunos franceses : la fide- lidad de estos indígenas era la razón de preferirlos sobre loi Illinois, quienes son naturalmente picaros. Las municiones y mercancías llegaron pronto y en muy buena oportunidad por la escasez que había de ello en el fuerte, en el que permanecimos hasta fines de Febrero de 1688, en que resolvimos partir, aunque no habíamos recibido, como esperábamos, noticias del Canadá. Averiguamos que algunas canoas deseaban hacer el viaje y nos aprovechamos de esta ocasión para darnos mutuamente escolta hasta MicU limaquinay, donde podríamos encontrar noticias del Canadá. M. Cavelier había tenido la precaución, antes de que mu- riese su hermano M. de la Sale, de tomar una carta de crédito para adquirir moneda y píeles, cuando llegase al ter- TÍtorio de los Illinois ; la presentó á M. Tonty, y como est» aun creía vivoáM. déla Sale, no tuvo dificultad en franque- arle como cuatro mil libras de píeles de nutria y castor, una [ 151 ] oanoa y otros varios efectos, de que le dio recibo M. Cavelierr j nos dispusimos á partir. Dije antes que habia en el fuerte Luis un padre Jesuíta llamado Daloüez, quien se habia alarmado mucho, recelando que M. de la Sale llegase pronto : era el motivo de su apuro 9t\ que en ausencia de M. de la Sale habia intentado una conspiración contra sus intereses. Viendo este padre que nuestra marcha estaba resuelta, se marchó él primero á Mi' eüimaquinay, quedando sin capellán los del fuerte, lo que nos disgustó por haber sidoauque involuntariamente la causa: los del fuerte adelantaron entonces sus pascuas aprovechán- dose de la presencia de los padres Cavelier y Anastasio. Marchamos por último del fuerte Luis el dia 21 acompaña* dos del Sr. Boisrondet, que deseaba regresar á Francia: como el rio estaba ya navegable, pudimos embarcarnos , pero no hablamos andado aun cinco leguas, cuando encontramos r.na rápida, que nos precisó á bajar á tierra y poner los pies en el agua para arrastrar Ja canoa, y en esta faena me lastimé un pie con una piedra del fondo, lo que me causó una mo- lestia que no habia experimentado desde mi salida del golfo de México, por la necesidad de estar entrando continuamente en el agua. Arribamos á Chicagou el W de Marzo, y nuestra primera atención fue la de ir á buscar lo que habíamos ocultado en nuestro viaje anterior : encontramos que lo habian descubier- to y extraido algunas pieles y ropa, casi todo de mi perte- nencia. El ladrón fué un francés, al que M. Tonty mandó en el invierno á indagar si habia canoas en Chicagou, y al que ademas habia encargado que viese, si habia alguno tocado nuestro depósito : él se aprovechó de la noticia para robar- nos. El mal tiempo que sobrevino nos obligó á estar en aquel punto hasta el mes de Abril. Este descanso me sirvió para atender á la curación de mi pie: la caza no era abundante j no temamos otra cosa mas que maiz: descubrimos por fortu- na un maná, que eontinen ciertos árboles parecidos á nuestros axces, á los que hacíamos incicisiones, y nos daban una agua [ 152 ] azucarada, que mezclada con el maiz tomaba oi mas delicado sabor. Como no hay allí carTas de azúcar, ponen á hervir y eva- porar aquel jugo y lograa azúcar de color encarnado.* Tam- bién hallamos ajos no tan picantes como los nuestros, peque- ñas cebollas casi del mismo gusto que hs de Francia, y peri- follo con las hojas mas chicas que el nuestro. Pasado el mal tiempo, volvimos 5 embarcarnos, y entramos en el lago el dia 8 de Abril, siguiendo siempre la costa del Norte para evitar el encuentro de los Iroqueses : sufrimos allí una tempestad y las olas hinchaban como en alta mar ; el dia 15 entramos en un rio llamado Quinetonan, cercano á un pueblo, cuyos habitantes se ocupan en la caza durante el invierno, y permanecen todo el verano en el pueblo. La caza en este pais no es, ni con mucho, tan abundante como en los paises que hablamos transitado : no vimos mas que bicerras muy flacas y aun de estas muy pocas: los lobos que tanto abundan allí, les hacen la mas cruel guerra. Luego que los lobos descubren una manada, las espantan y hacen correr : aquellos pobres animales se ariojan en el primer lago que encuentran : los cazadores que lo ven, se quedan de centinela en toda la extensión de la rivera : tras- pasadas las bicerras de frió, ó arrojadas por la creciente del rio, salen fuera completamente entumecidas y sus enemigos las cogen y devoran con la mayor facilidad. Muchas veces encoHtrkmos á ios lobos en la orilla ; pero no los espantába- mos, temerosos de que las bicerras dejasen su asilo y no pudié- semos matar alguna, como algunas veces sucedió. 7 El dia 28 llegamos al territorio de los Pouto'úatanni^ la mitad del camino a Micilimaquinay, y compramos un poco de maiz para poder concluir el viaje. Lo seguímos el SOt arribando al expresado lugar el 10 de Mayo : como no logra- mos noticias de Montreal, tuvimos que detenernos en espera * Este árbol se llama Maple ; los indios Ahenalcis la en- cieTran en cojitas de corteza de árbol: esta azúcar tiene olor de clavo y sin duda que paralas conservas debe ser muy buena. [ 163 ] de una ocasión favorable para bajar : nadie se atrevía k ha- cerlo por la guerra de los iroqueses. En aquel punto había algunos franceses y cuatro padres jesuítas con una casa bien construida de madera y cercada con estacas y palizadas : en este lugar se hallan los Hurones y Outahouacs que son dos naciones vecinas, á las cuales procu- ran instruir los padres con trabajo no pequeño. Aquellas naciones son muy libertinas y frecuentemente no se encuen» tran en sus iglesias mas que mugeres : cada uno de aquellos padres tiene á su cargo una nación que instruir, y han tradu- cido en todos aquellos idiomas las oraciones y todo lo per- teneciente á la fe y á la religión católica. Brindaron con una recámara á los padres Cavelier y Anastasio, y nosotros nos fuimos á alojar á un aposentillu que unos caminantes habían hecho. Allí pasamos el resto d« Mayo y parte de Junio hasta después de la fiesta de Pente- costés. Los salvages de las cercanías cultivaban el ter- reno, sembraban maíz, melones, calabazas, no tan buena» como las que antes habíamos visto : viven con esto y con el pescado que cogen en el lago : raras veces tienen carnes frescas. El día 4 de Junio llegaron cuatro canoas de Montreal, mandadas por el Sr. de Porneuf con noticias del marques de Hennonville y órdenes de averiguar en las habitaciones del lago Puans, y en las que se hallan cerca del origen del Missi" cij)i, el estado y condición de las cosas. Nos dispusimos á partir con dos canoas: M Cavelier adquirió otra para cargar nuestro equipage y dejó parte de su peletería á un comer- ciante, quien le dio libranza para que recibiese el dinero en Montreal : otro tanto hice yo con lo poco que me habia que- dado de pieles, porque el resto lo había dejado en Micilima" quinay. Nos despedímos de los padres jesuítas, y partimos en cua* tro canoas, dos de M. Porneuf y dos de Mr. Cavelier, traída una del fuerte Luis y coniprada la otra, según se ha dicho: marchamos en las canoas en número de veinte y nueve. Bo- gamos hasta el día 24, en que el Sr. Porneuf se dírijió al salto [ 154 ] ^e santa María, á cumplir con las órdenes que tenia. El 25 salimos del lago de los Illinois para entrar en el de los Huro- nes, sobre cuya orilla está situado el pueblo de Tessalon, en el que volvió á juntársenos M. Porneuf en una canoa de los salvajes, y con él seguímos nuestra ruta. Pasamos á Chehonany el SO de Junio y al rio de los france- ses el 3 de Julio, teniendo que cargar varias vrjces nuestras cosas para evitar los saltos y las rápidas : el pais es árido, es- téril y pedregoso : nacen allí cedros y sabinos, que prenden sus raices en las hendeduras y grietas de las piedras. El dia 9 entramos en el pequeño lago de Nipicinque, cer- cano á la nación que tiene el mismo nombre; en el dia 7 entramos en el gran rio, y después de haber pasado el gran salto, arribamos el dia 13 á la punta de la isla de Montreal: desembarcamos en un pueblo llamado la China, que habia pertenecido al difunto M. de la Sale: partimos el 14 para Montreal y llegamos el 17. Encontramos en aquella ciudad al Sr. Marques de Hen- uonville, al intendente Noroy y á otros caballeros, á los que referimos los particulares de nuestro largo y penoso viaje que escucharon con placer, sin hablarles nada de la muerte de M. de la Sale : impuestos de nuestro designio de ir á Francia, lo aprobaron, conviniendo en que deberla apresurarse la partida, cuanto fuese posible. Nos mandamos hacer ropa, de que teníamos una gran ne- cesidad. El SeíTor Tessier, protestante, noticioso de que la religión reformada estaba prohibida en Francia, la abjuró en la iglesia grande de Montreal. El día 27 entramos en una barca para bajar á Quebec, á donde arribamos el 29, conduciéndonos el padre Anastasio al convento de los religiosos de su orden, situado sobre un ria- chuelo á media legua de la ciudad : fuimos perfectamente recibidos del padre guardián y de los demás religiosos, que manifestaron mucho júbilo de vernos, y mas aun de vernos en lugar seguro, al cabo de tantos peligros y trabajos, por lo que tributamos humildes gracias al Señor nuestro Dios j protector omnipotente. [ 155 ] Preferimos aquel alojamiento al de la ciudad, para evitar visitas, preguntas y cuestiones curiosas, que se nos hubieran hecho con importunidad y que era preciso excusar. M* Caveliery su sobrino que habían quedado por algunos dia» en 3Iontreal, se alojaron en el Seminario. Permanecimos en el convento hasta el 21 de Agosto, en que por fin nos embarcamos en una lancha doble en numero de 18, para ir por el rio de S. Lorenzo á buscar un navio que estaba ocupado en la pesca de bacalao y partia para Francia. En el dia 30 de Agosto nos dimos á la vela des- pués de oido el santo sacrificio de la misa, muy contentos de volver á la cara patria. Arribamos felizmente á la Rochelle el sábado 9 de Octobre de 16{i8, de donde partimos por tierra el dia 15, y aquella misma Providencia que nos habia protegido y guiado, nos condujo sin desgracia alguna á la ciudad de Roüen el dia 7 de Noviembre del mismo año. FIKÍ DEL ©lAHlO. CONCLUYE LA CARTA DEL REVISOR DEL DIARIO. Tres son los autores que han descrito este viaje : el padre liCclerc sobre las relaciones de los padres recoletos Cenobio y Anastasio, testigos oculares : el caballero Tonty, testigo también en gran parte de aquellas aventuras, y con mas ex- tensión que todos el padre recoleto Hennepin, flamenco, quien conocía bien el pais y tuvo parte en grandes descu- brimientos : sus relaciones sin embargo han sufiido muchas contradicciones : este padre estuvo hacia el norte del orí- gen del Missicipi, que el llamó Mechasipi é hizo dos im- presiones de su relación sobre el pais con el titulo de £,oüj- sianne. Por lo que unos y otros dicen sobre esta empresa, resulta que se desgració por la muerte de M. de la Sale. Lo que evitó que fuese anulada de pronto completamente, fue que sa [ ,56 ^'t^¡^ muerte estuvo oculta por dos años, al cabo de los cualei, informados los esparioles de México de todo el a.swnfo, enviaron, tropas que arrojaron la débil guarnición que M. de la Sale kahia dejado en el fuerte, que construyó en el lugar de su des- embarco, antes de marchar yor tierra á buscar el Missicipi» Arruinaron tan completamente el fuerte, que se pasaron siete ú ocho aílos, antes de que M. Hiberville, gentil hombre cana- diense, hombre de espíritu y de valor, famoso por sus bellas expediciones en la bahía de Hudson y en otras partes, resol- viese renovar y resucitar el proyecto. Vino á Francia en en el ano de 698, é hizo un armamento con el que partió para el golfo de México. Como era buen navegante recor- rió las costas con tan buen acieito, que encontró el fatal des- embocadero del Missicipi, construyó allí un fuerte y dejo gente bien municionada, regresándose U Francia con la mira de conducir socorros. Hecho esto, penetró al interior, re- Conoció muchas naciones salvajes con las que hizo alianza y amistad : construyó otro fuerte que abasteció también d« guarnición y se pasó á Francia. Habiendo intentado otro viaje, murió en el camino; la falta de auxilios y de apoyo hizo, que aquella hermosa empresa se frustrase una vez mas. Pero la bondad divina ha suscitado un hombre el mai propio para llevar al cabo la empresa. Este es M. Crozat, «ecretario del rey, quien por letras patentes de 14 de Seti- embre de 1712 le ha concedido el comercio exclusivo y el establecimiento de colonias, por el tiempo de quince años, en el rio Missicipi, que se llamará en lo sucesivo rio de S. Luis. ¡ Quiera el cielo que nuestras esperanzas se cum- plan ! _^ FIN.